El maestro canadiense Yannick Nézet-Séguin.

El maestro canadiense Yannick Nézet-Séguin. EFE

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Cómo aplaudir en el Concierto de Año Nuevo sin parecer un nazi

No hay evento que puedas gozar sin sermón redentor, no hay champán que no se te deba atragantar.

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Yo al director del Concierto de Año Nuevo sólo le puedo afear dos cosas: haber salido vestido de azul y negro (por muy de Louis Vuitton que sea el traje) y haberle dado un beso a su marido en plena Marcha Radetzky como si hubiera una kiss cam instalada en la Sala Dorada del Musikverein.

Esas son mis únicas pegas. Aunque hay quien le pone más.

A algunos les ha parecido un concierto flojo y demasiado ligero, porque aquí lo que importa es estar muy serios todo el rato.

A otros, demasiado woke, porque el director no sólo tiene la osadía de ser homosexual y llevar esmalte de uñas, sino que también ha bajado a dirigir la marcha entre el público y ha incluido dos piezas de mujeres.

Tendrá valor.

Precisamente por todos los motivos anteriores, hay quien lo ha considerado el mejor concierto que se recuerda, como si la memoria posmoderna con déficit de atención fuera referencia de nada. Y como si hubiera necesidad de que todo lo nuevo sea siempre lo mejor que se ha hecho nunca.

Pero si lo disfrutamos igual, hombre.

Si hay quien sólo quiere recordar a su abuelo completamente convencido de que el concierto lo dirigía él desde casa.

La Filarmónica de Viena.

La Filarmónica de Viena. EFE

Y no ha faltado quien nos recuerda el origen nazi del Concierto de Año Nuevo, ideado por Goebbels para recaudar dinero para el Partido Nazi.

Eso sí, te lo recuerdan como si fueran los primeros en descubrírtelo, con esa superioridad moral de quien piensa que la gente es gilipollas porque les falta conocimiento y que necesitas un manual de instrucciones para no ser un nazi el 1 de enero de 2026. Nadie quiere estrenar el año así.

Por si eso no es suficiente para hacer que se te quede atravesada la cena de la noche anterior y que te rasgues el pijama mientras sueltas gritos de indignación, que sepas que Strauss padre compuso la marcha 1848 como homenaje a la victoria del mariscal de campo Josef Wenzel Radetzky sobre las tropas italianas.

Vamos, que cualquier académico posestructuralista de gafa pasta, cuello vuelto y Judith Butler en la mesilla de noche se tomaría el tiempo de explicarte que tu tradición anual de ver el concierto es, en realidad, una perpetuación de tecnologías de dominación simbólica que funcionan como un significante de estatus y autoridad cultural de las élites colonialistas.

Así que ya lo sabes. Cuando aplaudes el día 1 de enero, aplaudes a un artefacto de propaganda nazi. Y tú ignorante. Da igual que estés viendo con tus propios ojos que el concierto de este año lo dirige un señor al que Hitler habría metido en un campo de concentración con un triángulo rosa cosido en el uniforme.

Mientras tanto, hay quien lleva a gala que ellos son más de Estopa o de Melendi que de Viena. Como si no fueran compatibles y como si lo que necesitáramos es más brecha, más división, más ideologización de los momentos de disfrute compartidos y universales.

Porque no hay evento que puedas gozar sin sermón redentor, no hay champán que no se te deba atragantar. Cada aplauso, cada sonrisa, parece requerir un pie de página explicativo sobre racismo estructural, apropiación cultural o el linaje de la composición musical.

Por favor, tuitea un poco más, se te ha quedado una uva sin contaminar por tu visión fanatizada de la vida.

Escribía Scruton en A Political Philosophy: Arguments for Conservatism que los verdaderos pensadores conservadores no se apegan al pasado, sino que desean vivir "plenamente el presente, comprenderlo con todas sus imperfecciones y aceptarlo como la única realidad que se nos ofrece".

Que el Concierto de Año Nuevo triunfa todos los años entre millones de espectadores puede deberse a una excelente estrategia de comunicación y de lavado de cara es algo que no dudo.

Y me parece genial que la Filarmónica de Viena use desde hace unos años una versión distinta a la que ideó el compositor nazi Leopold Weninger.

Aunque su arreglo es de 1914 y él no se afilió al partido hasta 1932.

Aunque la marcha en realidad no formó parte del repertorio original hasta 1946, caído ya el régimen nazi.

Pero, oye, que no se diga que la desnazificación no se produjo por falta de esfuerzo.

La Filarmónica de Viena.

La Filarmónica de Viena. EFE

Pero se me ocurre imaginar que el éxito del concierto quizá también tiene que ver con que el público siente que no necesita legitimarse moralmente para ponerse la televisión en su puñetera casa y apasionarse con la música clásica una puñetera vez al año desde su puñetero sofá.

Y con que en el Concierto de Año Nuevo se toca a Strauss padre, pero también a Strauss hijo, al que su progenitor quiso vetar del mundo de la música y con quien mantuvo un conflicto encarnizado en público que abarcó lo musical y lo político.

No me veten disfrutar de ese salseo, por favor.

Ese conservador del que habla Scruton sabe distinguir "entre una nostalgia retrospectiva, que no es más que otra forma de sentimentalismo moderno, y una tradición genuina, que nos da el valor y la visión necesarios para vivir en el mundo moderno".

Porque quizá la victoria sobre los nazis no sería anular el concierto para siempre, sino reconocer que la belleza y la excelencia no eran de su patrimonio. Saber que se apropiaron de algo que no les pertenecía. Que ahora hay una tradición que es vieja como ellos no pudieron serlo jamás.

En lenguaje posestructuralista, podríamos incluso decir que lo que estamos haciendo es un acto de justicia simbólica: devolverle la propiedad de la experiencia estética a la historia y al público, no a los regímenes que la quisieron pervertir.

Porque, como dice Scruton, "la respuesta conservadora a la modernidad es aceptarla, pero aceptarla de forma crítica, siendo plenamente conscientes de que los logros humanos son escasos y precarios, que no tenemos ningún derecho divino a destruir nuestra herencia".

En lenguaje llano: Feliz 2026.

Es importante no ser un nazi. Pero también lo es intentar no dar mucho el coñazo.