Una escena de 'Lost Land'.

Una escena de 'Lost Land'.

Columnas BLOC DE NOTES

En algún lugar entre Bangladés y Malasia

¿Quién se acuerda de los cientos de miles de mujeres, niños y hombres expulsados de Birmania, empujados hacia Bangladés, cuyas siluetas borrosas y rostros demacrados vimos en las pantallas durante el otoño de 2017?

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¿Qué sabemos de los rohinyá?

¿Quién pronuncia siquiera aún su nombre?

¿Y quién se acuerda de los cientos de miles de mujeres, niños y hombres expulsados de Birmania, empujados hacia Bangladés, cuyas siluetas borrosas y rostros demacrados vimos en las pantallas durante el otoño de 2017?

Sólo tenían la culpa de ser musulmanes en un país de mayoría budista.

Estaban indefensos y, salvo Bangladés, que los acogió, ningún país acudió en su ayuda.

Ninguna resolución vinculante del Consejo de Seguridad, ningún comité de derechos humanos de la ONU, ninguna Francesca Albanese quiso impedir esta limpieza étnica que, desde hacía treinta años, se llevaba a cabo en silencio, ante sus ojos, con paciencia metódica y administrativa, y que entonces alcanzaba su punto culminante.

***

Triaje entre los vivos.

De la desventaja de haber nacido en un punto del globo que los nuevos y los viejos imperios consideran insignificante para el orden de su mundo.

Apenas hubo alguien que alzara la voz: el actor francés Omar Sy, que lanzó un llamamiento a las donaciones.

Y luego el autor de estas líneas, que, para un reportaje en Paris Match y un documental de cine, se desplazó hasta los campos de Cox’s Bazar donde los tenían hacinados, en el polvo y el barro, bajo lonas demasiado finas para el monzón, entregados a las bandas, al chantaje y a la violencia contra las mujeres.

Y así quedó sepultada una de las grandes injusticias de nuestro tiempo.

***

Pero he aquí que sale una película, Las flores del manglar (Lost Land en su título en inglés), dirigida por el japonés Akio Fujimoto, que, indignado por esta infamia, empieza exactamente donde yo me detenía.

En las primeras imágenes vemos, en una de aquellas chozas del gigantesco campo de Cox’s Bazar que yo mismo había filmado durante largo rato, a dos niños, Shafi y Somira, que apresuradamente reúnen unas pocas pertenencias, las meten en bolsas de plástico y, con su madre, corren hacia una camioneta.

Un traficante los espera en la playa, los empuja, los apremia:

"¡Una bolsa, grita en la noche! ¡Una bolsa, nada más!", antes de hacerlos subir, junto con otros, sin miramientos, a un barco-luna listo para levar anclas que se arranca de la orilla.

Y parten hacia una travesía que, en principio, debe llevarlos hasta Malasia.

El periplo es largo.

Se tiene sed, hambre y frío.

Los ancianos mueren de agotamiento, sin cuidados, sin sepultura. Sólo un lavado apresurado, un sudario y el cuerpo arrojado por la borda, abandonado al mar.

Cuando aparecen los guardacostas y detectan la embarcación, hay que abandonarla a toda prisa, lanzarse a las aguas negras y frías y nadar, si se puede, hasta la costa.

Allí se gana una maleza donde comienza otra travesía, no menos peligrosa, no menos sembrada de escollos y trampas, y donde, al cruzarse con hombres en motocicleta, no se sabe si son almas puras o bandidos.

Las familias se separan.

Los niños están aterrorizados y siguen jugando, para darse valor, a "un, dos, tres, sol".

Y cuando, al final, creen tocar tierra prometida, el eldorado tiene el aspecto de un alojamiento precario; y del manglar con el que soñaban sólo encuentran el color en una toalla.

***

La película, lo preciso, es una ficción.

Uno cree, por supuesto, estar viendo un documental.

Cuenta una historia lenta como la vida, caótica como la vida, y que, de pronto, se acelera.

Como en la vida, no se entiende todo, no siempre se sabe dónde se está y no se sabe si, al término del viaje, se llega realmente a Malasia o si se está en Tailandia.

La película está interpretada, y es importante precisarlo también, sólo por rohinyá que hablan realmente el rohingya y actúan sin guion, porque la lengua rohingya es una lengua hermosa, pero sin escritura fijada.

Y hay en esos rostros, en esos gestos filmados con cámara al hombro, a la altura de los niños, momentos tan desgarradoramente verdaderos que uno cree asistir a la restitución exacta de uno de esos éxodos inhumanos que convierten el océano Índico, como el Mediterráneo, en un inmenso cementerio.

Pero es, efectivamente, una ficción.

La música (Ernst Reijseger, magnífica) es la de una ficción.

La luz (trágica, a veces tan densa que la pantalla se vuelve casi negra) es la de una ficción.

Toda la película encuentra los acentos de una fábula o de una balada mítica donde Jasón, Ulises, Gilgamesh y el viejo marinero de Coleridge tienen el rostro de esos dos niños perdidos en el espacio y en el tiempo.

La película es conmovedora y bella.

Atroz y poética.

Insoportable de verdad y de una amplitud épica.

Gracias sean dadas a Akio Fujimoto por haber inventado esta fábula.

Honor a él por haber permitido a los pequeños Shafi y Somira haber atravesado, dos veces vencedores, este golfo de Bengala que yo conozco lo bastante para saber cuán temible es.

Y gracias por recordar que, hasta en el corazón de las tinieblas, persiste una pequeña llama que impide desesperar.

La película está en cartelera desde hace unos días.

Hay que verla sin tardar.