Bad Bunny en uno de sus conciertos en Madrid.

Bad Bunny en uno de sus conciertos en Madrid.

Columnas DESÓRDENES

A ti no te gusta la casita de Bad Bunny porque no te invitan

Los de abajo del escenario son igual que los de arriba, sólo que más hipócritas y frustrados: en ricos y en pobres ahora todo es ego y marca personal, ruido, likes, asco, caras tan perfectamente construidas que resultan monstruosas y vivir hacia afuera.

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La gente tiene más años que un gnomo y aún desarrolla relaciones parasociales con famosos: yo me quedo cuajada. Es patético, es tierno, es delirante. Todo a la vez.

Gente de todo el mundo está convencida de que Bad Bunny es su amigo de la infancia. Es más: mujeres a lo largo y ancho del planeta tienen el secreto convencimiento de que si Bad Bunny las tratara se le caería la gorra del tirón y les encomendaría su primogénito. Bad Bunny y las chicas del mundo bailan lejos, no se ven nunca, pero siempre es como si estuviesen tonteando. Bailan para él sin él.

La peña le llama "Benito", como cuando llamaban "Gabo" a García Márquez con una familiaridad tarada que me espeluznaba. Son compadres raros. Se conocen, digamos, asimétricamente.

Esta idea de la embustera cercanía prospera porque Bad Bunny es guapo, pero no tan guapo, y porque no nació rico, o sea, un poco lo que todo el mundo piensa de sí mismo sin decirlo en voz alta: que uno en general no viene de cuna meneá ni tiene la carita dibujá ("cara de medalla", que dice mi amigo Curro), pero que uno desde luego tiene criterio, que uno tiene atractivo, que uno huele bien y que tiene algo que acabará elevándole mágicamente algún día por encima de la mediocridad.

Uno tiene una gracia camaleónica, una gracia como la de Bad Bunny, una gracia que ya existía cuando era cajero en un súper en Puerto Rico, aunque pasaba desapercibida entonces y nadie apostaba por él, cosa que resulta aún más esperanzadora para la masa.

Uno es así, uno tiene un don a puntito de caramelo, pero el mundo está enfermo y desoye. Uno siempre está esperando a ser descubierto.

Bad Bunny, durante su primera concierto en el Riyadh Air Metropolitano, en Madrid.

Bad Bunny, durante su primera concierto en el Riyadh Air Metropolitano, en Madrid. Europa Press Europa Press

Entiendo que la inteligencia artística (o la empresarial, qué sé yo ya) es, sobre todo, esta: una comunicación desubicadamente intensa, una identificación imposible.

Han conseguido que un público multitudinario y precario, que ahorra durante meses para pagar una entrada de 200 € en un gallinero (un público sin casa propia pero con novios que se injertan pelo y novias abonadas a Sephora) se sienta identificado con un multimillonario que sale con modelos tan aterradoramente bellas como Kendall Jenner, una mujer como una espiga con la que ir conjuntado de Gucci Valigeria por los aeropuertos del mundo.

Bad Bunny no tiene absolutamente nada que ver con nosotros, pero ha conseguido hacerte sentir que sí: es un grandioso desconocido que te habla de tú y te cuenta su vida, entreverada ficticiamente con la tuya. Un fenómeno interesantísimo.

A mí me cae bien Bad Bunny, me sé tres canciones suyas, no me interesa su show y sin embargo me parece un generador de alegría: la alegría se baila, pero también se practica usando los privilegios sin culpa. El problema es que hacerlo todo a la vez parece irreconciliable. Su sello cultural es lo popular y él es irremisiblemente élite.

Está condenado a la suite, a no hacer una cola nunca más en su vida, al miedo a la turba. No se acostará con una mujer fea, ni vieja, ni gorda, ni pobre.

No se quitará las botas como todo hijo de vecino en un control de seguridad.

Bad Bunny en uno de sus conciertos en Madrid.

Bad Bunny en uno de sus conciertos en Madrid.

Está claro que la casita de sus conciertos, que ha generado tanta conversación, es una cochiquera de cerebros fritos por TikTok, tensores faciales y purpurina; gente analfabeta e histriónica pegándose codazos por figurar, chavalas erotizándose hasta el sonrojo: un escaparate loco de la podredumbre de nuestra época, nuestro particular zeitgeist.

Gente facilona. Gente rica y tan barata.

Pero eso somos ahora socialmente, dentro y fuera del escaparate de Bad Bunny: ego y marca personal, ruido, likes, asco, caras tan perfectamente construidas que resultan monstruosas, juventudes alargadas hasta la parálisis o la muerte, zozobra, vivir hacia afuera y sonreír en estado de shock mientras ondea sobre nuestras cabezas el terror a un fracaso que ya nos está instaurado, que ya nos es evidente.

Todo se ha vuelto una inmensa paletada.

La gente de abajo (de abajo del escenario, en este caso) es idéntica a la de arriba, son idénticos filosóficamente, sólo que wannabe: un poco más frustrados e hipócritas. No les gusta el VIP simplemente porque no están invitados, pero es obvio que todo el mundo pretende hoy ser lo más famoso posible aunque sea un don nadie, un patán de ego mal domesticado y doce seguidores que se graba comiendo hamburguesas repugnantes en sitios sin ángel.

Hablar, hablar y hablar. Nadie escucha, nadie.

Es todo así, la rueda y el pánico. Las chicas de la pista se dejan la pasta que no tienen en labios como vaginas hinchadas y posan en hoteles con cócteles y viven en bajos con humedades, pero siempre pillan el último iPhone porque habrá que seguir fotografiando y promocionando una vida sin paz. Las veo, nos veo. Estamos histéricos, estamos acelerados, estamos rotos.

Nuestra cueva de Platón es la puñetera casita de Bad Bunny: pero fuera no hay nada. Sólo abismo.