Desde hace ciento cincuenta años, la cuestión marroquí ha formado parte, en ocasiones de manera determinante, de los problemas internos que se han suscitado en España.

Ya en 1859, durante el reinado de Isabel II, el fervor patriótico estalló en la guerra al grito de "¡Españoles, a Marruecos!", ante el acoso que venían sufriendo las ciudades de Ceuta y Melilla por tribus rifeñas no controladas por el Sultanato. El Tratado de Wad-Ras, en 1860, contribuyó a consolidar la estabilidad de ambas ciudades.

Desde entonces, la cuestión marroquí no ha dejado de influir en la política española, pero será a partir de la Conferencia de Algeciras (1906) y del envío de tropas al Rif cuando estos hechos comiencen a tener graves repercusiones en España. Primero, con el Desastre del Barranco del Lobo (27 de julio de 1909), que supuso una severa derrota de las tropas españolas, con un elevado número de muertos y heridos.

Las noticias elevaron la indignación popular en Barcelona, desde donde embarcaban soldados de leva hacia Marruecos, en lo que se conoce como la Semana Trágica de Barcelona (26 de julio al 2 de agosto de 1909). El balance fue de más de cien muertos, cientos de heridos, miles de detenidos y el fusilamiento del librepensador Francisco Ferrer y Guardia, fundador de la Escuela Moderna, en medio de la indignación internacional.

Ambos hechos, y al grito de "¡Maura no!", obligan al Rey Alfonso XIII a la destitución del presidente del Gobierno, el conservador Antonio Maura.

En 1912, el Tratado de Fez consolida el protectorado sobre el sultanato de Marruecos. A España se le encomienda la administración del Rif (norte de Marruecos) y Cabo Juby (zona semidesértica al Sur del protectorado francés).

El Desastre de Annual (de 22 de julio a 9 de agosto de 1921) se saldó con la muerte de más de 8.000 soldados españoles, enfrentados a las cabilas de Abd el Krim. Aquella derrota supuso un importante retroceso en la ocupación del territorio, la dimisión del entonces presidente en pleno conflicto, generando una importante inestabilidad política con cuatro presidentes del Gobierno en apenas dos años.

La apertura de una investigación sobre lo ocurrido (expediente Picasso) y el cuestionamiento del papel del Rey Alfonso XIII en el desastre hizo insostenible la situación. Estos graves hechos propiciaron el aval del monarca al golpe de Estado del general Primo de Rivera (septiembre de 1923).

Sería este general quien propició el llamado desembarco de Alhucemas, con una operación militar que dio por concluida la República del Rif, y la pacificación definitiva del territorio (1927) tras más de quince años de conflicto.

A lo largo de todos esos años el ejército fue formando en el protectorado español un número importante de militares (africanistas) que forjaron su carrera profesional, su mentalidad, ideología y ascensos en el largo conflicto en Marruecos. Ellos fueron creando los cuerpos de élite del llamado Ejército de África (Regulares -indígenas marroquíes- y Legión Española).

Francisco Franco, Emilio Mola, José Sanjurjo, José Millán Astray y Juan Yagüe, determinantes en el golpe de Estado del 18 de julio, la posterior Guerra Civil y la dictadura, se formaron y crecieron en el ejército colonial. Fueron ellos quienes utilizaron al Ejército de África en un papel decisivo para el triunfo de los sublevados.

Sin embargo, la cuestión marroquí no terminó con la Guerra Civil, sino que perdura a lo largo de los años. En 1940, Franco toma Tánger. En 1956 España concede la independencia al norte de Marruecos. Sin embargo, en noviembre 1957 estalla la llamada Guerra de Ifni —también conocida como "Guerra Olvidada"— territorio español en el sur de Marruecos, asediado por el llamado "Ejército de Liberación Marroquí".

Tras varios meses de conflicto y trescientos soldados muertos se entrega a Marruecos las posesiones de Cabo Juby. El silencio se impuso de tal forma en la prensa española que casi nadie supo de él. No obstante, el mermado territorio de Ifni es elevado a la categoría de provincia por la dictadura con el fin de evitar una futura descolonización, que sin embargo se produce en 1969.

En 1975, Sahara Occidental Español se entregó a Marruecos tras la llamada Marcha Verde (del 6 al 9 de noviembre de 1975), orquestada por el Rey Hassan II, que propició una invasión civil de más de 350.000 marroquíes desarmados sobre la colonia española, que el propio rey paró al decretar un repliegue táctico tras haber avanzado 10 kilómetros (acuerdos de Madrid, 14 de noviembre de 1975), aunque Naciones Unidas sigue considerando este territorio como pendiente de descolonización.

Desde entonces, y a lo largo de casi tres décadas la cooperación y el entendimiento han presidido las relaciones con el reino alauita, tan necesaria en lo económico, el control de la migración, la lucha contra el narcotráfico y frente al yihadismo. Solo el leve conflicto del islote despoblado de Perejil enturbió brevemente esa relación.

Sin embargo, el hecho de que España acogiera en un hospital de Logroño al líder saharaui Brahim Gali, para ser tratado de Covid-19, reactivó el conflicto. Marruecos relajó los controles fronterizos en Ceuta en mayo de 2021, lo que permitió la entrada de 10.000 migrantes en la ciudad española, retiró a su embajadora en Madrid y exigió mayor claridad política respecto del Sáhara Occidental.

Todas estas circunstancias llevaron al Gobierno español, y en particular a su presidente, Pedro Sánchez, a dar en marzo de 2022 un giro inesperado respecto de la denominada neutralidad activa sobre el Sáhara, al comunicar al rey Mohamed VI el reconocimiento del plan de autonomía marroquí como "la base más seria, realista y creíble para resolver el conflicto".

La reacción de Argelia no se hizo esperar, con un deterioro de las relaciones comerciales, energéticas y de exportación con dicho país, solo restablecidas recientemente tras una visita de Pedro Sánchez a Argel. Este acercamiento volvió a generar malestar en el reino de Marruecos, que relajó el control de la frontera con Ceuta —tal y como había hecho cuatro años antes— y permitió el paso de un elevado número de inmigrantes a la ciudad española.

Aunque muchos regresaron en apenas dos días, permanecieron allí en torno a ocho mil (¿?) personas, lo que dejó a las autoridades locales y nacionales ante una situación social compleja y un escenario político de alcance nacional difícil de predecir.

Todo indica que durante los días 29 y 30 de julio se produjeron deficiencias en la protección de las fronteras de Ceuta y en la gestión posterior de la crisis. En todo caso, parece obvio que la devolución forzosa de estos inmigrantes solo será posible con la aquiescencia del reino de Marruecos.

Mientras tanto, y tal como señala Eurípides en Las Troyanas (…): de aquí recibirás entre los hombres venideros el nombre de caballo de madera, encubridor de lanzas escondidas.