Íñigo Errejón, líder de Más País.

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LA TRIBUNA

Ergofobia, el pecado que comparten los ultras de todas las ideologías

Desde una visión chestertoniana, el trabajo supone el cumplimiento del plan de Dios. Desde una visión marxista, el trabajo es la riqueza que el obrero posee. Nada caracteriza más a un ultra, de derechas o de izquierdas, que su desprecio por el trabajo y su amor por la molicie. 

27 octubre, 2021 06:05

En la Grecia clásica se simuló un supuesto duelo literario entre Homero y Hesíodo. El texto, conocido como Certamen, fue alterándose desde el siglo V a. C. hasta la época del emperador Adriano (siglo II), cuando parece que quedó fijado tal como hoy lo leemos.

Se trata de una disputa en la que cada uno de estos dos poetas arcaicos se expresa con sus mejores versos. Inicia la competición Hesíodo, que pregunta al autor de la Iliada y lo fuerza a responder casi a la defensiva, pero con genial brillantez. De hecho, el jurado que dirime esta prueba de destreza creativa acuerda conceder el galardón a Homero.

Sin embargo, el rey que preside el certamen decide que el ganador sea Hesíodo, porque “lo justo era que venciese el que había exhortado las bondades de la paz y del cultivo de la tierra, y no el que tanto había disertado sobre guerras y matanzas”.

En este imaginario certamen entre dos gigantes de la poesía (los Góngora y Quevedo de cuando Grecia acababa de nacer) hay algo de sabiduría que hoy seguimos sin asimilar.

Homero es el nombre que identificamos como autor de la Iliada y de la Odisea. Hesíodo, por su parte, es el creador de Teogonía (la genealogía de los dioses helénicos) y de Trabajos y días, en la cual “exhorta las bondades de la paz y del cultivo de la tierra”.

Hay que darse cuenta de que en Certamen no sólo se considera mejor la paz que la guerra (aunque sea más aburrida y menos excitante), sino que cultivar la tierra es preferible a blandir una espada. Hincar el arado en la propia tierra es mejor que clavar la espada en la carne del enemigo. No sin sorna, Horacio escribirá: “Dichoso aquel que, alejado de las ocupaciones, al igual que la primigenia raza de los mortales, labora las tierras de sus padres con sus propios bueyes”.

El título original de la obra de Hesíodo es Erga kai hemerai. La primera palabra (ergon, plural erga) significa obra, trabajo u ocupación, y da lugar a términos como ergonomía y ergonómico.

"Los otiosi (ociosos cristianos o gentiles; de izquierdas o de derechas; progresistas o reaccionarios) regresan en todas las épocas y bajo todos los aspectos"

Tengamos en cuenta que hemos dicho ocupación de manera deliberada, porque es aquello de lo que Horacio (en una pieza repleta de ironía) quiere alejarse. La palabra latina es negotium, o sea el nec–otium, el no-ocio.

Para muchos romanos, el trabajo era lo no deseable, menesteres obligatorios que restaban tiempo de lo importante: el ocio.

Algunos entendían el ocio como el tiempo natural del hombre para disfrutar de los amigos y charlar sobre filosofía. Para otros, el ocio consistía en vestirse con los colores de su equipo de cuadrigas y corear su nombre en el circo, o contemplar en el anfiteatro las luchas gladiatorias.

En este sentido, poco hemos cambiado. Ya dentro del mundo latino, de los padres del Derecho, de los constructores de calzadas y acueductos, encontramos cierta ergofobia.

En un principio, un punto de vista similar al del rey que dio por vencedor en el Certamen a Hesíodo es el cristiano y, sobre todo, el judío. En el Génesis, antes del Pecado original y la expulsión del Edén, se dice que el plan de Dios era bueno y armónico y que incluía que el hombre trabajara la tierra. Lo que el pecado altera en este plan, según la visión judía y cristiana, no es, por tanto, la mera existencia del trabajo, sino la aparición de las ampollas en las manos, el sudor en la frente, las insolaciones y las frustraciones.

En tiempos recientes, la Iglesia ha recordado este concepto al insistir en la necesidad de santificar todas las actividades humanas, empezando por el trabajo, los oficios y las profesiones. No en vano, las principales escuelas de negocios españolas nacen durante el desarrollismo y bajo iniciativa católica: ESIC, IESE, ESADE. Antes, a comienzos del siglo XX, ya había aparecido la Universidad Comercial de Deusto, de la mano de los jesuitas.

Sin embargo, los otiosi (ociosos cristianos o gentiles; de izquierdas o de derechas; progresistas o reaccionarios) regresan en todas las épocas y bajo todos los aspectos. Este verano he localizado una serie de ejemplos, por lo general a ambos extremos de eso que se llama espectro ideológico.

"El mejor modo de considerar que el trabajo es una alienación capitalista es la ergofobia, la consideración de que el trabajo no es algo bueno en sí mismo"

Por una parte, Íñigo Errejón. Errejón es conocido por esa beca fantasma o beca black que le concedió un amigo de la Universidad de Málaga. Amigo que más tarde encabezó una papeleta de Podemos y fue elegido diputado para acabar en la comisión parlamentaria de Trabajo. Errejón ha recibido una generosa cantidad de dinero para estudiar cómo es posible trabajar menos horas a la semana.

Por otro lado, un amigo (que suele citar mucho a Chesterton y a Tomás de Aquino) se ha quejado de que usemos para las vacaciones estivales la expresión recargar las pilas porque se le antoja una expresión que rezuma una valoración obsesiva del trabajo.

A un lado y a otro, un punto en común. El trabajo como una maldición de la que se aprovechan los taimados capitalistas.

Aquí viene la paradoja que nos recuerda a las polémicas sobre el uso de la bandera nacional. Cuando alguien despotrica del trabajo o de los colores que representan la patria, luego no se puede quejar de que otro emplee esos conceptos como mejor le venga en gana.

El mejor modo de considerar que el trabajo es una alienación capitalista es la ergofobia, la consideración de que el trabajo no es algo bueno en sí mismo. La ergofobia es negar lo que decía el rey que premió a Hesíodo, y supone negar lo que asegura en sus primeros versículos la Biblia.

Desde una visión chestertoniana, se debería reivindicar el trabajo como cumplimiento del plan de Dios y como servicio a los demás. Desde una visión marxista, se debería enarbolar la idea del trabajo como la riqueza que el obrero posee. Sin embargo, la opción fácil no es esta, sino la ociosidad.

Por eso convendría releer aquella parábola en que un terrateniente no para de contratar jornaleros para su viña. Incluso al caer la tarde, cuando se topa con una cuadrilla en mitad de la plaza y les afea haber estado otiosi (ociosos) todo el día (Mateo 20:6). La palabra en el griego original del Evangelio es, preciosamente, argoí, o sea a-ergoì, “no ocupados, inactivos” (evítese confundir este vocablo con el homónimo argos).

Por fortuna, también este verano nos recordaba Gregori Luri que uno de los mejores bálsamos del alma es el trabajo físico. Bien lo sabía un destacado autor del pensamiento católico francés de comienzos del siglo XX, Charles Péguy, quien dejó escrito: “Me gusta trabajar, me gusta trabajar bien, me gusta trabajar mucho”.

*** José María Sánchez Galera es doctor en Humanidades, profesor en la Universidad Francisco de Vitoria, investigador en la Universidad San Pablo CEU y autor de La edad de las nueces.

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