Paloma Anca

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Opinión

Más fiel al Dépor que a tu pareja

¿Quieres más al Dépor o a tu pareja? El ascenso blanquiazul inspira el nuevo texto de Paloma Anca

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¿Qué tiene el fútbol que hay gente que le es más fiel a su equipo que a sus parejas?

Tengo amigas que se han separado de sus maridos tras una infidelidad, pero no conozco a ningún coruñés que le haya sido infiel al Dépor. Ni siquiera después de ocho años en el barro.

Además de la alegría y la emoción colectiva, una cosa que me ha fascinado del ascenso del Dépor, ha sido ver a personas aparentemente equilibradas convertirse en seres irracionales.

Estoy hablando de gente adulta y funcional, con hipotecas, con hijos, con grupos de WhatsApp llamados ‘Familia extendida’ o ‘Vecinos’. Gente que fue a Cuatro Caminos a gritar “¡VOLVEMOS!” como si ellos fuesen las rebajas de El Corte Inglés, los pantalones de campana o las olas de calor.

Yo era uno de esos seres, no me escondo. Porque creo que lo mejor del deportivismo no es el fútbol, es la gente. Supongo que pasará en más equipos, pero yo hablo de lo que me toca.

Está el deportivista que sufre, incluso cuando las cosas van bien. El domingo yo tenía a dos de ellos a mi lado. Uno se llamaba Ramiro. Minuto 78. Ganando por dos goles. Ascenso prácticamente asegurado. Me mira y me dice “no celebres tanto que todavía queda, neniña”. A su lado, Ricardo remató: “Eu, ata que non pite non me fío”.

También están los hombres y mujeres de cuarenta y pico que desempolvaron las camisetas de Fran, Bebeto o Mauro Silva para la ocasión. Prendas que han sobrevivido a más mudanzas que muchas relaciones sentimentales; que estaban guardadas y dobladas con el mismo cuidado que el mantel bueno de Navidad.

No me olvido de los niños. Esos hijos de deportivistas que además de heredar la pasión de sus padres, descubren que su madre puede saltar y que su padre no solo grita por la calle cuando le ponen una multa.

Yo el domingo volví a tener ocho años y me encontré de nuevo en el salón de casa viendo el penalti fallido de Djukic con mi padre. También tuve diez, once, doce años y me vi en el cole disfrazada de animadora del Dépor. Mientras otras niñas querían ser astronautas, Caperucitas Rojas o indias, yo aspiraba a ser una sufridora.

Recordé situaciones, recordé partidos y recordé personas.

A mi padre bajando el volumen de la tele para escuchar la retransmisión del partido por la radio. A mi madre colocándome con cariño la bufanda del Dépor para que no la perdiese. Mi hermano y yo ondeando la bandera por la ventanilla del coche. Los vecinos gritando. Mi camiseta de Djalminha ocho tallas más grande. Mi pediatra, que conocía a Bebeto y me llevó a verlo.

El domingo ascendió el Dépor y muchos recuperaron una versión de sí mismos que creían perdida. Porque el Dépor fue una época y una forma de vivir los domingos. El Dépor siempre ha sido excusa para juntarse a compartir cervezas; también alegrías. O tristezas, según el momento.

Adultos con la cara pintada de azul y blanco. Gritando. Llorando. Abrazando a desconocidos con una felicidad desproporcionada para ser solo un deporte. Leído desde fuera, puede parecer que el domingo perdimos la cabeza. Y puede que así fuera.

Pero también hay gente que espera una cola de dos horas para tomarse un brunch de tostada con aguacate y nadie les cuestiona.