La ciudad no es una terraza
Taxi vs apps: el engaño de lo barato que se carga el servicio de toda la vida
Un texto del comunicador Jesús Suárez sobre el conflicto de los taxis y los VTC
Hay una cosa que me fascina de este siglo: la facilidad con la que nos venden humo envuelto en una app bonita.
Antes pedías un taxi. Así, sin épica. Levantabas la mano o llamabas por teléfono. Aparecía un tipo —con más o menos conversación, más o menos mala leche— pero con algo que hoy parece revolucionario: oficio. Sabía por dónde iba, conocía la ciudad, se jugaba su licencia, pagaba sus impuestos y, si la cagaba, tenía nombre, cara y número. Responsabilidad. Esa palabra en vías de extinción.
Ahora no. Ahora abres Bolt —o cualquiera de sus primos tecnológicos— y te crees que estás entrando en el futuro. Todo limpio, todo rápido, todo barato. El espejismo perfecto.
Hasta que rascas.
Porque el truco es viejo: te bajan el precio hoy para cargarse lo que había ayer. Dumping de manual. El conductor de turno no es un profesional del volante: es un tipo con coche, algoritmo y necesidad. Hoy trabaja, mañana ya veremos. No hay oficio, hay rotación. No hay compromiso, hay puntuaciones con estrellitas. No hay ciudad, hay GPS. Y cuando el GPS falla —que falla— no queda nada detrás.
El taxi de toda la vida —sí, ese al que tanto se le ha dado cera— tiene defectos, claro que sí. Tarifas que a veces duelen, actitudes mejorables, una modernización que llegó tarde y mal. Pero también tiene algo que estos nuevos mesías digitales no pueden fabricar: estructura.
El taxista no aparece de la nada. Pasa filtros, paga una licencia que en muchos casos es una losa de por vida, cumple normativas, inspecciones, seguros, turnos. Está ahí en Nochebuena, en un hospital a las tres de la mañana, bajo la lluvia cuando nadie más quiere trabajar. No porque un algoritmo le haya puesto un bonus, sino porque ese es su trabajo.
Los otros, los de la app, juegan a otra cosa. A corto plazo, todo son ventajas: coches nuevos, precios agresivos, experiencia de usuario diseñada por ingenieros que jamás han discutido con un cliente borracho a las cinco de la mañana. Pero a largo plazo… a largo plazo ya lo estamos viendo en muchas ciudades: cuando el taxi se debilita, las tarifas dinámicas empiezan a bailar. Y ese viaje “barato” de repente cuesta el doble en hora punta. Sorpresa. El mercado ya es suyo.
Y entonces te das cuenta de que has cambiado un sistema imperfecto pero regulado, por otro opaco, gobernado por servidores que no sabes ni en qué país están.
Esto no va de romanticismo ni de nostalgia. Va de qué modelo quieres sostener. Si quieres un servicio público encubierto, con garantías, con gente que conoce el terreno y responde ante él… o un mercado salvaje donde hoy ganas tú y mañana te sangran.
Porque esa es otra: cuando tienes un problema serio, prueba a reclamarle a un algoritmo. A ver qué tal.
El taxi necesita mejorar, sí. Modernizarse, también. Competir, por supuesto. Pero lo que no necesita es ser arrasado por plataformas que no juegan con las mismas reglas mientras te sonríen desde la pantalla.
Al final, esto es como todo: nos encanta lo barato… hasta que entendemos por qué lo era.
Y entonces ya es tarde.