Bolboretas y Jesús Suárez
Bolboretas: donde el mar aprende sus nombres
El comunicador Jesús Suárez narra su experiencia a bordo del Dragon Boat con las Bolboretas
El pasado jueves me invitaron a subir a un barco.
Dicho así parece poca cosa.
Quedé con ellas en la Marina, cerca del dique, aproximadamente a la altura de la escuela de buceo. Allí me esperaban las Bolboretas. Llegué dispuesto a conocer qué hacían, cómo entrenaban y qué podía tener de especial aquello del Dragon Boat.
Pensaba que iba a aprender a palear.
Terminé aprendiendo algo bastante más importante.
Antes de tocar el agua ya entendí una parte de su filosofía. Había que sacar el barco y allí nadie espera mirando mientras trabajan los demás.
Unas preparaban las palas. Otras los chalecos salvavidas. Otras movían la embarcación. Cada mano encontraba rápidamente su sitio. No hacían falta demasiadas órdenes. El trabajo parecía repartirse con esa naturalidad que solamente aparece cuando un grupo lleva tiempo funcionando como grupo.
Porque las Bolboretas trabajan en equipo antes, durante y después de remar.
También fuera del agua.
Unas se ocupan de las redes sociales, otras de cuestiones administrativas, otras de la logística, de las competiciones, los desplazamientos o las diferentes necesidades de la asociación. Detrás de cada entrenamiento existe un trabajo que nadie contempla desde el pantalán.
Y después llegó mi turno.
Fila cinco. Lado izquierdo.
Salimos en el barco pequeño. Me dijeron que era más estable y tenían razón. Apenas se movía. Elegí palear por la izquierda porque sentía que para mí sería el lado más natural.
Me explicaron entonces algo que me fascinó.
Quienes ocupan las primeras posiciones encuentran el agua prácticamente intacta. Según avanzas hacia atrás, cada pala recibe un agua que ya ha sido movida por quienes reman delante.
Pensé que pocas cosas podían explicar mejor aquello.
Lo que hace quien va delante modifica inevitablemente el agua de quien viene detrás.
Empezamos.
Al principio intentaba recordar cada indicación: cómo sujetar la pala, cuándo entrar, cuándo salir, cómo acompañar el movimiento.
Después dejé de pensar.
Empecé a sentir.
La pala entraba en el agua, encontraba resistencia, empujaba y volvía a salir.
Una vez.
Otra.
Hasta encontrar el ritmo.
Y descubrí que en un Dragon Boat la fuerza individual sirve de muy poco si no eres capaz de acompañar a los demás. Puedes tener unos brazos extraordinarios, pero si tu pala entra cuando las otras están saliendo, perjudicas al barco.
Allí no gana el más fuerte.
Avanza quien sabe acompasarse.
Y pensé en ellas.
En todas aquellas mujeres que alguna vez escucharon dos palabras capaces de dividir una existencia.
Cáncer de mama.
Hay un antes y un después.
De repente aparecen médicos, pruebas, operaciones, tratamientos, revisiones y preguntas que nadie había pensado hacerse.
Pero aquel jueves yo no estaba en una consulta.
Estaba en medio de la Marina.
Y ellas se estaban riendo.
Eso fue quizá lo que más me impresionó.
Las risas.
Las bromas.
Los cánticos que aparecen mientras navegan.
Había mujeres de diferentes edades, familiares, hijos, personas con historias distintas compartiendo una embarcación.
Y cuanto más tiempo permanecía allí, menos sentido tenía definirlas por una enfermedad.
El cáncer forma parte de sus historias.
Pero no explica quiénes son.
No explica sus carcajadas.
No explica las ganas de competir.
No explica los viajes.
No explica los cánticos.
No explica por qué un jueves cualquiera vuelven a reunirse para salir al agua.
Durante aproximadamente una hora navegamos por la Marina.
Yo recuerdo aquella hora a través de las sensaciones.
La pala clavándose en el agua.
La resistencia al tirar de ella.
El sol dándome en la cara.
El viento acariciándome el pelo.
Las voces alrededor.
Las risas.
El agua.
No necesitaba ver lo que estaba sucediendo.
Lo tenía en las manos, en los brazos, en los oídos y en la cara.
Y hubo momentos en los que las palas entraban casi simultáneamente y la embarcación parecía responder a un único movimiento.
Entonces entendí por qué vuelven.
Porque dentro de aquel barco tu palada cuenta.
Tu posición cuenta.
Tú cuentas.
Y después de una enfermedad capaz de hacerte sentir durante demasiado tiempo que tu cuerpo pertenece a médicos, máquinas, pruebas y tratamientos, debe existir algo profundamente hermoso en volver a sentir que ese mismo cuerpo puede empujar un barco.
Tenemos además una obsesión con decir que alguien ha superado el cáncer.
Como si después del último tratamiento apareciesen los títulos de crédito.
Pero la vida continúa.
Continúan las revisiones.
Las incertidumbres.
Los días buenos.
Los malos.
Y la necesidad de volver a reconocerse.
Quizá por eso me gustaron tanto las Bolboretas.
Porque allí no encontré mujeres interpretando permanentemente el papel de heroínas.
Encontré mujeres viviendo.
Deportistas.
Amigas.
Madres.
Hijas.
Compañeras.
Personas capaces de hablar de una competición y cinco minutos después ponerse a cantar encima de un barco.
Eso me parece muchísimo más emocionante que cualquier discurso sobre la superación.
Después de una hora regresamos.
Y entonces comenzó el proceso inverso.
Había que sacar nuevamente el barco entre todas, recoger las palas, los chalecos y el resto del material.
Y había que endulzar la embarcación.
Quitarle la sal con agua dulce.
Limpiarla.
Cuidarla.
Dejarla preparada para volver a navegar.
Me gustó ese final.
Porque un equipo no se demuestra únicamente cuando las palas están entrando acompasadas en el agua.
También se demuestra cuando el entrenamiento ha terminado y todavía queda trabajo.
Cuando hay que cargar.
Recoger.
Limpiar.
Guardar.
Cuando ya no existe una fotografía bonita que hacer.
Ahí comprendí mejor quiénes eran.
Y también por qué se llaman Bolboretas.
Una mariposa parece frágil.
Dos alas pequeñas enfrentándose al viento.
Y, sin embargo, vuela.
Ellas además navegan sobre un dragón.
Mariposas encima de un dragón.
Me parece una imagen extraordinaria.
Porque dentro de una misma persona pueden convivir perfectamente la vulnerabilidad y la fuerza, el miedo y las ganas.
El pasado jueves fui allí pensando que iba a conocer un deporte.
Regresé después de haber conocido una manera de estar en el mundo.
Durante una hora fui uno más.
Fila cinco. Lado izquierdo.
Sentí el sol en la cara.
El viento en el pelo.
La pala agarrándose al agua.
Escuché sus indicaciones, sus cánticos y sus carcajadas.
Y cuando volvimos a tierra entendí algo.
Las Bolboretas no reman para alejarse de lo que un día les ocurrió.
Reman hacia todo lo que todavía les queda por vivir.
Y delante de ellas está el mar.
Todo el mar.