Inés Arrimadas durante su visita la horchatería Tío Ché.

Inés Arrimadas durante su visita la horchatería Tío Ché.

LA TRIBUNA

La horchatería de la discordia

El autor se hace eco de la polémica suscitada a raíz de la visita de Inés Arrimadas a una horchatería barcelonesa, que se ha saldado con un boicot al establecimiento.   

En Poblenou, un barrio de Barcelona, hay una horchatería, El Tío Ché, por donde ya han desfilado los candidatos a la alcaldía de la Ciudad Condal, ocasión que aprovecha su propietaria para exponer las preocupaciones y demandas de los comerciantes de la Rambla a los que, de alguna manera, representa.

La paz se quebró con la aparición en la horchatería de Inés Arrimadas, acompañada por Celestino Corbacho (que fue ministro de Trabajo en el gobierno de Felipe González), a tomar una leche merengada, bebida típicamente española, a base de leche y clara de huevo, que suele endulzarse con azúcar y aromatizarse con canela.

Y tomando como rehén y víctima, a su propietaria, Teresa Moreno, que no se libró de salir escaldada por un simple saludo, se armó la marimorena en las redes sociales: “Ni un duro más, Tere, hipócrita”; “Con Valls hizo igual, reír las gracias a los fascistas”; “Siento dolor y fastidio”; “La maleducada de la andaluza lo único que quiere es vernos abatidos y sumisos”; “No es cuestión de boicot, es cuestión de elegir y “El tio Ché ya ha elegido”; “No iremos más, buscaremos otra heladería”.

A la candidata más votada en las últimas elecciones catalanas le han acusado de buscar la provocación, por ir a tomar un refresco, ni siquiera de horchata: “otro tropiezo más con los colonos españoles…a tomar por el c…”.

Los que buscan la secesión creen que democracia es respetar solo a los suyos, que solo hablen los suyos

Se ha enredado todo, porque el reproche en las redes sociales tendría que ver más con la incoherencia que supone lanzar determinados mensajes (“pequeños comercios emblemáticos, como este, son el alma de nuestras ciudades”), que entran en contradicción con la política económica desregularizadora de su partido, a favor de las multinacionales y lo que ha dado el populismo en llamar la “uberización”. Con la secuela de la muerte del pequeño comercio. En cualquier caso, injusto.

Los más incómodos con el boicot al establecimiento, por el simple hecho de hablar con la candidata al Congreso por Barcelona, han reaccionado con arrojo: “Quienes marcan los negocios de los que no piensan como ellos son los verdaderos fascistas”. Relacionándolo, al tiempo, con el enemigo ficticio y la non nata república: “Cuando los sectarios fanáticos del nacionalismo se enfrentan a la frustración y depresión del fracaso del procés, lo único que les queda es boicotear a una horchatería...”. 

Cuando las cosas suceden así, la democracia está en retirada ya que el pensamiento reaccionario y el odio al diferente están ganando la partida y la libertad entra en decadencia moral.

Resulta enteramente inicuo, a causa de la visita de unos políticos a este histórico despacho de helados, horchatas y leches merengadas. El mensaje que queda es que la parte de la estirpe que se cree hegemónica no puede tolerar al disidente.

Habiendo sido el partido con más apoyo popular, el grito: “A Ciudadanos, ni horchata” configura una perspectiva dispar. Nunca antes a los catalanes se les recuerda intolerantes ni fanáticos. Ahora hay un ingrediente nuevo y es que los que buscan la secesión creen que democracia es respetar solo a los suyos, que solo hablen los suyos, solo escuchar a los suyos, linchar al oponente, creer que solo ellos tiene la razón...

Las técnicas de intimidación son parecidas a las que hicieron fortuna en el País Vasco y provocaron un éxodo considerable

Estos retrocesos en la convivencia contribuyen a sembrar encono entre la gente joven. Y cabría preguntarse ¿se trata de hacer una lista de establecimientos y comercios partidarios de la secesión y otra lista con los que no son, de manera que cada uno pueda ir a los "suyos"?

Con lo que ha ocurrido en la horchatería, lo que queda patente es el problema de convivencia que existe y se niega. Las técnicas de intimidación son parecidas a las que hicieron fortuna en el País Vasco y provocaron un éxodo considerable. El designio que buscaban sus precursores.

Solo a mentes con poco discernimiento se les ocurre hacer boicot a una horchatería, porque hasta los que no han votado ni la piensan votar nunca, le reconocen un gusto exquisito a la candidata, por haberse tomado una leche merengada en ese establecimiento.

A la firma le han acusado de posicionarse y a la aspirante de causar la confrontación. Y como conclusión, dicen con voz enfática: “Es normal que ahora mucha gente no vaya a ese establecimiento”. A lo que responden otros: “Una cosa es que no vayan y otra que te insulten y amenacen”.

En el barrio de Ferlosio a nadie se le hubiera ocurrido hacer un boicot a una horchatería por cuestiones políticas

En eso estamos, con un grito de guerra: “Tómate una horchata y disfruta la vida, hombre”. Justo lo que codician quienes defienden que la bebida de la chufa siga siendo religión. No vale cualquier sucedáneo envasado, tiene que ser el mejor oro líquido, el mismo que dejó pasmado a Jaime I, cuando tuvo sed en plena Reconquista.

Y son los que animan a los horchateros de Poblenou a que no consientan que evangelistas del fanatismo consigan echar el cierre a esa expendeduría de provincias y termine acantonándose en Madrid que, en tiempos, fue una sucursal de la leche de chufa fuera de tierras valencianas.

En cualquier caso, como todavía existe el derecho de admisión, si los dueños de la horchatería han aceptado que esta señora entre en su negocio, no hay nada que discutir, aunque algunos insistan en que lo ha hecho para porfiar, a sabiendas de que crear una falsa polémica es más antiguo que andar a pie.

“¡Mi reino por una horchata!”, habría dicho Ferlosio, vecino del barrio de la Prospe, donde a nadie se le hubiera ocurrido hacer un boicot a una horchatería por cuestiones políticas, si es que a esta jerigonza se le puede llamar así. 

*** Luis Sánchez-Merlo es abogado y economista, y fue secretario general de Moncloa durante el Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo.

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