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Catalinas de A Coruña: Las mujeres del rural que se daban baños terapeúticos en el Orzán

Estas mujeres llegaban a la ciudad herculina durante los primeros años del siglo XX, muchas no sabían leer ni escribir y cuando no estaban en el mar daban paseos de la mano calcetando e iban a todas las misas. A Coruña en 1995 levantó un monumento en su recuerdo
La fuente de Las Catalinas en A Coruña.
Quincemil
La fuente de Las Catalinas en A Coruña.
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Primeros años del siglo XX, verano, playas y una Coruña muy diferente a la actual, este es el contexto que alberga la historia de las denominadas Catalinas. Bajo este nombre se conocía a las mujeres del rural que llegaban a la ciudad herculina entre junio y septiembre acompañadas de amigas o parientes en femenino (en muy raros casos de hombres) y que por prescripción médica tenían que tomarse baños en el mar, principalmente el que baña los arenales de Riazor y Orzán para curarse la artrosis, enfermedades nerviosas o problemas circulatorios con el yodo y las algas.

Estas mujeres fueron bautizadas así debido en parte a que como tenían pocos recursos se alojaban en hospedajes de la calle Santa Catalina, que en aquellos tiempos estaba ubicada en lo que era la entrada de A Coruña y plagada sobre todo de hostales y casas de comidas, además de ser el punto donde paraban los coches de alquiler. Su rutina durante los cinco o seis días que pasaban en la ciudad se centraba en los dos baños al día a los que se sometían. uno a las cinco de la mañana y otro alrededor de las dos del mediodía, concretamente los ratos en los que las playas estaban menos frecuentadas.

Los baños estaban muy relacionados con la superstición que tan presente está en Galicia desde tiempo inmemorial, como por ejemplo en la festividad de San Juan, donde los saltos que se realizan sobre la hoguera siempre deben ser impares. Con Las Catalinas ocurría algo similar, ya que tomaban entre 9 y 11 baños de una misma vez, nunca un número par y previamente se preparaban para el contacto con el mar apostadas en las piedras de San Roque de afuera.

De la mano haciendo calceta y totalmente vestidas en el mar

Según un periódico de la época, el Noroeste en una de sus ediciones de 1902, se informaba de que las Catalinas eran "buenas señoras de entre el Tambre y el Miño, unas bañistas de medias de lana y pañuelo a la vizcaína que iban de la mano por la calle y haciendo calceta", a la vez que se concreta que en alguna ocasión hubo "Catalinos", pero se describe como algo muy excepcional. Otros datos que aportaba este diario sobre la apariencia de estas mujeres es que su vestimenta era variada e iba "desde la túnica de tela de pergón hasta el mandil", aparte de que al parecer en los momentos en los que no estaban en los baños "iban a todos los entierros y entraban todas las mañanas en el Instituto Eusebio da Guarda para preguntar por las horas de las misas".

Como relata el historiador coruñés Xosé Alfeirán, "la mayoría de estas mujeres no sabían leer ni escribir y se movían entre el cariño y la burla de la gente de la ciudad". "Las burlas se debían a que las Catalinas eran gente de escasa cultura que en muchos casos nunca habían salido de la aldea" y cuenta la problemática que supuso en su momento las vestimentas que llevaban para los baños, que ayudaron en muchas ocasiones a que se produjeran trágicos ahogamientos, unidos a que muchas desconocían cómo nadar.

"Algunas iban en camisón y otras en sábana y era peligroso porque muchas nunca habían visto el mar antes ni conocían sus peligros, por lo que se arriesgaban entre las olas de Riazor y Orzán con la ropa empapada", comenta, una situación que producía que la ropa les pesase y les provocase dificultades de movimiento si había olas complicadas y fuertes corrientes. Además, el historiador detalla que "había un contraste de mentalidad" entre la gente de las ciudades y Las Catalinas, debido a que los primeros "tenían una mente más abierta en cuanto al ocio" y estas mujeres rurales "venían de una sociedad más tradicional, por lo que la libertad de la que gozaban las coruñesas de andar de un lado para otro era una novedad para ellas".

Maletas llenas de viandas y transformación de Santa Catalina

Hasta los años 20 y 30 las Catalinas fueron una figura tradicional en A Coruña y el suplemento El Financiero, en una edición de 1923, decía sobre ellas que "abandonaban sus hogares con desconfianza y timidez y llegaban a la ciudad formando caravanas con las maletas llenas de viandas". Además, en este medio se contaba también que estas mujeres "no se olvidaban el día antes de venir de cocer un jamón o recoger una canasta de berzas" para llevar a A Coruña durante su estancia.

Sobre su aspecto, se aportaban detalles minuciosos como que "a primera hora de la mañana partían desde la espalda del instituto hasta la terraza de Miramar con los hijos delante y en grupos de seis u ocho con sus faldas cortas y tiesas, sus pañuelos anudados en la frente y sus zuecos resonantes". Aparte, se relata que "iban muy abrigadas con sus negros mantones y hablaban poco, algunas incluso no pronunciaban una palabra, e iban a los baños como quien va a un sacrificio".

Otros medios de la época dijeron sobre estas mujeres que "se desnudaban a la sombra de los edificios de la ciudad y recogían sus trenzas negras en un rollete en la nuca, además de lucir amplias blusas de lienzo acartonado para bañarse, una prenda que ahuecaba el frío aire matinal y las hacía temblar". Una vez en el agua, se conoce que las Catalinas solían mojarse hasta la cintura y se humedecían el rostro y la nuca cogiendo agua con las manos, aunque las más "valientes" incluso se agachaban para que el agua les llegase al nivel del cuello.

Una vez fuera del agua, las mujeres se secaban con sábanas amarillentas, hiladas y tejidas en la aldea que les servían de toallas para posteriormente encaminarse hacia sus hospedajes envueltas en unos gruesos mantones negros. Artículos de medios de principios de los años 20 recogen un dato llamativo sobre las Catalinas, que no es otro que su olor. En concreto, se especificaba que "los olores suponían una barrera social porque ellas olían a campo, a la fragancia de los prados y la acritud del estiércol, algo lógico porque en todo el año sus cuerpos no tocaban el agua".

Asimismo, en cuanto a la evolución de la calle Santa Catalina, donde se hospedaban, destacaba la presencia de un mercado a finales del siglo XVIII, lo que a partir de los años 20 cambió con el boom urbanístico y la aparición de grandes entidades como el Banco Pastor, lo que modificó para siempre esta zona que hasta ese momento había sido predominantemente de casas bajas con galerías.

Monumento coruñés

En A Coruña en 1995 se levantó un monumento a Las Catalinas aprovechando la rotonda creada por el Nuevo Paseo Marítimo, justo delante del lugar preferido por aquellas mujeres del interior para tomar sus baños. En este punto la avenida de Buenos Aires se bifurca entre la de Rubine y el paseo de Barrié de la Maza.

Se trata de una escultura en bulto redondo de dos figuras en bronce en las que aparecen representadas dos mujeres, una sentada y la otra de pie. La que está sentada se recoge la ropa para meter los pies en el agua mientras que la que permanece de pie se sujeta el sombrero. Las dos se sitúan en el centro de una fuente y se asientan sobre una base de cemento.

Los autores de este monumento son José Francisco Escudero Carril y José Castiñeira Iglesias en colaboración con Antonio Desmonts Basilio. Este último es un arquitecto madrileño nacido en 1944, un autodidacta de la escultura que es autor de los diseños de varios conjuntos escultóricos de la ciudad y que ejerció como arquitecto municipal en el ayuntamiento de A Coruña. A su intervención se deben el Estadio de Riazor o el Paseo Marítimo en el tramo Orzán-Riazor.

José Francisco Escudero nació en A Coruña en 1958 y estudió en la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad herculina hasta 1979. Trabajó después de aprendiz en varias canteras y se trasladó a Italia a completar su formación y en 1982 regresó a A Coruña y se instaló en el que había sido el taller de su padre en María Pita. Actualmente su taller está en Cambre. Por su parte, José Castiñeiras es natural de Val do Dubra, donde nació en 1947 y se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Santiago. Trabajó en diferentes talleres hasta que se estableció en A Coruña en 1962 y es un buen conocedor de su oficio con obra por toda Galicia realizada con distintos materiales, además de que posee diferentes premios.

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