Nicole Kidman y su madre.

Nicole Kidman y su madre. Redes sociales.

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Día de la madre: cómo sobrevivir a esta fecha cuando ya no está

Hay quienes hoy no mirarán ninguna de tus stories porque ya han recogido su ropa del armario y no quieren celebrar.

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Los correos se inundan de ofertas para comprar ramos de rosas ramificadas naranja, joyas "que unen generaciones", un Funko con tu "supermamá", un smartphone adaptado, una cámara de vigilancia ("para aliviar su carga invisible"), un vino de cítrico y fruta tropical, un jabón de rosas con base en glicerina, una crema hidratante reafirmante o el perfume de notas de bergamota y petitgrain.

Cómo me gustaría explicar a cada una de estas marcas lo despiadado que es recoger de su cuarto de baño todos estos regalos que le fuimos dando a lo largo de los años. Sentarse en el suelo a separar qué se puede reutilizar y qué no, qué abrió o qué dejó para más adelante.

Esa cremita que te pidió pero que, como era tan cara, nunca se puso para no gastarla.

Nadie te prepara para el día en el que alguien te da la noticia. Unas te avisan poquito a poco y van cargando con el peso de las horas; algunas son más sutiles y enferman puntualmente; otras se marchan de repente y sin cerrar la puerta.

Y no sabes cuál de todas las opciones hubiera sido la más adecuada para sufrir menos.

No existen evidencias científicas, pero tampoco dudas, de que no son percepciones cuantificables.

Aitana Sánchez-Gijón y su madre, recién fallecida.

Aitana Sánchez-Gijón y su madre, recién fallecida. Redes sociales.

Cuenta Siri Husvedt en Madres, padres y demás que, tras la muerte de su abuela, su madre le confesó que "es extraño perder a una persona que sólo quiere lo mejor para ti". Y es la descripción más sagrada del vacío que se siente al perder el vínculo físico y emocional de una madre cuando la relación ha sido íntima y profunda.

Porque desarrolla un instinto de protección que hace que a tus veinte, cuarenta o sesenta y tantos sientas una capa invisible de seguridad a prueba de errores. Es ese colchón sobre el que caes desde un tercer piso; esa abogada infalible que te defenderá en todos tus juicios, aunque las pruebas apunten en tu contra. Ese abrigo en la parada del autobús a las 6:00 de la mañana de un viernes de enero.

Pero no me malinterpreten: una madre no es funcional.

Es instinto y empatía que acompaña a lo largo de la vida. Es aquella que es fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, que ama y respeta todos los días de su vida hasta que la muerte te separa de ella.

No sé quién fue el estúpido de la antigüedad que trasladó este voto a la figura matrimonial.

Mi madre estaba empeñada en que hablara bien y no dijera palabras feas. Disfrutaba lo mismo en una azotea de la Gran Vía o con un bocata de tortilla en un bar de Tobarra. Aprendió a darnos la razón a todos para evitar el conflicto y sólo nos dimos cuenta tarde, cuando ya no podíamos preguntarle quién acertaba y el debate alimenta ahora sobremesas.

Enseñó que la generosidad no espera que llegue de vuelta, sino que es un fin para que los de alrededor sean felices. Prometió a mi padre viajar por todo el mundo cuando dejaran de trabajar. Vaya faena le hiciste. Nos hiciste.

Existe una galería caleidoscópica de impulsos que denotan el vínculo eterno. Confesaba una compañera que, tras sufrir una aparatosa caída por las escaleras y abrirse una brecha en la cabeza, tuvo el instinto de llamar a su madre a gritos. Había fallecido tres años antes.

Y hay quienes hablan con ellas en voz alta para contarles las inquietudes del día, escuchan los audios de WhatsApp para recordar su voz, sienten el reflejo de marcar su número antes de acostarse por las noches, besan su foto en un marco o no han vuelto a ser capaces de tragar las uvas en Nochevieja sin que se les atragante el recuerdo.

Y este Día de la Madre probablemente no mirarán ninguna de tus stories porque ya han recogido su ropa del armario y no tienen nada que celebrar.

En una sociedad dolorofóbica pocos se atreverán a contar lo discapacitante que es un duelo, para el cual la ley prevé dos días de ausencia en el trabajo o cuatro si se tiene que viajar a otra comunidad autónoma. Al tercer día, una vuelve a su oficina de trabajo, enciende el ordenador y aquí no ha pasado nada.

Ojalá nos enseñaran a mirar esa ausencia sin tanto miedo y con algo de ligereza, como hacen Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga en La muerte contada por un sapiens a un neandertal. Durante una conversación en coche recuerdan teorías como el animismo, que sostiene que la naturaleza es sabia y que la muerte tiene sentido porque así "hacemos sitio para los que vengan detrás".

Soy animista de cabeza y egoísta de estómago porque me resisto a hacer hueco a nadie más. No cabe. Mejor congelar ese mundo en el que mi madre me rasca las piernas, coge todas mis llamadas, me prepara la comida que más me gusta cuando la visito o ríe con cualquier anécdota de oficina.

Es el privilegio de sentirse eternamente pequeña y de poder regresar a ese lugar donde todo pesa un poquito menos y todo tiene arreglo, donde puedes permitirte no saber, no poder o no acertar. Es una forma de enterrar el cerebro en sus brazos y olvidar instantáneamente que eres adulta.

Y no se trata únicamente de un amor incondicional. Existe un vínculo que se transmite de generación a generación y que termina por moldear la forma en la que estamos en el mundo. La psicóloga y psicoterapeuta Anne Ancelin Schützenberger, a través de una experiencia de más de cuatro décadas, revela la existencia de conexiones complejas, hilos invisibles que arrastramos a través de nuestros genes y que recibimos desde el útero materno.

Por eso no se puede esperar que su pérdida se afronte con templanza o con elegancia emocional. No se trata de una despedida, sino de una sacudida que derrumba las teorías desde las que uno entiende el mundo.

"Recuerda esta sensación, este mismísimo apremio, de cuando era mucho más pequeño: la necesidad imperiosa de estar con su madre, al alcance de su mirada, a su lado, lo suficiente para estirar el brazo y tocarla, porque ninguna otra cosa le serviría", novela Magie O’Farrell sobre Hamnet.

Esta urgencia es la que define en estos días la ruidosa nostalgia de quienes no podemos celebrar. De quienes nos atragantamos con las ofertas de ramos de jazmín y perfumes de almizcle o pasamos de puntillas por los escaparates.

Hoy es el día de la Madre. El día de todas, también el de las invisibles, que nunca ausentes.