Delcy Rodríguez durante una reunión de la cúpula de la dictadura socialista venezolana.

Delcy Rodríguez durante una reunión de la cúpula de la dictadura socialista venezolana. Europa Press

Tribunas

Delcy pende de un hilo trumpista

La administración de Trump, con Marco Rubio como operador político visible, ha entendido que la oposición no está capacitada, por el momento, para ejecutar el día después.

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Nadie ha dicho que Edmundo González Urrutia no deba juramentarse de inmediato como presidente de Venezuela. Lo debió haber hecho hace casi un año.

En cualquier país normal, ese sería el punto final.

En Venezuela es apenas el inicio, porque en un país sin instituciones independientes la legitimidad sin capacidad operativa no gobierna.

El problema, entonces, no es lo que Edmundo representa, sino lo que puede sostener hoy. Un gobierno suyo, instalado en las condiciones actuales, duraría nada.

No porque le falte razón, sino porque le falta el único elemento que en Venezuela decide si una transición existe o se evapora: el consentimiento del estamento armado.

Históricamente, ningún giro mayor ocurre al norte del sur sin la aquiescencia de los cuarteles. Y en este momento, tal como se ve desde fuera y se intuye desde dentro, ese consentimiento, por la razón que sea, está del lado de Delcy Rodríguez, no del lado de Edmundo ni de María Corina Machado.

La opositora María Corina Machado.

La opositora María Corina Machado. Gtres

Eso no es un juicio sobre el voto, sino un diagnóstico sobre la situación actual, que es la que es y no la que nos gustaría que fuera. La oposición puede ganar elecciones, incluso arrasarlas como ocurrió el 28 de julio del 2024, pero no puede asumir el control "hoy", ya veremos si mañana, si no controla o fractura de manera significativa a la institución militar.

Si esa fractura hubiera existido, el cambio habría ocurrido inmediatamente después de la elección presidencial de 2024. No ocurrió.

Ese hecho no se borra con discursos ni con declaraciones de reconocimiento.

En Washington, esa conclusión no se alcanzó de un día para otro. Se fue formando durante meses de conversaciones y tanteos. La administración de Trump, con Marco Rubio como operador político visible, entendió que la oposición no estaba en capacidad de ejecutar el día después.

Se pidió un plan concreto, no para ganar simbólicamente, sino para retener el poder en la práctica: mando real, alineamiento efectivo, control institucional.

Lo que llegó, según la lógica de quienes toman decisiones, fueron respuestas protegidas por el argumento de la seguridad, pero nunca verificables. En ese punto, la oposición dejó de parecer un mecanismo de transición y empezó a parecer una apuesta para después de la transición.

Por eso, mientras una parte del debate público insiste en el ritual de la juramentación inmediata, la realidad se mueve por otro carril. Delcy y el núcleo de mando del chavismo están negociando con Estados Unidos. No como iguales, sino como parte subordinada de un proceso que Washington pretende dirigir.

Esa asimetría es un hecho, no una opinión.

Trump lo expresa con su estilo abrasivo cuando habla de "manejar" el proceso hasta que haya una transición "segura" y cuando amenaza con castigos.

Rubio lo traduce al lenguaje institucional al insistir en que esto no es una guerra contra Venezuela, sino una operación de seguridad y de ley, enfocada en estructuras criminales como el Cartel de los Soles.

Esa distinción no es semántica, sino el marco legal y político que permite usar fuerza, presión y sanciones sin declarar una guerra y sin reconocer al adversario como Estado enemigo, lo cual obligaría a pasar por el Congreso para declarar formalmente la guerra, cosa que no ha ocurrido desde la Segunda Guerra Mundial.

Del otro lado, el chavismo intenta borrar esa línea. El discurso de Padrino López de este domingo se entiende mejor si se asume que su audiencia principal no es Washington, sino su propia tropa y su propia base.

Habla de secuestro, de agresión, de soberanía, y al mismo tiempo se aferra a la continuidad administrativa que le permite al régimen seguir respirando al menos un día más.

Sabe el general que sobre su cabeza pesa una recompensa del gobierno de Estados Unidos por $15 millones. La de Diosdado Cabello es de $25 millones, y el jefe represor del régimen hace lo que siempre ha hecho en momentos de shock: habla de unidad, calma, cohesión, invoca una invasión para cerrar filas.

Donald Trump comparece junto a Marco Rubio.

Donald Trump comparece junto a Marco Rubio. EP

No es propaganda, sino una orden interna. Eso sí, con tono bajito. Nada de las fanfarronadas a las cuales nos tiene acostumbrados.

Delcy juega un doble plano más fino. Por un lado, su retórica pública insiste en que Venezuela no será colonia, niega cooperación y demanda la liberación de Maduro.

Por otro lado, el diseño institucional que la coloca al mando evita cuidadosamente el punto en el que la Constitución obligaría a convocar elecciones en treinta días.

Por eso no se juramenta como presidenta interina en el sentido formal, sino que queda como una suerte de presidenta en ejercicio, un expediente administrativo que permite conservar mando sin activar el reloj electoral.

No es una innovación jurídica, es una maniobra para ganar tiempo que ya usaron cuando se negaban a revelar que Chávez estaba muerto. Mantener el control sin abrir el sistema.

En ese espacio, donde la legalidad es un mero tapiz decorativo y el poder es una cadena de mando mafiosa, se vuelve evidente la tensión central de este momento.

Edmundo debería ser juramentado ya, pero hoy no podría sostener el país. María Corina podría ganar una elección general con holgura, si este mecanismo es el que se termina negociando como parte de una entrega chavista del poder. Pero sólo después de que exista una transición sellada y un terreno mínimamente controlable.

Si esa transición se concreta, el escenario cambia.

La pregunta real, entonces, no es quién tiene razón, sino quién puede gobernar.

Y en Venezuela, mientras el poder no cambie de manos dentro del cuartel, todo lo demás sigue siendo literatura con bandera.

Eso sí, que no se nos olvide quién es Delcy. Y ella no debe olvidar lo que dijo Trump este domingo: si no coopera, su destino podría ser peor que el de Maduro.

No hace falta explicar lo único que es peor que la cárcel.

*** Francisco Poleo es analista especializado en Iberoamérica y Estados Unidos.