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LA TRIBUNA

Meritofobia

El autor rechaza la idea de que la desigualdad social es consecuencia de vivir en sociedades que premian el esfuerzo y el talento, por cuanto no existe una verdadera meritocracia, y asegura que hoy se confunde mérito, con éxito y este con dinero.

24 septiembre, 2020 02:46

Hace ahora justamente un siglo José Ortega y Gasset escribía lo siguiente: “Por una extraña perversión del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta a todo hombre ejemplar o, cuando menos, está ciego para ver sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de un personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios”. ¿Una prueba de que las cosas no han cambiado demasiado? Sigan las trayectorias políticas divergentes de Pablo Iglesias y Cayetana Álvarez de Toledo.

No obstante, la meritofobia no es un problema que afecte solo a nuestro país, como ya se encargara de advertir el propio Ortega (él hablaba de aristofobia), es un fantasma que recorre el mundo. Era, pues, cuestión de tiempo que la lechuza de Minerva emprendiera el vuelo y surgieran teóricos para prestarle cobertura ideológica: tal es el sentido de dos flamantes ensayos que cuestionan el papel que juegan en nuestras sociedades lo que ellos llaman meritocracia, es decir, el presunto poder que ostentan aquellos que han alcanzado la cúspide social a partir, en principio, de sus propios méritos.

Me centraré exclusivamente en las tesis del primero, La tiranía del mérito, del reputado y mediático filósofo Michael Sandel, porque el otro, Contra la igualdad de oportunidades, del sociólogo hispano César Rendueles, viene a defender el comunismo clásico por otros medios, y este ya ha sido suficientemente refutado por su propia historia.

Cabe decir que el debate sobre el mérito y la igualdad de oportunidades no es nuevo ni mucho menos. Hace ya más de dos mil quinientos años, Platón, a la pregunta de qué es la justicia, respondía -Sócrates mediante- afirmando que, desde luego, no se puede dar lo mismo a los que no son iguales. Es verdad que Platón era él mismo un aristócrata y que la sociedad ateniense constituye uno de los ejemplos más acendrados de meritocracia que encontramos en la historia, aunque no fuera así todo el tiempo ni en todos los lugares.

El descrédito del mérito es lo que crea el clima propicio para defenestrar a todo aquel que sobresalga

La propia Atenas había experimentado un decisivo escoramiento hacia un igualitarismo de facto (que podría designarse como populismo en el sentido más estricto del término) en el que cualquiera que descollara mínimamente sobre el nivel medio decretado por la Asamblea podía ser expulsado por el drástico recurso del ostracismo. Gran parte del pensamiento de Platón y Aristóteles puede leerse como la reacción filosófica a las consecuencias letales que se derivaron de aquel estado de cosas.

Sandel, sin embargo, sostiene que el proceso es el inverso: son, según él, los sistemas meritocráticos los que, en virtud del caudal de resentimiento que generan entre los más desfavorecidos, se convierten en la condición de posibilidad de los avances del populismo. Ahora bien, ¿nos habla Sandel en realidad de sistemas meritocráticos? Más bien lo que nos presenta es una radiografía prodigiosa de su adulteración en nuestro tiempo y, a partir de ella, pasa a negar la mayor. De hecho si se lee con cierta distancia crítica La tiranía del éxito funciona más bien como una magnífica defensa de lo que pretende refutar.

Su diagnóstico, en cualquier caso, peca de cierta superficialidad. No es el mérito el que genera, por sí mismo, resentimiento, sino su descrédito, acompañado de un falso concepto de igualdad, el que crea el clima propicio para defenestrar a todo aquello que sobresalga mínimamente de la mediocridad general. De hecho, cuando Sandel habla del desprecio que en nuestras sociedades se les dispensa a los que no han triunfado, debería poner en el debe más a las raíces protestantes de su ecosistema bostoniano que a las consecuencias de una meritocracia bien entendida.

Tal vez, el problema principal radica en que Sandel (y, por supuesto, Rendueles) parten de una premisa falsa: la de que vivimos en sociedades meritocráticas. Es más, acusan a la izquierda efectivamente real, que diría el añorado profesor Gustavo Bueno, de haber contribuido a la entronización de este ideal. Y puede que ello fuera así en otro tiempo: frente a las apelaciones al origen o a la tierra propias de las derechas tradicionales y, oh sorpresa, de nuestras izquierdas posmodernas, la izquierda clásica oponía decididamente el valor del mérito. Un ejemplo en este sentido lo proporcionan las maravillosas memorias de Tony Judd, un imprescindible del progresismo, que canta sin complejos las virtudes de un sistema verdaderamente meritocrático que tanto contribuyó a la emancipación de los de abajo.

Los pobres quedan inermes en centros donde se les adormece cada vez con más ideología y menos conocimientos

La triste realidad es que vivimos en sociedades en las que se confunde, como hace también Sandel, mérito, con éxito y este con dinero. Solo hay que echar una somera mirada a nuestros sistemas educativos, a nuestra clase política, al mundo de la cultura (¡ese último premio Espasa de poesía¡), a los medios de comunicación, para tener que admitir la cruda evidencia de que, de la misma forma que en la Atenas clásica, nuestras sociedades se han despeñado en unas formas asfixiantes de mesocracias en las que cualquier atisbo de excelencia es objeto, no de admiración, sino de sospecha y recelo.

Por supuesto, todo esto requiere una cantidad de matices que exceden con mucho de los límites de un artículo. Para que la meritocracia funcione como un concepto justo es preciso que el punto de partida no sea injusto. Y, ciertamente, en nuestras sociedades no lo es. No todo el mundo parte de la misma situación ni de un contexto que estimule sus capacidades. Precisamente, para ello se dotaron los Estados de instrumentos de corrección social, bien que imperfectos. Cuanto más ajustados y eficaces sean esos instrumentos, mayor objetividad revestirá el valor del mérito y con más efectividad revertiría en beneficio de la sociedad.

Pero no es la meritocracia la que crea desigualdad, sino esos lechos de Procusto que imponen nuestras mesocracias dominantes. Es el imperio de la mediocridad por decreto el que hace posible que los ricos puedan adulterar el sistema para que sus hijos estudien en las mejores universidades (como expone muy bien Sandel en su libro), mientras que los pobres, por más talentos que alberguen, quedan inermes en centros en donde se les adormece cada vez con más ideología y menos conocimientos.

Todo ello nos lleva a una paradoja bastante interesante: Sandel formula su crítica a la meritocracia desde las bases del comunitarismo, una línea de pensamiento que defiende la primacía del grupo sobre el individuo (disyuntiva, por cierto, que es ya falsa de principio). No voy a entrar en las verdades e inconsistencias que encierra esta teoría, pero cabe preguntarse: ¿resulta favorecida una comunidad cuando se cercena la posibilidad de que los más dotados desarrollen sus capacidades, aunque, lógicamente, deban promoverse mecanismos para que estas reviertan en el bien de la sociedad? La historia nos demuestra insistentemente lo contrario. Por parafrasear a Orson Wells en El Tercer Hombre: Suiza lleva trescientos años de ideales igualitarios y solo ha aportado al mundo el reloj de cuco; el Renacimiento italiano, por el contrario, paraíso indiscutible de la meritocracia aportó en unos pocos años… lo que todos sabríamos si no fuera porque padecemos sistemas de enseñanza ominosamente mesocráticos.

*** Manuel Ruiz Zamora es filósofo.

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