Donald Trump.

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Europa ante la guerra de Irán: un escudo social para proteger a las personas

El verdadero patriotismo no consiste en plegarse a los imperios de turno, sino en defender la soberanía nacional y el respeto al Derecho internacional.

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España conoce bien las consecuencias de prestar su territorio a las ambiciones de imperios ajenos.

A comienzos del siglo XIX, Carlos IV y Godoy permitieron el tránsito de las tropas napoleónicas hacia Portugal. Aquella concesión al poder dominante precipitó la caída del rey y abrió una sacudida histórica que marcó el inicio del declive español en el mundo.

Dos siglos después, en otra guerra construida sobre una gran mentira, el país volvió a alinearse acríticamente con la estrategia del imperio dominante. La reacción de la ciudadanía terminó provocando un cambio de ciclo político.

Desde los tiempos de don Oppas (símbolo de quienes se pliegan esperando recompensas del poder extranjero) la sociedad española ha castigado a quienes subordinan el interés nacional a aventuras expansionistas.

Resulta llamativo que algunos de sus herederos pretendan presentarse hoy como "patriotas". El verdadero patriotismo no consiste en plegarse a los imperios de turno, sino en defender la soberanía nacional y el respeto al Derecho internacional.

El ataque contra Irán (contrario al Derecho internacional y al sistema de reglas construido tras la Segunda Guerra Mundial) abre una grave crisis geopolítica con consecuencias económicas.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ministro de Economía y Comercio, Carlos Cuerpo, durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el ministro de Economía y Comercio, Carlos Cuerpo, durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados. Europa Press

La escalada militar ya ha provocado una fuerte volatilidad en los mercados energéticos, afectando al petróleo, al gas y al transporte marítimo.

El estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del comercio mundial de petróleo, se ha convertido en un punto crítico de la economía global. Cuando esa arteria energética se tensiona, el impacto se traslada a los precios, a la inflación y al coste de la vida.

La economía española afronta esta situación desde una posición relativamente sólida, aunque no inmune. Los shocks energéticos suelen trasladarse rápidamente a la inflación, encareciendo transporte, alimentos y suministros básicos.

"Los ERTE primero y después el Mecanismo RED demostraron que es posible proteger la actividad económica preservando las relaciones laborales"

Cuando la inflación tiene origen externo (energía, logística o tensiones geopolíticas), debilitar salarios o endurecer la política monetaria no resuelve el problema. Simplemente desplaza el ajuste hacia quienes viven de su trabajo y hacia las pequeñas empresas.

La cuestión no es si la crisis tendrá efectos económicos (los tendrá), sino cómo se reparten. Sin políticas públicas activas, el resultado suele ser pérdida de poder adquisitivo, aumento de las desigualdades y debilitamiento del tejido productivo.

La experiencia reciente demuestra que existe otra forma de gestionar las crisis. Durante la pandemia y la guerra de Ucrania se construyó en España una arquitectura institucional destinada a evitar que los shocks externos provocaran destrucción masiva de empleo.

Los ERTE primero y después el Mecanismo RED demostraron que es posible proteger la actividad económica preservando las relaciones laborales.

Ante la crisis abierta por la guerra de Irán, ese enfoque debe volver a activarse. La respuesta no puede limitarse a esperar la estabilización de los mercados energéticos.

Es necesario articular un nuevo escudo social europeo que proteja a trabajadores, pequeños negocios, autónomos y al tejido productivo.

Ese escudo debería apoyarse en varios pilares.

1. El primero es defender el poder adquisitivo de los salarios.

Cuando la inflación tiene origen energético y logístico, los salarios no son la causa del problema, pero sí pueden convertirse en su principal víctima. De ahí la importancia de reforzar la negociación colectiva y extender las cláusulas de garantía salarial.

2. El segundo pilar consiste en proteger el empleo y la actividad productiva.

Instrumentos como los sistemas de reducción de jornada vinculados a la prohibición de despedir permiten adaptar la actividad en momentos de crisis. De este modo se mantiene el empleo y se evita que un shock externo destruya capital humano y productivo.

Un buque cisterna de gas licuado de petróleo (GLP) anclado mientras el tráfico se reduce en el estrecho de Ormuz.

Un buque cisterna de gas licuado de petróleo (GLP) anclado mientras el tráfico se reduce en el estrecho de Ormuz. Reuters

3. El tercer pilar es contener los costes energéticos extraordinarios.

La excepción ibérica demostró que es posible limitar los efectos del mercado eléctrico cuando se dispara el precio del gas. Recuperar mecanismos de este tipo, junto con impuestos extraordinarios sobre beneficios caídos del cielo, permitiría evitar transferencias injustificadas de renta hacia determinados sectores empresariales.

4. El cuarto pilar debe orientarse a proteger a los hogares frente a los efectos de segunda ronda de la inflación, mediante límites al incremento de los alquileres, apoyo al transporte y ayudas dirigidas a las familias más vulnerables.

El objetivo de estas políticas no es interferir en la economía, sino evitar que un shock geopolítico externo se convierta en una crisis social interna. Cuando la inflación procede del exterior, trasladar el ajuste a salarios y empleo no es eficiencia económica, sino injusticia distributiva.

Europa se encuentra ante una encrucijada histórica. El conflicto en Oriente Medio refleja un contexto marcado por la erosión del Derecho internacional y la tentación de imponer un orden basado en la fuerza.

Frente a esa lógica, la Unión Europea sólo puede afirmarse defendiendo su identidad: democracia, Estado de derecho y justicia social.

La respuesta a la crisis provocada por la guerra de Irán no debería limitarse a gestionar sus efectos económicos. Debe reafirmar el proyecto europeo como una comunidad política capaz de proteger a su ciudadanía frente a los shocks de un mundo cada vez más inestable.

En última instancia, de eso trata el modelo social europeo: demostrar que incluso en tiempos de incertidumbre es posible defender la prosperidad, la igualdad y la dignidad del trabajo.

Frente a la ley del más fuerte, Europa sólo seguirá siendo fiel a sí misma si permanece como el continente de las reglas, los derechos y la justicia social.

*** Fernando Luján es vicesecretario general de Política Sindical de UGT.