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El Papa prudente, el ministro bocazas

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Óscar Puente no ha esperado ni siquiera a que el Papa se vaya de España para recurrir al navajeo político. Y eso que sólo 72 horas antes, León XIV había pedido en el Congreso el cese de los discursos polarizantes en favor de la convivencia.

Es inaudito que un ministro de España enfrente a dos ciudades de su propio país, y eso es lo que ha hecho Puente al denostar a Madrid, caricaturizándola como una postal casposa del "relaxing cup en la Plaza Mayor", en oposición a una Barcelona elevada a paradigma de "creatividad, buen gusto y precisión".

Resulta particularmente llamativo que la visita de un pontífice —con el simbolismo institucional y moral que comporta— haya sido prostituida en un intento deliberado de contraponer identidades.

Puente ha querido convertir la visita del Papa en una competición entre Madrid y Barcelona, y cavar una nueva trinchera. Pero con un guión trucado escrito de antemano desde Moncloa.

Por eso, mientras el presidente y catorce ministros abarrotaban los bancos de la basílica de la Sagrada Familia, a la misa masiva en Cibeles envió únicamente, como de tapadillo, a la ignota Milagros Tolón.

Puestos a hacer chistes y presumir de la infalibilidad catalana frente al supuesto atraso madrileño, al ministro bocazas se le olvidó incluir algunos datos de la realidad.

No mencionó que, nada más aterrizar León XIV en El Prat, el servicio de cercanías de Barcelona volvió a colapsar.

O que, pese al despliegue de seguridad, un hombre fue asesinado a plena luz del día en el centro de la ciudad de un tiro en la cabeza.

Qué risa, ¿verdad, ministro?

Tal vez las piruetas y cabriolas groseras de Puente tengan que ver con distraer la atención del público de aquello que está sucediendo en la pista central: P. S. bajo un tsunami de corrupción tratando de agarrarse a las faldas del Papa, como el delincuente que se acoge a sagrado para escapar de la Justicia.