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LA TRIBUNA

Enterrar a los muertos

El autor se muestra contrario a desenterrar a los muertos por puro aprovechamiento partidista, y pide que este tipo de asuntos se aborden desde la ética y no desde la política.

En la cultura occidental, tanto en las fuentes bíblicas como en el pensamiento clásico griego, enterrar a los muertos ha sido considerado siempre un rasgo de verdadera humanidad. Como algo exigido por el derecho natural frente al mandato de alguien que prohibiera dar sepultura a un ser humano. La Antígona de Sófocles es un ejemplo vivo de esa creencia en el hombre como res sacra para decirlo con palabras de Séneca, y por eso merecedor de respeto.

En la tradición cristiana, enterrar a los muertos ha sido considerado siempre una obra de misericordia. Los muertos tienen derecho a descansar en paz. Y esto de manera incondicionada. Desenterrar el cuerpo de un hombre, de una mujer, no se justifica si no es para concederle más honor. Desenterrar a los muertos por razones políticas supone en quien lo promueve o lo ejecuta un rasgo claro de bajeza moral. Convertir los cadáveres en carroña política supone degradar la dignidad del cuerpo humano al convertirlo en objeto de aprovechamiento partidista.

Desenterrar un muerto no es un problema de legalidad sino de moralidad. Por eso debe ser resuelto acudiendo a principios morales. Dicen los periódicos que Patrimonio ha dado autorización para realizar exhumaciones en el Valle de los Caídos pero ese dictamen no tiene fuerza moral alguna frente a las exigencias éticas que de forma absoluta reclaman el respeto a los muertos.

Los muertos deberían servir para sellar un compromiso de perdón mutuo, no para fomentar el odio

Enterrar a un ser humano supone en cierta manera sellar un pacto de misericordia y de perdón. Está bien, es de justicia, que se ayude a las familias a dar una sepultura digna a quienes fueron abandonados en una cuneta, por ejemplo. Pero eso debe hacerse con todos, prescindiendo de su color político ¡Cuántas familias tendrán entre sus miembros, en las cunetas o en cualquier otro lugar, cadáveres de uno y otro bando! Por eso, ¡qué sucio resulta el aprovechamiento político de ese sufrimiento! Los muertos deberían servir para sellar un compromiso de perdón mutuo. No para reabrir heridas y fomentar el odio.

Una sociedad no puede renunciar a la misericordia como culminación plena de la justicia humana. Y el practicarla no solo es fuente de paz y de concordia sino que también puede serlo… de votos.

Yo espero que los muertos de nuestra guerra civil, unos y otros, se encuentren ya en la Gloria. Y seguro que habrán comprobado la verdad de las palabras de Moro, canciller de Inglaterra, contenidas en una carta que envió a su hija Meg, cuando esperaba en la Torre de Londres la llegada de su martirio a causa de su integridad moral: que no vale la pena odiar a alguien con el que se permanecerá unido para siempre en la eternidad.

*** Juan Andrés Muñoz Arnau es profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de La Rioja.

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