Ábalos y Koldo durante su juicio en el Tribunal Supremo.
Escándalo, es un escándalo
Ábalos y Koldo son los primeros de todo lo que vendrá después.
Ábalos y Koldo de risas en un banquillo. Como si estuvieran tomándose un algo en un bar de esos suyos que frecuentaban a las tantas de la noche. Ábalos y Koldo como dos personajes de Ibáñez para mayores de edad.
Antes, al menos, los delincuentes tenían la decencia de huir. Robaban y corrían, como el Dioni, a esconderse en Brasil o en su casa. Tenían ese pudor de saberse desnudos ante la ley. España tenía entonces ladrones, sí, pero ladrones con vergüenza. Tipos que sabían el papel que representaban y no aspiraban a darnos lecciones.
Hoy, estos presuntos mangantes de lo público, que es lo suyo y lo mío, como tienen tantas luces como había en España el día del apagón, se pensaron que estar aforados, acta de diputado, Ministerio de Fomento, torre de marfil de La Moncloa, eran garantías suficientes para reírse de los españoles que los habían votado y de los que no.
Y después del susto de Soto del Real, no han dejado de reírse porque como dos ascetas entre rejas han encontrado una verdad más elevada que ni siquiera ellos entendían mientras metían la mano en la caja para repartirlo entre prostitutas, queridas, amigos, aerolíneas y todo el que les hiciera la rosca y contribuyera a su vida de narcotraficante ministerial.
Si se ríen todavía hoy, sentados ante el Supremo, es porque han entendido que el escándalo en España ya no escandaliza. Único logro de este Gobierno. De tanto escándalo hemos acabado anestesiados, incapaces de prestar atención más de veinticuatro horas a la misma trama como adictos a la dopamina del y tú más.
Se ríen porque han entendido mejor que nadie en lo que ellos mismos han convertido este país.
El exasesor del exministro Ábalos, Koldo García, durante su declaración en el Tribunal Supremo. E. E.
El poder ya no se ejerce con discreción, sino que se administra con descaro. Y cuando el descaro deja de tener consecuencias se convierte en sistema.
Antes, los delincuentes reían por no llorar. Estos se ríen de verdad. Se carcajean porque pueden. Comprenden que en el fondo, nadie les va a pedir cuentas. Que la cárcel es inevitable y se adaptarán como se adaptaron al poder viniendo de la nada.
Lo que de verdad les hace cachondearse en su situación es la conciencia de que el reproche se ha vuelto blando, que la exigencia se ha diluido, que la opinión pública se ha acostumbrado a tragar. Que ellos son los primeros de todo lo que vendrá.
Antes el maleante huía porque temía más al juicio de los demás que al juez. Hoy, Ábalos y Koldo sonríen porque han aprendido que el cabreo al español sentado le dura lo que tarda en saltarle otro vídeo en TikTok.
Si a Pedro Sánchez mañana le salta otro escándalo, más derechos para todos (derechos que por cierto llevan contemplados en la Constitución desde el 78) y más ayudas que no llegan, como las de Valencia o Canarias. Lo importante es que nadie caiga en la cuenta de que él era el responsable cuando su mano derecha se dedicaba a lucrarse presuntamente mientras se morían las abuelas y lo celebraban en Teruel rodeados de "cenicientas de saldo y esquinas"
El sanchismo ha hecho todo su patrimonio político sobre el escándalo, de ahí que Ábalos y Koldo se rían.