Sor Esperanza en la entrada de las Siervas de María

Sor Esperanza en la entrada de las Siervas de María Quincemil

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La vida silenciosa de las 21 monjas que resisten en Ciudad Jardín de A Coruña: "La vocación no es una línea recta"

Las Siervas de María pasaron décadas haciendo turnos nocturnos en hospitales y cuidando enfermos en casas particulares. Hoy, con una comunidad cada vez más reducida y envejecida, su labor principal es atender a sus propias hermanas

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En lo más profundo de Ciudad Jardín, la zona de chalets cerca del centro de A Coruña, se esconde una enorme parcela en la que convive una pequeña, pero histórica, comunidad de monjas. Poca gente sabe que allí vive alguien. Hubo un tiempo en el que llegaron a ser decenas, pero hoy solo quedan 21.

En el número 8 de la calle Pérez Lugín, un pequeño cartel a la entrada da la bienvenida: "Siervas de María. Ministras de los enfermos". La congregación, fundada en 1851 en Madrid, llegó a sumar más de 3.000 religiosas repartidas por distintos puntos de España. "Hoy seremos unas mil", lamenta Sor Esperanza.

Al llamar al timbre, tarda un poco en salir. La portería está algo alejada de la puerta de acceso. Hace años la pusieron a ella al frente de esta tarea. "Suele llamar gente pidiendo trabajo", cuenta. Antes les sobraba el empleo. Ahora se reparten las tareas entre ellas.

"Nosotras hacíamos el turno de noche en los hospitales", narra. Solían atender en el Hospital Modelo, a escasos metros del convento, y también en el centro psiquiátrico Los Abetos, en la Zapateira. Pero su labor no se limitaba a los hospitales: también acudían a casas particulares. "Todavía me para gente por la calle y me dice: 'Tú cuidabas de mi abuela'", recuerda Esperanza. Y muchas veces lo hacían sin cobrar. "En los hospitales sí teníamos sueldo, pero en los domicilios solían darnos alguna propina. No recibíamos paga".

Pero de eso hace ya muchos años. Hoy Sor Esperanza tiene 78. "Yo ya estoy muy mayor para ir a sitios", dice entre risas. Y el resto de hermanas no está mucho mejor. La más joven tiene 47 años, la siguiente 54 y, a partir de ahí, las edades siguen subiendo. "Tenemos cuatro de 97 y 98 años", cuenta. Y eso que en total son 21.

Ahora, las mayores necesitan a las jóvenes. La tarea de enfermera la ejercen, en cierto modo, desde casa.

¿Quién cuidará de ellas?

"La mayoría están bien para su edad, pero algunas necesitan ayuda para levantarse, ducharse o comer", explica. La pérdida de la fe en las generaciones más jóvenes ha provocado que no haya relevo. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿quién cuidará de ellas?

"Al principio entrábamos muchas, pero empezaron a disminuir poco a poco", recuerda. No es algo reciente. El descenso comenzó aproximadamente en 1968. No por un hecho concreto, sino por un cambio generacional. "Los niños de ahora no están educados en los valores religiosos", responde la monja.

Esperanza nació en una familia creyente, aunque fue la única que decidió seguir este camino. "En mi familia hay niños que no están bautizados", señala. Ella, en cambio, lo tuvo claro desde el principio. "Algunos no saben el porqué de la Navidad. Para ellos son solo regalos y fiestas", dice. Y para ella, "en la fe hay que guiar".

En ese momento entra en la conversación lo que dentro de la vida religiosa se conoce como "la llamada". "Si no la tienes, no hay nada que hacer", explica. Muchos jóvenes, hoy en día, empiezan a sentir un vínculo distinto con Dios y es ahí cuando surge la pregunta. Esperanza lo describe como "una semillita que pone Dios en nuestro interior y va creciendo".

La fe en pleno debate

La fe vive hoy un momento de debate público. Desde artistas como Rosalía, que en su disco de LUX habló de la espiritualidad desde una perspectiva muy personal, hasta la reciente polémica en la gala de los Goya por la película Los Domingos.

El filme cuenta la historia de una joven que siente la llamada religiosa en tiempos actuales dentro de una familia que no entiende su decisión. Durante la gala, la actriz y cómica Silvia Abril lanzó críticas hacia los cristianos, lo que provocó la reacción de varias figuras públicas como Jaime Lorente o María Pombo.

En una época en la que la fe se cuestiona con frecuencia, también hay cada vez más personas que se atreven a reconocerla públicamente. El padre Alonso afirmaba hace un tiempo a este medio que muchos jóvenes sienten "miedo" a hablar de Dios con sus compañeros.

Sor Esperanza no está al tanto de estas polémicas, pero sí tiene un mensaje claro para quienes sienten esa inquietud: "La vocación no es una línea recta, y hay altibajos". En su opinión, lo bueno de dedicar la vida a esto es que, pese a todo, siempre sabes cuál es tu camino.

La vida en los conventos también ha cambiado

Aunque hoy la vida en el convento ya no es como antes. Durante más de un siglo, las Siervas de María dedicaron su vida a servir a Dios y a los enfermos: hacían turnos de noche en hospitales y cuidaban a ancianos en domicilios particulares. Ahora apenas salen.

No son monjas de clausura. Si tienen que hacer algún recado, lo hacen. "Hoy mismo fui a buscar los resultados de unas analíticas", cuenta. Pero entre los rezos, el cuidado de las hermanas mayores y las tareas del convento, el día se les pasa sin salir.

Sor Esperanza a las puertas del convento

Sor Esperanza a las puertas del convento Quincemil

Aun así, conservan algunos hábitos de cuando trabajaban en los hospitales. "Desayunamos de plato, porque llegábamos hambrientas después de los turnos de noche", recuerda.

"Nuestra vida no es ociosa"

Se levantan todos los días a las seis. Esperanza, en particular, prefiere madrugar aún más, a las 5:30. De 6:30 a 7:30 rezan, después desayunan y se organizan para subir el desayuno a las hermanas que ya no pueden levantarse.

En total tienen dos momentos de oración de una hora al día. A las nueve celebran misa y después de comer, a las 15:30, rezan el rosario. "Durante el día cuidamos de las hermanas, pero también tenemos momentos de lectura juntas", cuenta. Suelen irse a dormir entre las nueve y las diez de la noche, como marcan los horarios habituales en muchos conventos. "Nuestra vida no es ociosa", recalca.

El tiempo que antes dedicaban a salir para cuidar enfermos ahora lo emplean en atender a sus propias compañeras. Son cada vez menos y cada vez mayores. Por eso, cuando llega el momento de despedirse, a veces te invitan a quedarte un rato más con ellas.

Y, la verdad, cuesta decirles que no.