El Presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, flanqueado por la dirección republicana de la Cámara y activistas.

El Presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, flanqueado por la dirección republicana de la Cámara y activistas. Reuters

Tribunas

Cuando identificarse para votar es racista

Lo que nadie dice en voz alta, pero que está en el centro de todo, es muy sencillo: un sistema electoral con menos controles le conviene electoralmente al Partido Demócrata.

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Hace algunos años, en Los Angeles, me acerqué a la mesa electoral con mi identificación en la mano. El funcionario a cargo me miró, se tapó los ojos con las manos y me explicó, un tanto perturbado, que no necesitaba verla. Que no era su trabajo.

Me quedé unos segundos sin saber qué decir.

Luego voté.

Desde 2017, voto en la Florida. Aquí escanean el documento, verifican que los datos coincidan con el padrón y solo entonces te entregan la boleta.

Es lo que hace cualquier país medianamente organizado cuando administra una elección. Es también, al parecer, demasiado pedir en varios estados de la democracia representativa más antigua del planeta. La de Estados Unidos.

El Congreso debate estos días la SAVE America Act, que exigiría dos cosas: prueba de ciudadanía al registrarse para votar, e identificación fotográfica a la hora de emitir el voto.

Manifestantes contrarios a la exigencia de identificarse para votar.

Manifestantes contrarios a la exigencia de identificarse para votar. Reuters

Que semejante medida requiera una ley federal (y que su aprobación sea incierta) dice todo lo que hace falta saber sobre el estado del debate político en este país.

En México lo exigen.

En Francia lo exigen.

En España, en Brasil, en la India, en Sudáfrica.

Sólo en los Estados Unidos esto se ha convertido en una causa progresista, defendida con uñas y dientes como si identificarse fuera una forma de opresión.

Las encuestas son tan contundentes que resultan casi cómicas en este contexto.

"Comparar la identificación de votantes con la segregación racial del Sur profundo no es sólo históricamente disparatado. Es una ofensa"

Según el Pew Research Center, el 83% de los adultos estadounidenses apoya la exigencia de identificación para votar (incluyendo el 71% de los propios demócratas y el 76% de los votantes negros). Gallup encontró cifras similares: 84% a favor.

Es difícil encontrar en la política norteamericana contemporánea un tema con semejante consenso.

Y sin embargo, el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, la ha calificado de "Jim Crow 2.0" y ha anunciado que ningún senador demócrata la apoyará.

Comparar la identificación de votantes con la segregación racial del Sur profundo no es sólo históricamente disparatado. Es una ofensa hacia quienes vivieron esa era.

Pero, sobre todo, revela la desesperación de quienes saben que el argumento racional no los favorece.

Los opositores a la ley manejan básicamente dos argumentos.

El primero: el fraude no existe, luego la ley no soluciona nada.

El segundo: millones de ciudadanos no tienen documentos y quedarían excluidos.

Ambos tienen el mismo problema: no se sostienen.

El primero es una circularidad. Un sistema que no verifica identidades ni ciudadanía difícilmente puede alegar luego, con credibilidad, que no hay votantes ilegales porque no se encontraron.

Es como no instalar alarmas y concluir que no hay ladrones porque nunca entró ninguno.

Donald Trump firmando una orden ejecutiva en el Despacho Oval.

Donald Trump firmando una orden ejecutiva en el Despacho Oval. REUTERS/Carlos Barria

El segundo argumento es, además de débil, condescendiente.

El 85% de los adultos norteamericanos ya posee licencia de conducir o identificación estatal. Para el resto, la solución no es eliminar el requisito, sino facilitar la obtención del documento (algo que nadie en el Congreso se opone a hacer).

Resulta curioso que quienes argumentan que ciertos grupos son incapaces de conseguir el mismo documento que se exige para abrir una cuenta bancaria, subirse a un avión o retirar medicamentos de la farmacia se presenten simultáneamente como sus defensores.

Lo que nadie dice en voz alta, pero que está en el centro de todo esto, es más sencillo: un sistema electoral con menos controles le conviene electoralmente al Partido Demócrata.

No hace falta postular ninguna conspiración para llegar a esa conclusión. Alcanza con observar que cada vez que se propone una medida para dificultar el voto irregular, los demócratas se oponen en bloque, con argumentos que varían según la ocasión, pero cuyo resultado invariable es siempre el mismo: dejar las cosas como están.

Treinta y seis estados ya han demostrado que se puede votar con facilidad y con controles.

No hace falta reinventar nada: sólo hace falta voluntad política para extender ese estándar a todos los Estados Unidos.

*** Pablo Kleinman es empresario de medios de comunicación y presidente del Hispanic Jewish Endowment en Miami.