El presidente argentino, Javier Milei. Reuters
¿Para cuándo un Milei o un Bukele en Europa?
Los países que apuestan por el colectivismo están en una espiral autodestructiva sin precedentes. Aquellos que se están preocupando por recuperar los estímulos de la economía y democracia liberal, están prosperando.
Cuando un pueblo ha padecido décadas de socialismo o colectivización, en una u otra intensidad, lo normal es que le quede poco o nada de espíritu, adentrándose en la confusión, la huida sin fin, y la pérdida de todo horizonte.
Tiene todo el sentido. Porque esa ideología se propone como principal objetivo la sustitución del individuo por el colectivo que, claro, gobierna, dirige y organiza, de modo permanente, un grupo privilegiado.
No hay mayor aberración, y a la vista están los resultados históricos y contemporáneos del invento.
Esto se traduce en algo muy concreto y evidente. A Cuba o Nicaragua, por ejemplo, podrían llegar mañana la mejor galería de gobernantes virtuosos, pero no podrán revertir nada en años. Lo mismo puede decirse de Venezuela o Argentina.
Se requieren generaciones instruidas, o al menos estimuladas, en la capacidad, el mérito y también en la desigualdad, que es en definitiva la concreción de los precedentes principios constitucionales, aunque hoy día hasta los tribunales nos digan otra cosa.
Nayib Bukele. Sevilla
En efecto, como ya he explicado en otras ocasiones, el colectivismo trabaja esencialmente para implementar un programa cultural hegemónico, la consolidación de una oligarquía, y garantizar la pérdida de dignidad de los individuos, convirtiéndolos en una especie de espantapájaros.
Y para conseguirlo, se emplea en asegurar una degradación del espacio público que garantice que nadie de talla se atreva ya a entrar en escena.
Es así como sobrevivirá a su eventual relevo, sea por intervención e incluso por accidente democrático. Y esto, admitámoslo, sin los recursos del Estado y sin aumentar el activismo y la ferviente militancia, resulta complicado. Ahora lo llaman polarización.
Por eso tiene tanto mérito lo que hacen Bukele en El Salvador, o Milei en Argentina.
Porque además de decirles las cosas con nítida claridad al electorado y gestionar con ortodoxia la economía de su país (o al menos intentarlo habida cuenta la herencia y circunstancias), en paralelo recuerdan a la población aquello que pueden llevarle a ser prósperos y seguros otra vez, desmereciendo lo que les ha destruido durante décadas.
Es todo lo contrario que sucede hoy en Europa, también en Gran Bretaña, y lo que acaecía en Estados Unidos con la llegada de ese delirante chavismo woke.
La población de los principales centros occidentales ha sido bombardeada machaconamente con mensajes y estímulos opuestos a aquellos que hicieron de sus naciones un lugar próspero y seguro. Y así estamos, sumidos en un clima casi prebélico en el que ya ni los procesos electorales podemos calificarlos de seguros, limpios y garantistas.
"Los datos y las evidencias, están ahí, aunque vivamos en el reino de la mentira oficial, en ese magma en el que toda evidencia se califica como falsedad, y todo indicio racional como teoría conspirativa"
A este respecto, basta comprobar o pensar en lo sucedido en Rumanía, lo que ocurre también en Francia, ahora en España, además del gerrymandering o el voto con/sin identificación o verificación en Estados Unidos. Una auténtica locura que ha sido sistemáticamente ocultada en medios y prensa, y que sólo ahora se intenta poner remedio como estamos conociendo recientemente con la iniciativa aprobada por la Cámara de Representantes.
Los datos y las evidencias, creo, están ahí, aunque vivamos ciertamente en el reino de la mentira oficial, en la deliberada confusión. En ese magma en el que toda evidencia puede calificarse sin pudor como falsedad o toda prueba o indicio racional como teoría conspirativa.
En definitiva, los países que han apostado o están apostando por el colectivismo, están en una espiral autodestructiva como nunca habíamos visto. Mientras que aquellos que se están preocupando por recuperar los estímulos de la economía y democracia liberal, la clásica y no la que hay en las cabezas de los socialistas travestidos de liberales, están prosperando.
O, al menos, paliando los resultados de las nefastas políticas socialistas, además de la instrucción en el wokismo, o como lo queramos llamar.
Dos opciones parece que nos quedan a los ciudadanos que aspiramos a ser libres y dejar también un futuro mejor, o al menos respirable.
La absurda obediencia a los nuevos sacerdotes de un colectivismo evolucionado, que ya entra de lleno en lo más íntimo de las personas, las familias y sus bienes, además de mostrarse dispuesto a fusionarse con los catecismos más tenebrosos; o la rebelión. Y hacerlo de manera ordenada, pero con todas las consecuencias.
*** Juan J. Gutiérrez Alonso es profesor de Derecho administrativo.