El papa León XIV bendice a Pa, uno de los migrantes con los que realizó una ofrenda floral en memoria de los migrantes fallecidos en el mar, en el muelle del puerto de Arguineguín, el pasado jueves.

El papa León XIV bendice a Pa, uno de los migrantes con los que realizó una ofrenda floral en memoria de los migrantes fallecidos en el mar, en el muelle del puerto de Arguineguín, el pasado jueves. Yara Nardi / Reuters.

Tribunas

León XIV nos recordó que no se puede ser cristiano sin amar a los pobres

La vida de León XIV y su visita a España se resumen en la idea de que la Iglesia debe ser una Iglesia para los pobres. No se puede separar el culto de la atención a los pobres, que otorga un acceso privilegiado a Dios.

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Roberto F. Prevost, una vida al servicio de los pobres

El barrio de Dolton (Chicago), donde nació Francis R. Prevost en 1955, comenzó a transformarse con la llegada de emigrantes de color.

Este cambio cultural provocó en él una mayor búsqueda interior, y que empezara a vivir entre la memoria de los valores recibidos y la necesidad de comprender los cambios del mundo moderno (1).

Para su compañero de promoción de 1969, John Doughney, las palabras que mejor definirían al joven Prevost son "amabilidad, compasión, devoción y humildad" (2).

Pronto aprendió en la escuela agustiniana que la caridad es sobre todo justicia.

En la Universidad agustiniana de Villanova (Pensilvania) (1973-1977), cuyo lema es "Unitas, veritas, caritas", participó en los grupos pro vida.

Fue miembro de la Villanovans for Life: Every life is worth living. Every person is worth loving (Toda vida merece ser vivida. Toda persona merece ser amada).

Como estudiante de derecho canónico en el Angelicum de Roma (1981-1985), también participó en varias manifestaciones en favor de los derechos humanos.

Siendo Prior General de la Orden de San Agustín (2001-2013) conoció que "24.000 personas mueren de hambre cada día en el mundo y mucha gente vive en la desesperación. Y como agustinos estamos llamados a responder a tantas formas de injusticia y de división en el mundo. Debemos contribuir a la promoción de la justicia" (3).

Y fue consciente de que desde el Capítulo General de la Orden de México (1982) "se habían multiplicado a todos los niveles y en todas las instancias de la Orden múltiples declaraciones en torno a la opción por los pobres" (4).

Robert Francis Prevost, el Papa León XIV, en 1996, siendo padrino de bautismo en Chulucanas, Perú, de Mildred Camacho Dioses.

Robert Francis Prevost, el Papa León XIV, en 1996, siendo padrino de bautismo en Chulucanas, Perú, de Mildred Camacho Dioses. Cedida.

Don Josep María Abella, OFM, obispo de Fukuoka (Japón) conoció al P. Roberto F. Prevost en las reuniones de la Unión de Superiores Generales, en 2012.

Según su testimonio, para el P. Roberto, la nueva evangelización y las exigencias para la vida consagrada llamaban "a renovar nuestra identidad carismática, a la conversión, al testimonio y a recuperar el espíritu misionero y el servicio a los más pobres frente a las deficiencias de nuestra vida: influjo de la secularización, individualismo, instalación y falta de disponibilidad, influjo del consumismo" (5).

Como misionero en Perú (1986-1987, 1988-1999) y como obispo de Chiclayo (2014-2023), Roberto Prevost realizó varias campañas por los más desfavorecidos. Con la operación "oxígeno de la esperanza", proporcionó oxígeno para los enfermos de la Covid-19.

En la zona más pobre de Callao (Pachacútec) enviaba semanalmente 4.000 pollos, o carne de cerdo, para las familias más humildes y sin recursos.

El ciclón Yaku (marzo 2023) fue tremendamente devastador durante 3 semanas. Más de 800.000 familias afectadas, 123.000 sin hogar, 48.000 viviendas destruidas, 400 centros de salud afectados y 286 kilómetros de carreteras dañados. Y, por si fuera poco, el calor posterior dejó la peor ola de dengue en el país.

Detrás de Cáritas, la Agencia USAI y el proyecto Catholic Relief Service, estaba el obispo Prevost. Además de entregar víveres y repartir comida en comedores comunitarios, antes de partir como Prefecto de la Congregación de Obispos pidió:

"Sean generosos, abran sus corazones. Ayúdense mutuamente a salir adelante como lo hemos hecho en otros momentos decisivos".

El misionero y obispo Prevost es recordado por sus campañas en favor de los más vulnerables: comedores sociales, agua potable, medicinas y otras ayudas, que frecuentemente llevaba él mismo a las periferias.

Sus pilares fundamentales fueron la justicia social, la protección de los derechos fundamentales, la misericordia y la solidaridad. Acompañó y enseñó a los jóvenes a buscar la verdad, a desarrollar su sentido moral, ético y espiritual.

"El misionero y obispo Prevost es recordado por sus campañas en favor de los más vulnerables: comedores sociales, agua potable, medicinas y otras ayudas, que frecuentemente llevaba él mismo a las periferias"

León XIV: los pobres en su magisterio pontificio

A nadie extraña, pues, que en sus documentos pontificios hasta hoy haya citado la palabra "pobres" en 533 ocasiones. Pronto comenzó a hablar de ellos.

Quien definía su misión como "no dejar de lanzar la red para sumergir la esperanza del Evangelio en las aguas del mundo; navegar en el mar de la vida para que todos puedan reunirse en el abrazo de Dios", señaló igualmente como su primer gran deseo:

"Una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado. Hoy hay demasiada discordia, heridas, odio, violencia, prejuicios, miedo a lo diferente, por un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres.

Nosotros, dentro de esta masa, queremos ser pequeña levadura de unidad, de comunión, de fraternidad. Queremos decir al mundo con humildad y alegría: ¡Miren a Cristo! ¡Acérquense a Él! ¡Acojan su Palabra que ilumina y consuela! Escuchen su propuesta de amor para formar una única familia.

En el único Cristo, nosotros somos uno. Esto, entre nosotros y con las iglesias cristianas hermanas, con otros caminos religiosos, con los inquietos en la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo donde reine la paz. La unidad que no anula las diferencias.

Esta es la hora del amor. La caridad de Dios, que nos hace hermanos entre nosotros, es el corazón del Evangelio. Construyamos una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad, misionera, que abre los brazos al mundo, que anuncia la Palabra, que se deja cuestionar por la historia, y que se convierte en fermento de concordia para la humanidad" (6).

Pocos días después decía:

"Comprometámonos a llevar su amor a todas partes, recordando que cada hermana y cada hermano es morada de Dios; y que su presencia se revela especialmente en los pequeños, en los pobres y en quienes sufren, y nos pide ser cristianos atentos y compasivos" (7).

Siguiendo el pensamiento de Francisco, León XIV firmó la Exhortación Apostólica Dilexi te (14/10/25), sobre el amor hacia los pobres, palabra utilizada en sus 5 capítulos 223 veces.

Pobres, en cuyo rostro herido "encontramos impreso el sufrimiento de los inocentes y, por tanto, el mismo sufrimiento de Cristo" (Dilexi te, 9). Mundo de la pobreza al que se agregan otras nuevas pobrezas (Ibid., 10); pobres que no lo son por casualidad o por un ciego y amargo destino, y menos aún por una elección; que nos obliga de nuevo a leer el Evangelio (Ibid., 14), pues Dios opta por los pobres.

Y la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas (Ibid., 16-34: 21), puesto que no se puede amar a Dios sin extender el propio amor a los pobres (Ibid. 26). Y el programa de caridad de la primera comunidad cristiana no derivaba del análisis o de proyectos, sino directamente del ejemplo de Jesús, de las mismas palabras del Evangelio (Ibid. 29). Y que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo (Ibid. 31).

La Iglesia, pues, debe ser una Iglesia para los pobres (Ibid. 35-81), la verdadera riqueza de la Iglesia (Ibid. 38), acceso privilegiado a Dios, modo especial para encontrarlo (Ibid. 39). Y no se puede separar el culto a Dios de la atención a los pobres, pues la Iglesia naciente no separaba el creer de la acción social (St 2,17) (Ibid. 40).

Propone a continuación la visión de San Agustín (Ibid., 43-48), el cuidado a los enfermos según Cipriano, San Juan de Dios, y otras instituciones (Ibid. 49- 52), el cuidado ejercido en la vida monástica (Ibid. 53-58), liberando a los cautivos (Ibid. 59-62) o haciéndose pobres con ellos, como fueron las Órdenes mendicantes aparecidas en el siglo XIII (Ibid. 63-67).

O educando a la sociedad, como una misión de amor, con figuras tan relevantes como José de Calasanz, Marcelino Champagnat y otras instituciones de los siglos XVIII-XIX (Ibid., 68-72), puesto que la educación a los pobres para la fe cristiana "no es un favor, sino un deber" (Ibid. 72). (8)

Y si la experiencia de la migración acompaña la historia de Israel (Ibid. 73) y el siglo XIX es testigo de las migraciones de europeos en busca de nuevas condiciones de vida (Ibid. 74), la tradición de la actividad de la Iglesia con y para los migrantes continúa (9).

Y hoy ese servicio se expresa en iniciativas como los centros de acogida para refugiados, las misiones en las fronteras y los esfuerzos de Cáritas Internacional y otras instituciones (Ibid. 75), estando siempre al lado de los últimos (Ibid. 76-79) como Teresa de Calcuta (Ibid. 77), o Santa Dulce de los Pobres, en Brasil (Ibid. 78), San Benito Menni, las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, San Carlos de Foucauld, Santa Katharine Drexekl, la hermana Emmanuelle en la ciudad de El Cairo (Ibid. 79), o movimientos populares (Ibid., 79-91).

"La Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir sino sólo hombres y mujeres a los que amar, es la que el mundo necesita hoy"

Una historia que continúa desarrollando la Doctrina Social de la Iglesia desde la Rerum Novarum al Documento de Aparecida (Ibid., 82-102), donde se busca la atención por el otro buscando su bien y valorando al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, su cultura, su modo de vivir la fe. Pues el verdadero amor es siempre contemplativo (Ibid., 101).

Así, todos debemos dejarnos evangelizar por los pobres y reconocer en su extrema precariedad la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos (Ibid., 102).

Esta atención a los pobres que la Iglesia ha prestado forma parte de la gran Tradición de la Iglesia, un elemento esencial de la historia de Dios con nosotros y por tanto un desafío permanente (Ibid., 103-121). De ahí que el cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema social. Estos son una "cuestión familiar", son "de los nuestros".

Se nos pide una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en las dificultades, compartir horas con ellos, semanas o años de nuestra vida, buscando la transformación de su situación (Ibid., 104).

Debemos preguntarnos con quién nos identificamos en la parábola del buen samaritano, escena que se repite hoy, y que se vuelve urgente.

En una sociedad enferma, que busca construirse de espaldas al dolor (Ibid. 105-107), los pobres pueden ser para nosotros como maestros silenciosos, devolviendo nuestro orgullo y arrogancia a una justa humildad (Ibid. 108).

Los pobres nos evangelizan, nos colocan frente a la realidad de nuestra propia debilidad (Ibid. 109).

Para nosotros los cristianos, los pobres nos conducen a lo esencial de nuestra fe. No son una categoría sociológica, sino la misma carne de Cristo (Ibid. 110). De ahí que el corazón de la Iglesia sea solidario con aquellos que son pobres, excluidos y marginados, con los descartados de la sociedad (Ibid. 111).

Y debemos ser conscientes de que no se está hablando de la asistencia y del necesario compromiso por la justicia, pues la peor discriminación que sufren es la falta de atención espiritual (Ibid. 114).

Si bien la ayuda principal sería promover al pobre a un buen trabajo, no debemos olvidar la limosna como momento necesario de contacto, de encuentro y de identificación con la situación de los demás. Infundiendo pietas, que no elimina la lucha legítima por la justicia, ni exime de responsabilidad a las autoridades competentes (Ibid. 115-116.).

La Biblia y la patrística, San Juan Crisóstomo y Gregorio Nacianceno, ofrecen auténticos himnos a la limosna (Ibid. 117-118). Pero es necesario alimentar el amor y las convicciones más profundas.

Y eso se hace con gestos personales, asiduos y sinceros, como la limosna, que no será la solución a la pobreza mundial, pero necesitamos practicarla para tocar la carne sufriente de los pobres (Ibid. 119).

La Iglesia, que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy (Ibid. 120).

Por medio del trabajo, el compromiso por cambiar las estructuras sociales injustas o los gestos de ayuda, será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús son para él: "Yo te he amado" (Ap 3,9) (Ibid. 121).

El entonces cardenal Robert Prevost junto al Papa Francisco.

El entonces cardenal Robert Prevost junto al Papa Francisco.

En la obra magna del magisterio de León XIV, la Magnifica humanitas (15/05/2026), cita a los pobres o la pobreza en 36 ocasiones.

La opción por los pobres es uno de los criterios de discernimiento (MH 14). Son junto a los enfermos, migrantes, los pequeños, las piedras desechadas, que se convertirán en piedras angulares (MH 16).

Desde Pablo VI se viene manteniendo viva la conciencia de que cada vez existe una brecha creciente entre países ricos y países pobres, y al mismo tiempo la necesidad de políticas que promuevan condiciones de vida realmente más humanas para todos (MH 35-36).

Esta brecha es cada vez más grande entre Norte y Sur (MH 38). Si bien incluso en países ricos surgen nuevas categorías de pobres, multiplicándose formas inéditas de exclusión, mientras en regiones más pobres pequeños grupos viven en un bienestar consumista que convive con situaciones de miseria deshumanizante (MH 40).

Para Benedicto XVI, la caridad es la vía maestra de la Doctrina Social de la Iglesia (MH 41).

Para Francisco, el anuncio cristiano tiene una dimensión social intrínseca y hace referencia a una Iglesia capaz de escuchar el clamor de los pobres, de los migrantes y de las víctimas de las nuevas formas de esclavitud. Una Iglesia que busca leer los signos de los tiempos a la luz del Evangelio y se deja evangelizar por los pobres con quienes comparte la historia (MH 42).

Con su encíclica Laudato si (24/05/2014), Francisco aúna el cuidado de la Casa común y la opción preferencial por los pobres, y afirma que "tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres, no pueden separarse" (MH 43).

Es evidente además que las mujeres sufren por partida doble la realidad de la exclusión, maltrata y violencia (MH 57). La solidaridad vivida en profundidad, significa "devolverle al pobre lo que le corresponde" (MH 66).

Nos recuerda que el principio de destino universal de los bienes hoy debe incluir "las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos".

Y que "el cuidado de la Casa común y la responsabilidad hacia los pobres y hacia las generaciones futuras requieren que el uso de los bienes de la creación y de las nuevas posibilidades ofrecidas por la técnica esté regulado de tal modo que respete el ambiente y evite despilfarros y nuevas formas de estafa" (MH 67).

Se nos recuerda una vez más que la justicia social es una forma concreta de seguir a Jesús y de fidelidad al Evangelio. En el Nuevo Testamento, Jesús anuncia una "Buena Noticia a los pobres" (Lc 4,18) y se identifica con los pequeños, los enfermos, los presos y los extranjeros (Mt 25,21-46) (MH 77).

"Invita el Papa a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres"

Se nos recuerda también que Juan Pablo II habló de una opción preferencial por los pobres y de que la justicia social exige mirar a las personas y a los pueblos, comenzando por los más vulnerables: los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas y existenciales (MH 78).

Un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales (MH 81).

Los recursos eclesiales así, siguiendo el ejemplo de la Iglesia primitiva, están llamados a ser realmente comunes, para que entre nosotros no haya necesitados (Hch 4,34) y para que su administración sostenga la misión de anunciar el Evangelio a los más pobres (MH 89).

Advierte que aquello que crece sin medida puede convertirse en una forma de pobreza, como la Inteligencia artificial (MH 113), señalando que "la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función" (MH 114).

Indica el primer papa americano y peruano que la historia no es sólo el catálogo de nuestras acciones violentas, sino también como la prueba de que el ser humano sabe fundar instituciones capaces de proteger la vida común (MH 123).

Incluso que una persona que se tome en serio la dignidad de todos puede cambiar la historia: Martin Luther King, Nelson Mandela, Laura Montoya, Teresa de Calcuta, Dorothy Day, etcétera (MH 124).

Hay junto a estos signos públicos una trama más discreta pero decisiva, entre la que se encuentra las comunidades religiosas que eligen lugares pobres y peligrosos. Los mártires de la fraternidad y de la justicia, los testigos del Evangelio y la dignidad del hombre. Así como los "mártires de lo cotidiano" que curan, educan, acompañan y consuelan discretamente, como los padres de familia, los enfermeros, los médicos, los voluntarios y las personas que están junto a los ancianos o a los excluidos (MH 125).

El Papa León XIV en Tenerife.

El Papa León XIV en Tenerife.

Las ayudas económicas a los pobres siguen siendo a veces necesarias en sus situaciones de emergencia, pero no pueden convertirse en la única respuesta. Ya que el objetivo es ofrecer a cada persona las condiciones para vivir dignamente a través de su propio trabajo (MH 149).

Las organizaciones sindicales, están llamadas a abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos en un contexto en el que, sin decisiones valientes, surgen más pobreza y más desigualdades, con una multitud de excluidos rodeados de máquinas y sistemas automatizados que han ocupado su lugar (MH 155).

Una sociedad justa requiere un Estado presente e instituciones civiles capaces de superar la mera lógica de la eficiencia, orientando explícitamente los recursos, la creatividad y las normas a favor de los más vulnerables.

En lugar de esperar los beneficios de un crecimiento que "al final" llegará también a los pobres, se necesitan decisiones que hagan que el crecimiento sea inclusivo desde el principio.

En las crisis siempre son los pobres quienes pagan el precio más alto (MH 158). El aumento del gasto militar, incluso en países del Sur, recae sobre los más pobres, que ven reducirse los recursos destinados a la salud, a la educación y a los servicios sociales (MH 204).

En el contexto internacional, la diplomacia de la Santa Sede asume el principio evangélico de la misericordia como criterio concreto de la acción política. Es una de las formas en que la Santa Sede se pone al servicio de la humanidad, llamando a las conciencias a la caridad y a la verdad, defendiendo la dignidad de cada persona y haciéndose voz de los pobres, de los migrantes y de las víctimas de las guerras (MH 227).

La carne del Hijo, pobre y vulnerable, evoca la carne de tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio.

Y a través de esta cercanía, el don de la paz entra en el mundo de modo paradójico: como el poder de llegar a ser hijos de Dios, que se aviva cuando nos dejamos conmover por el llanto de los pequeños, por la fragilidad de los ancianos, por el silencio de las víctimas, por el esfuerzo de quienes luchan contra el mal que no querrían hacer (MH 231).

La Eucaristía nos mueve a la justicia y al compartir, con una atención preferencial hacia quienes sufren el peso de la pobreza y de la marginación (MH 235).

Invita el Papa a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres. Son signos de una humanidad que sigue creyendo que cada cuerpo es templo del Espíritu y casa de Dios. Y precisamente esta alianza entre gloria y fragilidad se convierte en criterio para evaluar los modelos antropológicos propuestos por la cultura actual (MH 239).

Finalmente, la Virgen María no sólo nos enseña a ver la obra invisible de Dios, sino que dirige también nuestra mirada "a los puntos de fractura de la humanidad, allí donde se produce la distorsión del mundo, en el contraste entre humildes y poderosos, entre pobres y ricos, entre saciados y hambrientos".

Nos enseña "a adquirir un punto de vista diferente para mirar el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la óptica de los potentes; para ver la historia con la mirada de los pequeños y no con la perspectiva de los poderosos; para interpretar los acontecimientos de la historia desde el punto de vista de la viuda, del huérfano, del extranjero, del niño herido, del exiliado, del fugitivo" (MH 244).

"León XIV recordó que Jesús se identifica con los hermanos más pequeños, y nuestra responsabilidad ante ellos es un momento de gracia único e irrepetible para amar"

León XIV: magisterio predicado y televisado en su viaje a España (06/06-12/06/26)

También nos ha dejado una gran enseñanza en su visita a España (6-11 de junio 2026): el centro del Evangelio lo ocupan los pobres, tanto en cuanto el mismo Cristo se identificó con ellos (Mt 25,46).

Así León XIV indicó que nuestra época, que en apariencia se ve sacudida por terribles desequilibrios y conflictos, clama en lo más profundo por la paz, por un nuevo conocimiento de la persona humana y de su dignidad inviolable, por la civilización del amor. Hoy, la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de las polarizaciones parece crecer, en lugar de disminuir; la dignidad humana no deja de ser violada.

Por eso necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad, necesitamos trascendencia. Y, sin embargo, desde estas noches oscuras, hombres y mujeres fieles a la verdad se han visto impulsados a avanzar de estancia en estancia hasta el punto en que, en la conciencia, la justicia y la paz se abrazan.

Invitó igualmente a todos, por amor a la verdad, a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes de vuestra realidad social y de su historia.

La opción por los pobres, junto a la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes y el cuidado de la Casa común y la paz, como criterios de discernimiento ante las "novedades" que nos inquietan hoy y sobre las que nuestras sensibilidades están divididas; que en la tradición cristiana los pobres pertenecen plenamente a la comunidad; que el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad y que la vida humana jamás puede ser tratada como mercancía.

A continuación, agradeció a España su fidelidad al derecho internacional y al multilateralismo, traducido en compromiso activo con la paz y la solidaridad entre los pueblos. Y animó a cultivar el diálogo y la amistad social, a tener en cuenta las perspectivas de los pobres y los jóvenes al imaginar el futuro, a armonizar las demandas de autonomía y de unidad, y a impulsar el proceso de unión europea, no en oposición a otras potencias, sino como un don para toda la familia humana (10).

En su discurso al Parlamento en el Congreso, no se encogió al presentar ciertos principios: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana. Dignidad que precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento.

La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso la grandeza moral de una nación se manifiestas, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

La inmigración rebasa cualquier lectura puramente demográfica o económica: constituye una cuestión eminentemente moral y jurídica. La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos.

De ahí nace una doble exigencia de justicia social: ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración. Y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, por las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática.

La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública (11).

Siguiendo su mismo pensamiento, León XIV recordó que Jesús se identifica con los hermanos más pequeños (Mt 25,40) y nuestra responsabilidad ante los necesitados es una responsabilidad que consagra cada encuentro con el otro como un kairós, un momento de gracia único e irrepetible para amar, que no hay que perder ni posponer.

El Papa León XIV saluda a los fieles desde el papamóvil durante su último recorrido por las calles de Madrid, el lunes de la semana pasada.

El Papa León XIV saluda a los fieles desde el papamóvil durante su último recorrido por las calles de Madrid, el lunes de la semana pasada.

"No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico". Y además de mirar a los ojos a los que sufren, hay que tocarles, "puesto que los que aman de verdad, no se limitan a dar algo; escuchan dialogan, intentan comprender la situación y sus causas […] están atentos a las necesidades materiales y también espirituales, a la promoción integral de la persona" (12).

El día 7 de junio León XIV nos invitó a tejer redes en un diálogo entre instituciones centrado en la dignidad humana. Lo que implica que la universidad no viva de espaldas al mundo del trabajo ni renuncie a la verdad, que la actividad empresarial no vea al empleado como un factor más en la ecuación de sus intereses; que el arte no tenga como fin sólo a las élites; que el deporte no sea reducido a espectáculo o convertido en mero negocio; que el progreso tecnológico tome en cuenta a los ancianos, a los pobres y a quienes no tienen voz.

Y citándose de nuevo, señala: "No podemos ignorar que la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y a la Iglesia" (13).

El agustino obispo de Valencia, Santo Tomás de Villanueva (1486-1555), el obispo de los pobres, ha alentado por su ardiente caridad a Roberto F. Prevost en los momentos de prueba y de servicio; lo mismo que Santo Toribio de Mogrovejo (1538-1606), modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres, en el nombre de Cristo; y sobre todo el pueblo de Perú.

Por esa experiencia compartida con los jóvenes, les pide que, siguiendo a los Apóstoles y a los primeros cristianos, sean misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo, sabiendo bien que nuestra fe es un estilo de vida que se cumple en la caridad (Ga 5,6), virtud que cambia la historia más que ninguna otra. Animándolos con imperativo: "¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor!" (14).

En la Eucaristía del Corpus Christi, el papa León XIV, señaló que el Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados. Y que no se trata solo de sacar la custodia, sino de sacarnos a nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada, para responder a su invitación a la conversión, a cambiar la mirada, a acoger su presencia que nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo.

"El lugar central del Evangelio y de la misión de la Iglesia lo ocupan los pobres, pues han aprendido muchas cosas en los momentos más oscuros y lo conservan en su corazón"

Con fuerza indicó: "Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano". Invitó a beber en la fuente de la eucaristía, "que no nos encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza. La gracia eucarística nos transforma, pero también nos convierte en protagonistas de la transformación de la historia y en signo de esperanza para quienes encontramos (15).

Señaló el papa León que el Evangelio puede desarrollar un pensamiento crítico respecto a un sistema social que no pone a la persona en el centro y provoca situaciones de injusticia y de pobreza existenciales a diversos niveles. Y jugando con el término sanjuanista "noche", señaló también el Papa:

"Y pensando en nuestro camino personal, pero también en las noches de nuestro camino eclesial y de España, en sus ciudades, de sus antiguas y nuevas pobrezas, de su sociedad y cultura, podemos entonces preguntarnos: ¿cuáles son las noches que atravesamos? ¿Qué nos sugieren? Entrando en ellas y mirando con humildad y sin prejuicios la realidad de lo que somos, ¿qué estamos llamados a cambiar?, ¿dónde debemos renovarnos, en qué dirección queremos ir, qué sociedad queremos construir?" (16).

Cada comunidad eclesial diocesana, movida por la caridad e instruida por el Espíritu Santo, está llamada a acercarse, según sus propias posibilidades y capacidades, con discreción, delicadeza y perseverancia a las heridas y necesidades de los más pequeños y vulnerables para aliviar sus sufrimientos y remediar su pobreza. Lo hace imitando la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, por amor a nosotros, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su gracia y su salvación, y nos llama también a reconocerlo y socorrerlo en los más necesitados (Mt 25.40) (17).

Con lenguaje bíblico y profético señaló León XIV, sin medias tintas, los monstruos que acechan los mares: "Mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido". La historia de Blessing indicaba que el drama de tantas personas obligadas a partir porque la pobreza, la guerra, la amenaza o la explotación les cerraron todos los caminos.

Pero recordó también "el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera".

En forma de oración pidió a Dios que nos conceda "reconocerlo hoy en los pobres y en los extranjeros, y nos libre de mirar el dolor ajeno como si no nos perteneciera. Que Nuestra Señora del Carmen acompañe a quienes han llegado, consuele a quienes han perdido a sus seres queridos, sostenga a quienes los acogen y despierte en todos nosotros la valentía de la misericordia" (18).

A la jerarquía canaria y responsables de pastoral les recordó que abrazan la cruz de Cristo cotidianamente, como cireneos, "acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida y les agradece esa generosa labor de caridad y misericordia" (19).

El lugar central del Evangelio y de la misión de la Iglesia lo ocupan los pobres, pues han aprendido muchas cosas en los momentos más oscuros y lo conservan en su corazón. Pero tenemos que prestar atención a los adolescentes y jóvenes, ricos y pobres, residentes y huéspedes: todos ellos necesitan ser conocidos con una mirada que ve más allá de las apariencias y reconoce la profundidad de sus corazones inquietos, que no pocas veces ya está orientado, quizás inconscientemente, hacia el Reino de Dios y su justicia (20).

El primer Papa agustino habló del lenguaje de la cercanía, que se comprende mejor con las manos que con las palabras; unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos. Lo nuestro no es simple filantropía, sino reconocimiento de la dignidad humana.

A los migrantes les recuerda abrirse con confianza a la comunidad que les recibe, aprender su lengua, respetar sus leyes, conocer sus costumbres, participar en la vida común y ofrecer con gratitud sus dones. La comunidad que acoge, por su parte, no tiene que conformarse con una tarea social. Quien llega necesita pan, techo, lengua, trabajo y protección. Y también debe encontrar una comunidad capaz de ofrecer, con el testimonio de la vida y de la palabra, caminos para conocer a Jesucristo, respetando siempre la conciencia y la libertad de cada persona.

Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo y que, al mismo tiempo, recibe el Evangelio de manos de los pobres (21).

Recordó que las migraciones "pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos". Que "de algún modo somos todos migrantes, todos somos peregrinos en camino a la patria celestial". Y que tendremos que ayudarnos "para hacer de esta travesía un lugar más humano para todos, aportando lo que esté al alcance de cada uno" (22).

Con fuerza en sus palabras, dirigió un grito a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio.

"Deténganse. Conviértanse (cf. Mc 1,15). Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él (cf. Gn 4,10; Ex 3,7-9). El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro (cf. Jr 22,13; St 5,1-6).

Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina (cf. 2 Co 5,10). Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio (cf. Is 58,6). Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión (cf. Ez 33,11).

Hermanas y hermanos, la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia ni la violencia de quienes comercian con la vida humana. La última palabra pertenece a Cristo, que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado.

Alcemos la mirada hacia Él, sin apartarla de quienes sufren; miremos al Señor para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos" (23).

A los sacerdotes "se nos pide una relación con Dios que no nos aleje de los hombres, sino que nos acerque a todos, que forje corazones pacientes, tiernos, capaces de cercanía, de compasión y de escucha" (24).

Y como colofón, el Ángelus en el que agradeció la gran acogida que tuvo en su viaje Apostólico a España:

"Haciéndose nuestro hermano, el Hijo de Dios mira a la gente, mira a la humanidad: ve la opresión que aplasta y la violencia que quita la fuerza. Ve las heridas de las guerras y el vacío del consumismo. Ve rostros reducidos a máscaras, familias rotas por el mal y jóvenes ilusionados por falsos ideales. Jesús ve y ama. Ama y sufre por nosotros, con nosotros: su compasión expresa no sólo cercanía fraterna, sino voluntad de redención" (25).

Citas:

(1) R. LAZCANO, Biografía de León XIV. El papa agustino, peregrino hacia Dios, Ed. San Pablo, Madrid 2026, 28-29; Ibid., León XIV. El camino de un pastor, Ed. San Pablo, Madrid 2026, 24. Son las dos mejores biografías en español, que se complementa con Ibid., ed., 365 días con el papa León XIV, Ed. San Pablo Madrid 2026.

(2) E. A. ALLEN, León XIV ciudadano del mundo, misionero del siglo XXI. Debate, Madrid 2025, 14.

(3) R. F. PREVOST, «Omelia nella Messa di chiusura del Capitolo generale ordinario. Basilica di Santa Maria del Popolo, Roma, 21 settembre 2001», en R. F. PREVOST, Liberi sotto la Grazia. Alla scuola di sant´Agostino di fronte alle sfide della storia. Scritti, interventi e omelie 2001-2013, dirig. M.A. Martín Juárez – M. Di Gregorio – R. Ronzani, LEV Roma 2026, 22.

(4) Ibid., «Discorso d´inaugurazione dell´incontro Vida sempre nova. Sâo Paulo, Brasile (26-30 maggio 2003)», en Ibid., 107.

(5) I. VIRGILITO, «“En el único Cristo somos uno”: Unidad y comunión claves en el ministerio de León XIV», Vida Religiosa, junio 251 (2025) 11-17: 15.

(6) LEÓN XIV, Homilía inicio del ministerio petrino (18.05.25).

(7) Ibid., Regina Coeli (25.05.25).

(8) I. GONZÁLEZ MARCOS, León XIV. Educación: obra coral, tarea de amor [Colección Inquietud 1] Ed. Agustiniana, Guadarrama (Madrid) 2026, 134 pp.

(9) Ibid., «Emigrantes desde los orígenes»: Diáspora. Anuario Misional 45 (2023-2024) 13-21.

(10) LEÓN XVI, Discurso A las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático en el Palacio Real de Madrid (06.06.26).

(11) Ibid., Discurso A las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomáticos en el Palacio Real de Madrid (06.06.26).

(12) Ibid., Discurso Centro de Información y Acogida “Cedia 24 horas” (06.06.26), cf. Ibid., Ex. Apost. Dilexi te, 15.

(13) Ibid., Discurso «Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte», en el “Movistar Arena” (07.06.26); cf. Ibid., Dilexi te, 9.

(14) Ibid., Vigilia de oración con los jóvenes en la Plaza de Lima (06.06.26).

(15) Ibid., Homilía Misa del Corpus Cristi en Cibeles (07.06.26).

(16) Ibid., Discurso En el Estadio Olímpico “Lluis Companys” (09.06.26).

(17) Ibid., Discurso En la Iglesia de San Agustín de Barcelona (10.06.26).

(18) Ibid., Discurso En el puerto de Arguineguín de Las Palmas de Gran Canaria (11.06.26).

(19) Ibid., Discurso A los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos/as, seminaristas y agentes pastorales en la Catedral de Las Palmas de Gran Canaria (11.06.26).

(20) Ibid., Homilía En el puerto de Santa Cruz de Tenerife (11.06.26); Cf. Ex. Apost. Dilexi te, 102.

(21) Ibid., Discurso En la Plaza de Cristo de La Laguna de Tenerife (12.06.26).

(22) Ibid., Discurso A los migrantes del Centro “Las Raíces”. Tenerife (12.06.26).

(23) Ibid., Discurso Encuentro con las iniciativas de integración de los migrantes en la “Plaza de Cristo de La Laguna” de Tenerife (12.06.26).

(24) Ibid., Discurso con ocasión de la Jornada por la Santificación Sacerdotal (12.06.26).

(25) Ibid., Ángelus (14.06.25).

*** Isaac González Marcos, OSA, es profesor de Historia de la Iglesia en la Facultad Teológica de Burgos.