José Antonio Kast tras ganar las elecciones en Chile.

José Antonio Kast tras ganar las elecciones en Chile.

Tribunas

¿Qué ha pasado en Chile?

Chile seguirá funcionando con una economía abierta, estable y de mercado, una democracia de calidad, instituciones sólidas y un Estado de derecho funcional.

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Hay tres conclusiones provisionales de las recientes elecciones presidenciales en Chile.

La primera es que, como es habitual, el comportamiento del electorado es genéticamente subjetivo y lejano de eso que los académicos de cubículo llaman "racionalidad".

La segunda es que, igual que en otros países, la polarización colapsó el centro electoral y el voto se concentró desde la primera vuelta en los dos candidatos más viables y antagónicos.

Por último, parece que han llegado a su fin tanto la generación de las fuerzas partidistas que hicieron la transición y edificaron lo que se llamó el "milagro chileno" como la de quienes, se supone, vendrían a sepultar el modelo neoliberal.

Vayamos por partes, como diría Jack el Destripador.

Hasta antes de 2019, las élites chilenas de todo el arco ideológico pronosticaban con alegre autoestima que el siguiente paso para Chile era "ser como Finlandia".

El presidente saliente de Chile, Gabriel Boric, recibe en el Palacio de La Moneda a su sucesor en el cargo, el presidente electo José Antonio Kast.

El presidente saliente de Chile, Gabriel Boric, recibe en el Palacio de La Moneda a su sucesor en el cargo, el presidente electo José Antonio Kast. Pablo Sanhueza Reuters

Pero el de la última década ya no era, o no del todo, el Chile triunfante de los noventa, sino más bien un país de nuevo en transición, pero de orden psicológico.

Pocos imaginaron que vendrían estallidos sociales y políticos, y el retorno del país al deprimente vecindario latinoamericano.

En otras palabras, esta secuencia de hechos ha sido un laboratorio que permite observar cómo progresos innegables conviven en paralelo con un severo desgaste a veces invisible que lleva a ciertos países a ser víctimas de su propio éxito.

¿Es esto lo que pasó? Tratemos de explorarlo.

Después del retorno a la democracia, aunque no necesariamente como relación causa-efecto, Chile cambió profundamente. Las transformaciones en el entorno (la revolución tecnológica y digital, patrones culturales diferentes, desideologización, mejores condiciones materiales de vida, aumento del consumo) modificaron también su cultura cívica.

La gente se preocupaba más por los problemas cotidianos para mejorar su vida personal, cosa que ocurrió, y ya no por los "grandes temas", que paulatinamente fueron quedando atrás.

En 1989, el electorado sabía que su voto tenía un claro fundamento histórico y una orientación política de la mayor importancia para normalizar al país luego de diecisiete años de dictadura militar.

En cambio, en las elecciones transcurridas desde 1999 y hasta ahora, ya no había miedo a la dictadura ni una motivación tan concreta para el país como fue la recuperación democrática.

Volvió a surgir en ese trayecto una oposición de extrema derecha, encabezada por tercera ocasión por José Antonio Kast. Esta interpretó correctamente esa nueva sociología electoral y elaboró un programa muy elemental basado en un cliché (ley y orden).

El mensaje fue construido para cuadrar con el malestar de un votante temeroso de perder lo ganado y con expectativas frustradas.

La vieja coalición gobernante, por su parte, se rompió. No pudo unificar su oferta en torno a la opción racionalmente más atractiva para el electorado abierto: Carolina Tohá.

En cambio, produjo una escisión que favoreció a Jeannette Jara, la candidata de una marca anacrónica y de poco encaje (el Partido Comunista).

Jeannette Jara , candidata presidencial de la coalición gobernante de izquierda y miembro del Partido Comunista.

Jeannette Jara , candidata presidencial de la coalición gobernante de izquierda y miembro del Partido Comunista. Reuters

Jara, además, cargó con la herencia de haber sido parte del gobierno Boric, una administración fallida que, como se explica más adelante, parece haber cometido un error de juventud, de los que sólo se aprenden sobre la marcha: olvidar que en política, como diría Ortega y Gasset, siempre "lo real ejerce su imperativo sobre lo ideal y lo conceptual".

Y lo real fue que la jerigonza juvenil (y a ratos adolescente) de la generación Boric en 2021, y luego del gobierno que engendró, terminó por confirmar lo básico: una campaña es un evento, pero un buen gobierno es un logro.

A lo largo de ese itinerario, Chile mutó notablemente. Surgió una parte de la sociedad muy escéptica frente a las ideologías y los partidos, lo que explica el atractivo de un tercer candidato, un outsider que todavía en la elección de 2021 hizo campaña desde Estados Unidos.

Esta sociedad se mostró irritada por la migración descontrolada, la inseguridad y el surgimiento del crimen organizado (de origen mexicano, venezolano y colombiano), así como por la corrupción de las élites empresariales, políticas, militares y policiales.

En los pliegues de todo ello, además, hay clases medias en expansión que aspiran (y a veces no pueden, o pueden menos de lo que quisieran) a seguir ascendiendo en la escala social, insatisfechas e individualistas.

Por último, en el vagón de cola, desde luego, una franja antisistema, lumpen, alojada bajo el clásico paraguas "que se vayan todos".

La paradoja es que, en perspectiva, Chile sigue siendo, entre países comparables de América Latina, el de mejor desempeño.

"¿Por qué un país que venía haciendo buen trabajo parece ahora sumido en una confusión psicológica, cívica y política?"

Según el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, en 2024 el PIB creció 2,6%, la inflación cerró en 4,5% y la pobreza (en PPA de 2021) bajó de 5,5% a 5,3% en 2025 y previsiblemente a 5,1% en 2026.

El ingreso per cápita ha crecido significativamente en las últimas décadas.

El déficit fiscal, por su parte, bajó del 2,8% del PIB en 2024 al 1,5% en 2025.

Por último, el Índice de Desarrollo Humano 2025 del PNUD (con datos de 2023) de Chile es de 0,878, el mejor posicionado en la región, que lo coloca en la categoría de "Muy Alto Desarrollo Humano".

La pregunta, por tanto, es inevitable y válida: ¿por qué un país que venía haciendo buen trabajo parece ahora sumido en una confusión psicológica, cívica y política?

Chile ha mantenido un entorno social, institucional y legal eficiente y transparente, cuenta con un marco macroeconómico sólido y un sector privado abierto y dinámico, todo lo cual se condensa en algo muy raro en estos tiempos duros: es un país que funciona.

Por supuesto que hay desafíos complejos en cuanto a productividad, desigualdad, movilidad social, y en el acceso a educación y salud de calidad. Pero, en el balance, sus resultados son mucho mejores que en toda la región, y, no obstante, la coalición progresista, que había ganado seis de ocho elecciones desde 1990 hasta 2021, ahora pierde.

Una seguidora de Kast, la noche de las elecciones.

Una seguidora de Kast, la noche de las elecciones.

¿Hay una interpretación más o menos práctica para esta paradoja?

Desde el punto de vista de la ciencia política probablemente no. La cuestión entra de lleno al terreno de la cultura cívica, la psicología social, los misterios de la condición humana y el hecho de que, hoy, en política, lo normal es elegir entre inconvenientes.

Por una parte, las alternativas políticas y partidistas llamadas de centro se corrieron hacia los extremos intensificando la polarización y provocando, desde el punto de vista electoral, un clivaje, en torno al cual se alinea, divide o fragmenta una comunidad política.

El resultado del 14 de diciembre parece sugerir que el candidato de la derecha captó bien esa disyuntiva, jamás maquilló sus preferencias políticas, y lucró con sus peores fantasmas: la seguridad y el orden a toda costa.

¿Fue una elección racional? Puesto en esas palabras, la respuesta es irrelevante porque casi ninguna lo es y, además, como advierte Daniel Innerarity, "en muchas democracias el elector no elige sino deselige; hay más rechazo que proyecto; no vota para solucionar algo sino para expresar malestar" o miedo.

Y lo decisivo no es "la competencia o incompetencia de los candidatos", sino recoger ese sentimiento mejor que el contrario.

"El presidente Gabriel Boric presumió en 2021 de que eran moralmente superiores a todos los demás, apeló a la rebeldía de los jóvenes y prometió enterrar al neoliberalismo"

El otro componente tiene que ver con el factor político o, mejor dicho, con la promesa de que una nueva generación llegaría al poder para jubilar a la vieja guardia de la histórica Concertación de Partidos por la Democracia, que dio cuatro presidentes, y que esa categoría biológica podría, por sí sola, corregir los problemas, subsanar ineficiencias y producir los bienes que la política puede y debe proporcionar a una comunidad.

El presidente Gabriel Boric presumió en 2021 que eran "moralmente superiores" a todos los demás, apeló a la "rebeldía" de los jóvenes y prometió enterrar al "neoliberalismo", y ganó su elección teniendo como antecedente el estallido del 18 de octubre de 2019.

Este derivó, durante meses, en miles de acciones de protesta (el 61% protagonizadas por jóvenes de 18 a 29 años) entre huelgas, tomas de calles, ocupaciones, cacerolazos, saqueos y marchas. Una de ellas reunió a 1,2 millones de personas en Santiago.

En respuesta al estallido, vinieron acuerdos entre gobierno y partidos, un plebiscito, la convocatoria para una nueva Constitución, la elección de 155 diputados constituyentes, una asamblea legislativa tan extravagante como pintoresca, ríos de tinta en libros, redes y medios, y al final una especie de arrepentimiento colectivo. ¿Qué pasó?

Es cierto, como escribió José Joaquín Brunner, que el autoflagelante segundo mandato de Michelle Bachelet fue un gobierno carente "de conducción política, de solidez técnica y de capacidad de gestión para implementar sus reformas", cosechó frustraciones masivas, salió derrotado en las elecciones de 2018 y fertilizó lo que luego sería el 18-O.

La alta comisionada para Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet.

La alta comisionada para Derechos Humanos de la ONU, Michelle Bachelet. Sebastian Castaneda Reuters

En esa línea, el eslogan elegido por los manifestantes para bautizar el estallido, que aludía al aumento en el precio del boleto del metro ("no son los 30 pesos sino los 30 años"), fue funcional por empalagoso, aunque claramente falso y letal para una eventual organicidad política.

De la retahíla de –ismos incluidos (ecologismo, indigenismo, asambleísmo, neoliberalismo, feminismo, fascismo) en lo que podría llamarse, con benevolencia, la discusión pública, nada arraigó y todo regresó a lo de siempre en el imaginario colectivo: expectativas, crecimiento, ingreso, seguridad, ley, orden, en suma, sentido común.

Y, como era predecible, aquel proceso naufragó por completo y prefiguró lo que vino después.

La elección esperanzada del Boric treintañero, que ganó con casi el 56% de los votos, fue en algún sentido usuaria del combustible del 18-O, pero el fracaso de su gobierno, que concluye con una aprobación cercana al 30%, fue víctima de la propia incapacidad conceptual, estratégica y política de la generación que él encarnó.

Una generación que, como en la tragedia griega, terminó por devorarse a sí misma.

¿Cuáles son las lecciones que ofrece este episodio?

Hasta antes de la pandemia, Chile había venido alcanzando tasas de crecimiento notables que, entre otras cosas, permitieron un ritmo constante de generación de empleo y de acceso al consumo individual y familiar, todo aderezado por una buena percepción de los progresos que el país registraba: en la psique y la autoestima del ciudadano promedio, Chile era el "ejemplo" a seguir.

Sin embargo, como planteó tiempo atrás Samuel Huntington, la estabilidad tiende a sufrir desajustes en aquellos países que, como en este caso, están en el tránsito de una sociedad tradicional, que aún pervive, hacia una sociedad plenamente moderna, que aún no llega.

Ello se manifestó en un cambio notable en los patrones de comportamiento del chileno y una elevación de sus expectativas.

En ese contexto, Bachelet entendió mal ese proceso, en cierto modo muy natural en los países de la tercera ola democrática como lo muestran la literatura académica y la experiencia política, y, haciendo una contrición casi bíblica, atribuyó los rezagos y vulnerabilidades de Chile al "modelo de desarrollo", justo el mismo modelo que había facilitado los progresos del país desde los años noventa.

Ese tiro en el pie durante su segundo gobierno (2014-2018) fue ponzoñoso porque, como no encontró una agenda con la cual diferenciarse de los buenos resultados de los gobiernos previos (incluido el primero de ella), cayó en la tentación populista de negar el pasado, el modelo y pretender tirar el agua de la bañera junto con el niño.

Como dice el historiador E. H. Carr, "interpretar el pasado no es lo mismo que inventar el pasado".

Como la política también es pedagogía, la proposición de Bachelet envenenó la mirada y el ánimo de una porción relevante del electorado y alentó una especie de nostalgia donde, como suele ocurrir, la memoria se vuelve selectiva. A pesar de que las autocracias han sido perjudiciales en todos los sentidos, la gente mira hacia atrás en cuanto a sus logros.

Kast, que incluso alardeó con sus simpatías pinochetistas ("si Pinochet estuviera vivo votaría por mí", dijo una vez en otra campaña), rentabilizó muy bien esa fibra subliminal y, de vuelta a las esencias, reintrodujo al escenario un pasado de ley y orden, inoculando en un electorado temeroso la creencia de que el pasado "no fue tan malo".

La descripción que hizo Sebastián Piñera, su sucesor, fue implacable e innegable: "Bachelet quiso demostrar al país que hubo treinta años de abuso, de oscurantismo, de retroceso... y ese demoledor ataque surtió mucho efecto" en el ethos colectivo.

Sólo que el argumento, además de erróneo, fue autodestructivo.

Los malos resultados del segundo gobierno de Bachelet, por ejemplo en materia de crecimiento y de reformas políticas fallidas que detonaron la atomización partidista (en el congreso chileno hay unos veinte partidos con representación parlamentaria y cuarenta legisladores que se autodeclaran "independientes"), lo que afecta la gobernabilidad eficaz y la aprobación de su gobierno (acabó con 39%), no fueron producto del "modelo", sino de su gestión.

Esto terminó por confirmarle al ciudadano de a pie que el causante había sido, en efecto, esos "treinta años".

El corrimiento de Chile hacia la alternancia en las elecciones de 2025 tiene principalmente allí su sedimento, además de en la lectura política equivocada que hizo Bachelet, y menos en la impotencia de Boric.

Chile padece, en clave psicoanalítica, una crisis de expectativas y de éxito, no de fracaso.

¿Qué sigue para Chile?

Imposible adivinarlo. Pero, sin inventar el hilo negro, es previsible que el país seguirá funcionando con una economía abierta, estable y de mercado, una democracia de calidad, instituciones sólidas y un Estado de derecho.

Y estos activos, le escuché decir una vez al expresidente Ricardo Lagos, "no son de izquierda ni de derecha, sino de sentido común".

*** Otto Granados Roldán es consultor de políticas públicas.