"No me harán odiar a Bad Bunny, todo el mundo tiene contradicciones".
Esto ha dicho Inés Hernand, famosa comunicadora que nos han presentado como referente del feminismo.
En su derecho están de disfrutar de la tentativa de música de Bad Bunny e incluso de defender el espacio elitista, clasista y machista que representa La Casita en sus conciertos.
Pero convendría no hacerlo en nombre del feminismo.
Bad Bunny escogiendo a las mujeres más bellas que acuden a sus conciertos para ser expuestas en su escaparate de ricos y famosos, para ser sexualizadas bailando al son de letras que denigran a las mujeres no es muy diferente de la escena de Jesús Gil en un jacuzzi rodeado de mujeres diciendo barbaridades.
Bad Bunny, el Jesús Gil posmoderno
Es machismo. El del varón que ejercita su poder conformando y mostrando al mundo su harén de mujeres.
El que padecen las mujeres que antaño lo hacían obligadas y hoy convencidas por el mal llamado feminismo prosex que nos vende que la cosificación, la hipersexualización e incluso la venta del propio cuerpo es libertad sexual y empoderamiento.
Disfruten, si gustan, de la elevada prosa de Bad Bunny que habla de escupir a las mujeres "su leche".
Deléitense con el verso reggaetonero que entiende como sublime arte de la seducción balbucear que nos pongamos a cuatro patas.
Háganlo, pero dejen de hacer contorsionismo desde el progresismo para llamar mera contradicción al rampante y soez machismo. No participen de la decadencia moral y social que erige como referente cultural, incluso político, a quien sólo acoge y retuerce los principios que fueren para seguir siendo millonario.
Háganme el favor de no llamarle feminismo a decirles a las niñas que el éxito está en ser bellas para ser escogidas por un mentecato para sus espectáculos sexistas y elitistas.