El edificio

El edificio Nuria Prieto

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Las 35 viviendas en Santa Cristina de Molezún

En 1976 el arquitecto Ramón Vázquez Molezún proyecta junto a Gerardo Salvador Molezún un edificio de 35 viviendas en Santa Cristina, al que seguirá una segunda fase ejecutada en 1980. El edificio destaca por su capacidad de regeneración, así como por su moderna materialidad.

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Cuando estaba rodando la película “La semilla del diablo” Roman Polanski decidió repetir una de las escenas más relevantes variando su encuadre. La escena, en la que la Minnie Castevet interpretada por la actriz Ruth Gordon pide a Rosemary (Mia Farrow) utilizar su teléfono, estaba inicialmente rodada como un trávelin que seguía a la actriz mostrando detalladamente toda la acción: cómo marcaba, tomaba el auricular y hablaba. Tras comprobar la escena en el visor de la cámara, Polanski da el aviso para repetir la escena, pero esta vez la cámara permanece inmóvil, enfocando el umbral de la puerta mientras la señora Castevet habla por teléfono, de tal manera que sólo puede verse la mitad de cuerpo. El rodaje terminó y la película se estrenó con un éxito apabullante. En uno de sus estrenos, Polanski asistió con su mujer de entonces, la actriz Sharon Tate. Tate, que había sido testigo de aquel cambio de plano tan contraintuitivo, miró a Polanski cuando la escena se aproximaba y él le dijo: ¿recuerdas que me preguntaste por qué repetí la escena con el encuadre fijo? Ahora verás.

Entonces, cuando la señora Castevet se metía en la habitación para hablar por teléfono y se escondía tras el umbral a la derecha de la habitación, susurrando algo al teléfono, toda la sala se inclinaba a la izquierda intentando ver más. Un acto completamente incomprensible, ilógico y en el que la naturalidad y el comportamiento del grupo se oponen a todo razonamiento e intuición. Polanski sonrió al ver la cara de asombro de Tate cuando comprendió lo que significaba aquel plano fijo, y que el realizador Quentin Tarantino define como “el momento en que Polanski se convirtió en un Mozart del cine”. Una decisión que es capaz de alterar un comportamiento de forma colectiva, en términos culturales, requiere de anticipación y conocimiento, aquel que nace de la observación y la lectura del comportamiento social. Los arquitectos Albert Viaplana y Helio Piñón, señalaban a algunas películas como origen de sus referencias arquitectónicas, siendo uno de los más recurrentes Roman Polanski.

“La masa se nos muestra como una resurrección de la horda primitiva. Así como el hombre primitivo sobrevive virtualmente en cada individuo, también toda masa humana puede reconstruir una horda primitiva” - Sigmund Freud

La señora Castevet en La semilla del diablo via wikimedia commons

La señora Castevet en La semilla del diablo via wikimedia commons Wikimedia Commos

Pero la masa o el comportamiento de grupo no siempre es un valor negativo, aunque si tiene algo de primitivo. Los impulsos naturales del ser humano se amplifican con la repetición de la masa, pero también cuando este es algo bello o agradable, y es que en ciertos lugares hay gestos que se repiten ya sean en grupo o en soledad. La arquitectura persigue y analiza el comportamiento del ser humano en cada contexto histórico, de tal manera que se pueda adelantar al gesto natural de la masa. Buscar el consenso y organizar la forma de hábitat es una labora constante y sinfín de la arquitectura. La referencia directa a aquellas escenas del cine, del arte, de la música o de cualquier otro espacio que muestran las reacciones humanas antes determinados estímulos resultan reveladores como ejemplos de comportamiento capaces de transmitir emoción. La historia o la realidad podrían resultar demasiado duras y abstractas, además, el ser humano siempre necesita crear su propia narrativa en torno a la realidad, quizás para interiorizarla o convencerse de que el mundo es un lugar en el que vivir.

35 viviendas en Santa Cristina

En el año 1976 el arquitecto Ramón Vázquez Molezún proyecta junto a Gerardo Salvador Molezún un conjunto residencial en Santa Cristina que se construirá en 1979. Previsto en dos fases, la primera de ellas estaba formada por un bloque central de proporciones cuadradas y una segunda que abrazaba a este en dos de sus caras creando un interesante espacio público entre ambos. Pero el emplazamiento contaba con una topografía compleja, a media ladera, de tal manera que el bloque tenía que adaptarse a esta sin modificar su morfología ni la contundencia volumétrica requerida para que el programa funcionase adecuadamente. Una de las características más singulares para la época es que la ordenanza municipal ya especificaba que las viviendas debían de ser todas exteriores, lo que obligó a los arquitectos a desarrollar un ingenio mayor para que todo encajase de manera adecuada. La condición de vivienda exterior, común hoy en día, implicaba que ninguna estancia vividera (salones, dormitorios, cocinas) no podían dar a un patio, sino al exterior. Los baños podrían ventilar mediante shunt (chimenea de ventilación) cuando fuesen interiores. A este parámetro fundamental y a la topografía se unen otros requerimientos determinados por el contexto del lugar y del momento en que se proyectó el edificio. Uno de ellos es el uso definido para los espacios comunes del edificio entre los que se incluyen los garajes que se priorizan frente a los locales comerciales al considerar que ya existen muchos en las proximidades, y que, la mayoría, se encuentran en alquiler o sin ningún tipo de uso.

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

El contexto urbano

El requerimiento global más relevante debido especialmente a su impacto urbano es la capacidad transformadora de edificio. Se puntualiza en su descripción que el entorno en el que se ubica la parcela se encontraba, en aquel momento, visiblemente degradado, por lo que el edificio habría de conseguir revitalizar el área impulsando su desarrollo. Para ello, la posición privilegiada del emplazamiento puede ser aprovechada como catalizador a favor del proyecto. Los arquitectos Ramón Vázque Molezún y Gerardo Salvador Molezún, ambos de origen coruñés, destacaron por su ingenio y su capacidad de optimizar las capacidades de la arquitectura como herramienta al servicio de sus habitantes. Molezún, uno de los mejores arquitectos modernos de la segunda mitad del siglo XX desarrolló gran parte de su carrera junto con el arquitecto madrileño José Antonio Corrales, pero en paralelo ambos consolidaron trayectorias individuales muy notables. Sus obras no sólo eran construcciones arquitectónicas de gran calidad, sino que además muchas de ellas sirvieron de guía e impulso para su entorno, para la ciudad e incluso para el pensamiento arquitectónico de todo el país. El arquitecto Javier Carvajal lo resumía afirmando: “Nosotros tenemos un grupo de obras de los años 50-60 que son nuestra matriz, y todo lo demás ha nacido como consecuencia de eso”.

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

La obra de Santa Cristina consistía en un edificio de 35 viviendas en su primera fase. Todas las viviendas se organizan en torno a un núcleo central que sirve de bloque de comunicaciones vertical, de él, como brazos parten las viviendas, todas ellas exteriores y con una distribución moderna para la época y de carácter racional. Un aspecto muy interesante de esta organización es la importancia que se da a la ventilación e iluminación natural, a la que se añade la prioridad de las vistas. Así el edificio incorpora ventanas en esquina, incluso en los huecos de la cubierta que buscan el mar. El edificio busca la mejor orientación, pero también las mejores vistas como quien se inclina o se pone de puntillas para poder ver el mar por encima de los árboles y los tejados más bajos. En cierto modo, es un gesto propio de la arquitectura orgánica, al menos la forma en la que arquitectos como Corrales y Molezún la veían, una organización abierta, natural y supeditada al comportamiento humano.

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

“Creo que la arquitectura no trata de copiar las formas de las plantas, sino de la disciplina que se encuentra en la naturaleza de un piñón para que este se convierta en un pino, y en una semilla de una buganvilla para que esta se convierta en una buganvilla; cada cosa tiene un cierto carecer interno y por ello pertenece a cierta naturaleza” - Jorn Utzon

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

El edificio se realiza con estructura de hormigón armado, utilizando un acabado de fachada mediante mortero monocapa con árido visto, carpintería de aluminio y cubierta de teja. El mortero de fachada es un revestimiento continuo muy común en la época, y que se puede encontrar en numerosas obras coruñesas. Para evitar su fisuración se realizan cortes sobre el mismo siguiendo un patrón ordenado. En la parte inferior donde el edificio se abre creando pequeños espacios cubiertos, este se gira 45º y sobre él se trazan ranurados más cercanos para evitar que el agua ensucie el acabado y resbale de una manera más rápida sin acumulaciones. Destaca, en este espacio en contacto con el exterior, el tratamiento de la escala, ya que en los accesos la altura de los techos resulta más baja de lo habitual. La diferencia de cota de la parcela se resuelve con los garajes que actúan como zócalo.

Estos se revisten también con mortero. Las carpinterías de aluminio natural cepillado funcionan como contrapunto estético y compositivo, ya que, al situar las ventanas a haces exteriores, estas se enrasan con el mortero y producen un contraste de texturas muy esencial: lo pétreo frente lo ligero. De esta forma las ventanas no sólo se perciben como tales, sino que son, en sí mismas huecos en las que el cristal parece desmaterializarse respecto al plano vertical. Observando la fachada se comprende de forma clara la tención a los detalles y el ingenio que se presenta sólo con un pequeño gesto o una combinación inteligente de espacios, materiales o formas. Este mismo cuidado está presente en los acabados interiores, en los que las barandillas, las escaleras y los pequeños detalles de los acabados interiores se tratan con atención. La segunda fase se ejecutaría en 1980, siguiendo el mismo criterio y parámetros que la primera, configurando un conjunto complejo con un espacio público común.

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto

Fotografía: Nuria Prieto Nuria Prieto

El teléfono de Rosemary y los espejos de los vampiros

Viaplana y Piñón diseñaron una escalera basada en una escena de El baile de los vampiros (Roman Polanski, 1967). Una escalera con un espejo en el que nadie se reflejaba y en el que sólo al llegar arriba, era posible descubrir el truco. El gesto, que puede parecer un mero juego, genera en realidad una sensación inolvidable. Así, algo tan mundano como los baños de un edificio de exposiciones como el CCCB se convierten en un auténtico espectáculo inesperado al realizar una composición singular entre las ventanas, los espejos y el rosetón de la iglesia que se encuentra frente a este. Y es que, este tipo de gestos son los que tienen la capacidad de crear reacciones colectivas. En ser humano, como un juego, comienza a moverse e indagar por qué el edificio está hecho de una u otra forma, y en ese descubrimiento lo interioriza y comprende. Y en casi todas las personas crea emociones similares por lo que se produce un relato colectivo que trasciende el tiempo. Quizás todavía hoy, al ver La Semilla del diablo, nos giremos ligeramente para ver cómo la señora Castevet marca el número en el teléfono de Rosemary.

Escena de El baile de los Vampiros

Escena de El baile de los Vampiros via cinedivergente