Cartel de Un poeta.
Hablemos de una maldición: por qué sólo es poeta aquel al que no le interesa serlo
A mí me gusta Boyero y a Boyero le gusta 'Un poeta', de Simón Mesa, la película sobre un tipo que mataría por ser poeta... y sobre una niña que no tiene más remedio que serlo.
Yo tenía que haber nacido antes para haber sido la novia problemática de Carlos Boyero.
A veces veo ese vídeo suyo de hace apenas un siglo en un programa de RTVE y le encuentro tranquilo y peligroso, con sus gafas oscuras y su nuez en ascensor y sus patillas, hablando de iconoclasia a la vez que chimenea por la boca el humo del cigarro, y entonces sé que le quiero y sobre todo, que le entiendo.
Hubiese dejado que me desconchase el corazón y, desde luego, me habría esforzado en pisoteárselo yo.
Habríamos querido serlo todo menos olvidables.
Nuestro escarpado romance hubiese acabado como el rosario de la Aurora, o sea, incivilizadamente, como acaban todas las cosas que alguna vez importaron algo, y él habría hablado de mí por ahí como de un tumor metastásico y yo le habría puesto las banderillas con algún buen amigo suyo pero adorándole sólo a él en secreto y entonces el mundo estaría bien hecho.
Nada de eso pasó y me limito a leerle asomada a la barandilla de nuestras décadas de distancia.
Dice Boyero que se ha creído bastante Un poeta, de Simón Mesa. Y que además le ha conmovido.
Yo fui a verla por eso, y estaba prácticamente sola en la última sesión de un martes en los Renoir Princesa (la sesión de los lunáticos), y la vida ya parecía igual de extraña que la película, igual de hilarante y trágica.
Yo se la recomiendo a todos ustedes encarecidamente.
Un poeta es sucia y se te queda dentro. Es de una desolación cómica y habla, como diría Fitzgerald, con la autoridad que le otorga el fracaso.
Medellín, tiempo moderno. Óscar Restrepo, nuestro protagonista, es un desgraciado, un tipo sin estrella. Parasitario, triste, feo, roto. No sabe sonreír, sólo hace muecas de estupor al estilo del pez abisal. Vive con su santa madre. Está divorciado. Su hija adolescente se avergüenza de él.
Bebe demasiado y a veces duerme en la calle. No sabe sujetarse a sí mismo, sujetar sus caballos mentales. Es molesto, es irritante. Da un solo trago y enseguida te come la cabeza hablando de Gabriel García Márquez, al que odia, al que considera sistema y capital, de ahí que su cara salga en los podridos billetes de 50.000 pesos. Cada vez que toca uno, siente que degenera.
Él lee a José Asunción Silva. Ha colgado un retrato suyo en su cartucho y se miran cara a cara, como dos pistoleros marginados.
Óscar dice que él también es poeta. En fin: una vez, siendo joven, ganó algún que otro premio importante, pero la cosa se quedó ahí. Luego fue envejeciendo y ya. Se le paralizó el poema (sólo hay un poema en la vida, eso creo, sólo un poema largo y fragmentado). No pasó nada, pasó el tiempo, pasaron los platos fumables de comida. Algo se tuerce siempre en el camino de uno hacia lo que ama.
Entonces Óscar, que ha empezado a dar clases absolutamente angustiado por el hecho de trabajar (él sólo quiere tumbarse, dejarse morir, sentirse devorado ante todo), conoce a una alumna. Una niña sin ningún ángel especial, una niña mohína, una niña en la que no te fijarías en la vida y de la que no sospecharías que guarda un terrible secreto: mientras él mata por ser poeta, ella no tiene más remedio que serlo.
Digamos que la niña es poeta a su pesar, inapetentemente.
Esto es siempre así, uno acostumbra a ser lo que no quiere ser.
Las maldiciones artísticas tienen algo de eso: sólo es artista el que no lo desea. Esa es la pureza.
Esto es tan incómodo y tan gracioso… este desencuentro entre las cosas… Por ejemplo. Óscar es un adulto pero al ser poeta es siempre un niño (el niño y el poeta comparten, claro, el lenguaje de lo simbólico, la cosa caprichosa y arbitraria, el surrealismo); ella es una niña pero quiere ser mayor y pintarse las uñas con brillantinas y tener hijos gordísimos y mal alimentados antes de tiempo y hacinarlos en la chabola de su familia; él querría otra hija (una parecida a esta niña), ella querría algún padre.
Qué sé yo, la niña entiende.
La niña entiende, como Truman Capote, que cuando dios le entrega a uno un don, le da también un látigo, y que ese látigo es para autoflagelarse. Y ella pasa de eso.
Ella exige su pequeña vida de mierda, sin sueños.
Los sueños (la niña lo intuye) conducen siempre a una mierda aún más grande, a una mierda inescapable.
Pero es verdad que a veces uno conoce a alguien y pasan cosas. A veces te dan ganas de escribir. A veces de fumar. Me han pasado las dos, pero sólo les recomiendo lo primero. ¿O lo segundo?