Enrique, vendedor ambulante
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Enrique, el venezolano que vive su segunda juventud vendiendo en la playa de A Coruña: "Lo perdí todo allí. Suerte que no me mataron"
A sus 84 años vive en una residencia de ancianos a la espera de que le operen de una pierna. Su sueño es poder volver a bailar... sin cansarse. Pues no hay día que no saque a bailar a alguna de sus compañeras
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A sus 84 años, Enrique Huggins disfruta de su segunda juventud. Vive en una residencia de mayores. Baila, ríe y se enamora cada día. Y, por las noches, se encierra en su cuarto a hacer pulseras. Las mismas que vende por la tarde en el paseo marítimo de A Coruña. No se esconde: compra los abalorios en Temu y luego los arma con sus manos. "Aprendí a través de tutoriales de TikTok", dice. Es todo un autodidacta.
"Esta la terminé a las 4 de la madrugada. Empecé a las 11", dice orgulloso. No siempre se sienta en el mismo banco del paseo. Tiene kilómetros para elegir. Pero siempre te lo encontrarás con su gorra de la Xunta, unas gafas de sol y un carrito repleto de pulseras, collares, pendientes y ahora también tazas personalizadas.
Él mismo se compró una impresora con el dinero que ganó en la calle. A cualquiera que pase por delante le ofrece un vaso con los diferentes diseños que tiene disponibles. Casi todos los que tiene son con la bandera de Venezuela, pero te las hace hasta del Dépor si se las encargas. Y es que a buen vendedor no le gana nadie.
Lo cierto es que cuesta decirle que no. Tiene una sonrisa que atrapa, la misma que conquista a todas sus compañeras de residencia. "Me piden que baile y yo bailo", asegura. Su pasión es el baile. Bachata, salsa, lo que le pongas. Pero su pierna izquierda no le permite moverse todo lo que le gustaría. Lleva tiempo esperando que le operen, uno de los principales motivos que le trajeron a España.
Llegó poco después de la pandemia a A Coruña. "En 2020 o 2021. No recuerdo", señala. Junto con él llegaban también varios ucranianos huyendo de la guerra. A muchos los alojaron en el Hotel Nido. Pero, sin siquiera saberlo, ese fue solo el primer paso de los seis años más alegres de su vida.
Él dice que se encontró con "muy buena gente". Pero hablando con él te das cuenta de que solo atrae lo que refleja en los demás. Llegó en noviembre a España, estuvo seis meses en el hotel y ahí dio con un hombre que le ayudó y le dijo: "Tú no te vas a quedar en la calle".
Enrique, venezolano en A Coruña en su puesto de pulseras
"No me quejo, me ha ido bien", asegura. Llegó aquí con asilo político a los 78 años. Y de ahí pasó a Carballo, donde estuvo en una residencia durante un año. "Me gané la confianza de todos", ríe. Y fue entonces cuando comenzó los trámites de aquello por lo que había venido: una prótesis para la pierna.
"Sueño con poder volver a bailar... sin cansarme", ríe. Lo cierto es que bailar ya baila. Pero lo que quiere es poder hacerlo sin descanso. Logró que le dieran fecha para la operación. El problema es que, cuando le quedaban tres días, sufrió un preinfarto y el médico le dijo que era mejor no intervenir.
"Tengo diez hijos... y los que no conozco"
Aparentemente está como un chaval de 24. "Pero por dentro estoy reventado", ríe a carcajadas. A sus 84 habla con ilusión de su nueva vida. No menciona mucho a Venezuela. "Aquí no me falta de nada", explica. Y no para de buscarse la vida. Actualmente está en la residencia Torrente Ballester, donde está encantado. Se va de excursión con otros de su edad, baila, ríe, come y tiene tiempo de hacer sus pulseritas que luego va a vender.
Pero esa no siempre fue su profesión. "En Venezuela trabajaba como soldador. Tenía mi propia empresa", cuenta. Hasta que un día lo atracaron y se lo robaron todo: "Suerte que no me mataron". Todavía tiene una cicatriz en la cabeza de la herida que le dejaron cuando le golpearon y lo dejaron inconsciente. Se nota que prefiere no hablar de ello. Su forma de referirse a su pasado en Venezuela es muy diferente a la emoción con la que habla de su nueva vida en la residencia.
En Venezuela también dejó familia y una novia. "Tengo diez hijos... y los que no conozco", vuelve a reír. No se esconde: "Yo era muy tremendo". Y lo sigue siendo. Vive enamorado de las mujeres. Aunque hay algo que lo entristece: "Yo aquí no tengo nada. No tengo nada para darles", asegura. Aun así, hay algo que sí tiene: ganas de vivir y de bailar.
La salsa y la bachata son su pasión. Y, a pesar de tener 84 años, está bastante al tanto de la actualidad: "Me encanta Telecinco. Estuve enganchado a La isla de las tentaciones. La tele por las noches no la perdono", recuerda. Lo que más le gusta de España "es la libertad": "Aquí la vida la hace uno a su manera". Y así hizo él. Y bendita vida. Ojalá llegar a los 84 con la misma energía que Enrique.