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El museo de Bellas Artes de Coruña: un Premio Nacional de arquitectura construido con luz

La historia de este edificio construido sobre un antiguo convento que desde hace veinte años celebra el arte entre los habitantes de la Pescadería y Zalaeta
06:00 · 25/12/2019
Vía Wikipedia

El Museo de Bellas artes de A Coruña es una gran obra arquitectónica que como todas las grandes obras, no grita su presencia, sino que se deja ver, poco a poco, hasta envolver con su luz y su espacio al visitante, que pasado un tiempo se siente en casa. Una obra que es premio Nacional de Arquitectura por partida doble: Mejor Obra (1997) y a la trayectoria de su autor, Manolo Gallego (2019).

“Siempre he afirmado que los lugares son más fuertes que las personas, el escenario más que el acontecimiento. Esa posibilidad de permanencia es lo único que hace al paisaje o a las cosas construidas superiores a las personas.”
Aldo Rossi, Autobiografía científica

La ciudades se construyen con capas, al igual que en la antigua Roma, una etapa da lugar a la siguiente, enterrando el recuerdo pero manteniendo su memoria. El lugar como abstracción de la cultura es un punto de tensión del territorio, aquel en que se aglutinan un conjunto de valores tangibles como los hechos históricos o políticos, pero también los valores intangibles como matices emocionales o identitarios.

Esta sucesión de conceptos y capas de origen heterogéneo son las que crean una narrativa de ese lugar, aquella que puede llegar a provocar una emoción: esa esquina en la que había un piano que la memoria aún es capaz de escuchar, las risas de los niños en el piso de arriba o una mano que se asía a la barandilla de la escalera y se deslizaba sobre la madera recién barnizada. El poder del lugar es una gran herramienta de la arquitectura, pero necesita también de una gran cultura -en el sentido más amplio de la palabra- para comprender que hasta un mínimo detalle puede ser un rasgo de identidad, al igual que las arrugas que se forman en torno a los ojos lo son de una persona.

Cultura es, como decía el arquitecto gallego Alejandro de la Sota, un niño de Corrubedo que en los veranos jugaba a atrapar pajaritos con las manos y después soltarlos, sabía cómo hacerlo, y no era fácil.  Es quizás esa cultura genética la que permite comprender el lugar y discernir, a través de sus detalles, su identidad, para a partir de ahí crear una nueva capa que formará parte de su memoria.

“No hay un paisaje hecho, definitivo y formado, cada uno se compone de los elementos anteriores y de los que vienen combinados después, en un instante apenas, en una forma enseguida deshecha, guardada en el recuerdo como un esquema de seísmo iniciado” Otero Pedrayo

La definición de la arquitectura, cuando el lugar y todo lo que éste implica como concepto se descubre poco a poco, es entonces una manera de entender la ciudad. En ese instante comienza el proyecto, a través del dibujo, porque dibujar es una forma de ver.

Un lugar para el arte

“La arquitectura no debe hacer más, ni en ningún caso menos, que ayudar al hombre a regresar a casa” Hermann Hertzber, Addie van Roijen-Wortmann y Francis Strauven (eds.): Aldo van Eyck

A finales del siglo XIX, y con la inquietud del próximo siglo que se atisbaba, el auge cultural en Occidente era intenso. A Coruña, igualmente contagiada de esta inquietud, busca tener su propio templo del arte. En 1922 se crea el museo, sin emplazamiento fijo pero con una colección que se enriquecía poco a poco por iniciativa de varios personajes como Ángel del Castillo. En 1938 se cede., con la mediación de Fernándo Álvarez de Sotomayor, parte del edificio del consulado del mar para albergar la colección.

Este edificio compartía su espacio con la Real Academia de Bellas Artes y la Biblioteca del Consulado, generando evidentes dificultades de mantenimiento. Será en 1947 cuando finalmente se abren las puertas del edificio, con la colección debidamente organizada para el disfrute de los ciudadanos. Pero no era suficiente.

El lugar antes del lugar: la memoria y el camino a la modernidad

Al atravesar el umbral del museo de Bellas artes de Coruña se percibe una atmósfera singular La luz que acaricia de una forma especial cada material, cada detalle, produce una cierta confusión que pronto se transforma en una comprensión interior del espacio que emana algo más de lo que se percibe.

“Cuando vemos un paisaje, nos situamos en él. Si viéramos el arte del pasado, nos situaríamos en la historia. Cuando se nos impide verlo, se nos priva de la historia que nos pertenece” John Berger: Modos de ver

El antiguo convento (Alberto Martí Villardefrancos)

El actual museo de Bellas Artes se sitúa en parte sobre el antiguo convento de las Capuchinas, entonces parcialmente en ruinas. Este convento fue construido en 1682 a iniciativa de Doña Catalina de Estrada y Salazar, en el conocido como lugar de Las Maravillas. La idea era la de crear una residencia de clausura para damas y viudas con poca hacienda, eliminando la condición de la dote para ingresar. Aunque inicialmente la gestión del convento iba dirigida a las Hermanas Carmelitas, finalmente se declina, siendo adjudicada a las Clarisas Capuchinas. 

La construcción del conjunto comienza con el diseño de la Capilla de las Virgen de las Maravillas, y la reestructuración de un caserón donado por Doña Antonia de Prego. Tras una breve estancia en el convento de las Bárbaras, se trasladan a esta nueva ubicación en 1683. El convento fue proyectado por el arquitecto Domingo de Andrade, mientras que Fernando de Casas y Novoa, autor de la fachada del Obradoiro de la Catedral de Santiago, proyecta las fachadas y la ornamentación, muy austera, de los muros.

Tras varios siglos, el convento parcialmente abandonado y deteriorado por falta de mantenimiento es propuesto como lugar ideal para construir un nuevo edificio que albergue la colección1.  Los directores del museo habían determinado la urgencia de un nuevo edificio para la colección, y esta decisión no era un capricho: la mañana del 16 de septiembre de 1985 dos obras de Rubens fueron robadas. El edificio no era seguro, y aunque las obras fueron recuperadas un tiempo después, era evidente la necesidad de un cambio. Además desde principios de la década de los ochenta el museo pasó a titularidad estatal, recibiendo apoyo económico del gobierno de España desde entonces.

El museo: crear espacios es como hacer tiempos

“Un muelle, que une tierra y mar, es la arquitectura más rotunda” Manolo Gallego

La arquitectura es a veces conversación, otras dibujo, otras fotografía, otras cine, pero en realidad la arquitectura sólo es en tanto en cuanto se recorre, se percibe y se toca. Rescatando una simplificación de términos, la arquitectura se comprende a través de su experiencia directa. Su capacidad emocional, al igual que la de la música o las palabras de una persona, sólo es capaz de activarse siendo plenamente conscientes de esa presencia o dejándose llevar por el juego de su melodía.

Interior del museo (Nuria Prieto)

“En el museo, camina despacio pero sigue caminando” Gertrude Stein 

Un paseo por el museo de Bellas Artes es seguir el camino de una armonía a través de la luz y de la materialidad. Un lugar que presenta la naturalidad de un hábitat conocido y que al mismo tiempo traslada la monumentalidad de un espacio que es una casa para el arte. Y es que quizás la única forma de entender esta obra sea recorrerla sentándose en su escalera o contemplando cómo se mueve la luz a través de sus muros.

El museo se construyó sobre el antiguo convento de las Capuchinas, del que tan sólo quedaban una crujía y la fachada principal. El proyecto es obra del arquitecto Manolo Gallego2, quien comienza a desarrollar el proyecto en 1988, una obra de gran complejidad tanto en diseño como en ejecución. El museo se inaugurará en 1995.

La posición del volumen arquitectónico es muy compleja, ya que se encuentra sometido al trazado tradicional orgánico del barrio de La Pescadería  y a la nueva actuación urbanística en el barrio de Zalaeta carente de calidad espacial. Por esta razón el edificio es capaz de articular un diálogo coherente en una situación esquizofrénica y casi distópica

Por otra parte el museo comprende la rehabilitación de los restos del convento, y el desarrollo de la nueva construcción. Para resolver la compleja convivencia entre ambas piezas se recurre a la disposición de una retícula, capaz de homogeneizar el conjunto. La retícula, que desencadena la correcta modulación del edificio, se genera a partir de las referencias que deja la antigua edificación. Con este apoyo, la retícula permite que el lugar se materialice en el nuevo edificio y así, sin el olvido de la memoria, la nueva arquitectura incorpora la vida de la antigua.

Sobre esta estructura ordenada se van configurando los diferentes espacios que responden al programa de necesidades. El colapso entre lo nuevo y lo antiguo es aquí oportunidad y no lastre, ya que su convivencia se articula con un gran atrio cubierto en el que el peso del proyecto gravita hacia el trabajo con la luz. 

“A mí me gusta mucho recordar la luz de los sitios y la de A Coruña es la de la cubierta de un barco: va cambiando“  Manolo Gallego

(Wikipedia)
Nuria Prieto

Este atrio actúa como acceso y distribuidor, pero es en realidad en este punto en que comienza la experiencia del espacio. En este lugar se muestran los “materiales” de los que está construida esta casa para el arte: la luz, la presencia del antiguo convento, los detalles arquitectónicos y la materialidad. Compuestos más que materiales, que desde su sencillez y limpieza definen un lugar de gran intensidad. 

La luz dentro del museo actúa como un telón que es capaz de descubrirse para asombrar en cada rincón al visitante, mostrándole esa esencia lúdica pero visceral que penetra con profundidad en la percepción espacial del ser humano. La luz baña los materiales, desvela la identidad del edificio desde el granito, presente desde el exterior del edificio creando una continuidad, hasta el vidrio, la madera y los revocos del antiguo convento. El edificio se concibe así como un espacio público.

Nuria Prieto
Nuria Prieto

La presencia del antiguo convento genera una tensión necesaria que dota de significado al lugar, permitiendo leer y releer esa circunstancia. Esta intensidad perceptiva es especialmente notable en el auditorio, en el que la simbiosis entre el muro y el espacio de estar que se esconde respetuosamente provocan una sensación de hábitat tan genético como la emoción de volver a casa, sea cual sea esa casa.

Los detalles arquitectónicos están cuidados al extremo. La formalización de los encuentros de los principales materiales del edificio, especialmente el despiece del granito y la madera, se encuentra cuidada desde un profundo conocimiento del oficio artesanal de estos y su uso en la arquitectura vernácula gallega. La ejecución del edificio, en dos fases (rehabilitación del convento y edificación contemporánea), requirió una profunda dedicación al proyecto dibujando y redibujando cada uno de los detalles.

Nuria Prieto
Nuria Prieto

La materialidad del edificio es una herramienta referencial que no sólo dota de identidad a través de la luz, sino que recupera el lenguaje antiguo, incorporando la estructura gramatical de un lenguaje contemporáneo. El granito está presente en el edificio antiguo, pero también en el nuevo como zócalo que recorre la planta baja; el resto de materiales son vidrios, elementos ligeros de madera o paneles sándwich de aluminio. En definitiva, una adecuación entre lo antiguo y lo moderno que cobra sentido a través del detalle cuidado y de la vasta cultura de su autor.

Y es que cultura es esa enorme biblioteca de referencias arquitectónicas que se pueden articular sobre esta gran obra de arquitectura, pero también es ese “saber sin saber” del que sólo la mente curiosa dispone. El museo, Premio Nacional de Arquitectura en 1997, es una gran obra como se ha descrito de manera simplificada y humilde es estas líneas, pero de la que sólo se comprenden bien esos adjetivos al experimentar el espacio. En 2019 Manolo Gallego fue galardonado con el Premio Nacional de Arquitectura a su trayectoria, entre la que se incluye este museo, una trayectoria de un arquitecto que hace arquitectura sin faltas de ortografía escribiendo la mejor historia de la arquitectura posible desde Galicia.

“Érase una vez un país fantástico en el que la arquitectura no se notaba. La vida estaba organizada de tal manera que la arquitectura no tenía mayúsculas. Había una dimensión temporal en las intervenciones; todo lo que allí había nacía con naturalidad, tenía derecho a la existencia!” Víctor López Cotelo

Nuria Prieto es Doctora en Arquitectura

Nuria Prieto

Sobre Manuel Gallego

Manuel Gallego Jorreto nació en O Carballiño (Ourense) en 1936. Estudió arquitectura en Madrid, trasladándose seguidamente a trabajar a Oslo, pero finalmente decidió volver a Galicia y asentarse en Coruña. Su trayectoria arquitectónica es brillante, consolidándolo como una de las grandes figuras de la arquitectura contemporánea española. Maestro de generaciones y admirado no sólo por su arquitectura si no por su discurso siempre sensato y acertado, Gallego es autor de obras muy notables como La Casa del Presidente (Santiago, 2002), El museo de Arte Sacro (Coruña, 1987), Edificios de investigación Campus sur (Santiago, 1999), Lonja de Lira (Carnota, 2008), Museo de las peregrinaciones (Santiago, 2012), Casa en Corrubedo (Corrubedo, 1970), Mercado de Santa Lucía (Coruña, 1980), Casa de la Cultura de Chantada (Lugo, 1990), Casa de la Cultura de Valdoviño (Coruña, 1983). En una entrevista publicada con motivo de su retrospectiva en la Fundación Barrié le preguntaban cuál sería la arquitectura que representa a Galicia y el decía: “¿Qué hay más local que un árbol? ¿Qué más universal? Eso es para mí Galicia”

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