Ursula Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. Europa Press
El derecho internacional es un carnaval
Causa vergüenza ajena ver cómo destacados dirigentes reclaman legalidad internacional cuando muchos de ellos, además de no cumplir la nacional, han sido tan pacientes y comprensivos con tantos regímenes criminales.
Naciones Unidas y otras muchas organizaciones han documentado durante años las violaciones de derechos humanos en Irán. Hoy, algunos países y dirigentes, incluido el nuestro, denuncian la violación de la legalidad internacional por parte de EEUU e Israel con su ataque a los ayatolás.
Surge de nuevo, otra vez, el debate de legalidad versus legitimidad, y también el del cinismo, la hipocresía o el doble estándar a la hora de analizar y concluir sobre una determinada situación y acción.
Los casos se amontonan y ya se ha escrito abundantemente al respecto.
En este sentido, llama la atención que quienes más aireadamente reclaman ahora el riguroso cumplimiento de la legalidad internacional, sean los mismos que guardan medido silencio cuando es un país o régimen con el que se tiene afinidad ideológica, o intereses económicos, el que viola los convenios internacionales. Incluidos los de derechos humanos.
En esos casos, en efecto, hay silencio o llamadas al diálogo y la diplomacia.
Algo condiciona y explica que los acontecimientos de Minesota, por ejemplo, cubran infinitamente más tiempo informativo y sesgada denuncia que aquello que ocurría en Irán o Venezuela. También en el Sáhara Occidental, las atrocidades que suceden en Nigeria, Cuba o China, o las salvajadas de Hezbolá o Hamás dentro y fuera de Gaza.
Una mujer sostiene una imagen del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, junto al difunto líder iraní, Ali jamenei, este miércoles durante una ceremonia fúnebre por los comandantes militares iraníes que murieron en ataques de EEUU e Israel. Reuters
Por esto mismo, cuando se discute en Bruselas sobre la posición europea ante los acontecimientos en el Golfo Pérsico, se evidencia desunión y disparidad de criterio.
Unos, los afines al régimen iraní, los más antiamericanos y antisemitas, aunque se digan sólo críticos con el gobierno israelí o estadounidense, denuncian el incumplimiento de la legalidad internacional.
Exigen diálogo y diplomacia, como en las últimas cinco décadas. Sí, cinco décadas.
Otros, en cambio, admiten la limitación y las incoherencias del propio Derecho internacional, como hacía recientemente el austríaco Reinhold Lopatka, reconociendo que algo había que hacer con el régimen de los ayatolás.
Sobre todo, cuando han demostrado la deliberada voluntad de exterminar un país como Israel y, ahora, también la de atacar todos los territorios posibles.
También Matteo Renzi, expresidente del Consejo de Ministros de Italia, y en su día gran referente de la izquierda continental, se ha declarado feliz por el hecho de que alguien haya finalmente conseguido eliminar a los ayatolás.
No niega, claro está, la controversia sobre la eficacia y vigencia del Derecho internacional. Son voces a las que se presta menos atención y no se difunden.
No creo necesario, por lo demás, repetir o recordar los precedentes o los casos en los que se ha intervenido militarmente sin cobertura o acuerdo respaldado por el derecho internacional. Son tantos que se puede concluir que el derecho internacional es un carnaval y cada cual baila como considera oportuno.
Conscientes de esto, la izquierda occidental, especialmente la académica y universitaria, que es la que suministra material a la dirigencia, inventó hace un tiempo la categoría de "los Estados gamberros".
"En los últimos años, algunos de los regímenes más despiadados del mundo han venido ganando espacio, capacidad y presencia, especialmente gracias a los defensores de la legalidad internacional"
La idea era minimizar las acciones criminales de los gobiernos y dirigentes afines, y salir así dialécticamente del apuro cuando debían enfrentar la pregunta por las atrocidades de esos regímenes que abierta o discretamente defienden.
Siempre hubo comprensión, una teoría o justificación con ellos. Y todo, con la finalidad de conseguir su perpetuación y no resultarles molestos.
No olvidemos, además, que algunos de esos Estados gamberros, incluso los muy criminales, se sientan en el altar de la legalidad internacional.
Así que neutralizar acciones decisivas que tiendan a restablecer, o al menos intentarlo, la vida más o menos pacífica en determinados lugares, o incluso a evitar anunciadas acciones de exterminio, resulta tan sencillo como bloquear la eventual decisión en el seno del Consejo de Seguridad por parte del afectado y sus aliados.
Hubo un tiempo en el que todos en Europa parecían coincidir en aquello del "eje del mal", que cubría desde Caracas a Teherán, pasando por Damasco, Beirut, Moscú y Pekín. Esto ya no es así.
En los últimos años, algunos de los regímenes más despiadados del mundo venían ganando espacio, capacidad y presencia entre nosotros, especialmente gracias a los actuales defensores de la legalidad internacional. Desde Hispanoamérica hasta África, y por supuesto en esta cada vez más velada Europa.
Los ataques del 7-O y el cambio de gobierno en la Casa Blanca han cambiado el curso de los acontecimientos. No conocemos el desenlace, si será tan caótico y fatal como se nos augura, o tendremos una reconfortante noticia y un mejor escenario.
Sea como fuere, causa vergüenza ajena ver cómo destacados dirigentes y miembros de eso que llamamos "comunidad internacional" reclaman legalidad. Cuando muchos de ellos, además de no cumplir la propia, la nacional, han sido tan pacientes, y comprensivos con tantos regímenes criminales. Así como con las violaciones de Irán en materia de proliferación nuclear, derechos humanos, apoyo a grupos armados y la desestabilización regional.
Y ya conocemos el argumento de que "no es comparable". Siempre aflora cuando quienes incumplen, incluso de modo sanguinario, son los afines a uno.
*** Juan J. Gutiérrez Alonso es profesor de Derecho administrativo.