El patriarca latino de Jerusalén y cardenal, Pierbattista Pizzaballa, en la Basílica de Getsemaní (Jerusalén).

El patriarca latino de Jerusalén y cardenal, Pierbattista Pizzaballa, en la Basílica de Getsemaní (Jerusalén). Reuters

Columnas BLOC DE NOTES

La mala fe sobre el Santo Sepulcro de Jerusalén

Mientras se discute bizantinamente sobre una medida de seguridad en Jerusalén se aparta la mirada de la realidad de que los cristianos son uno de los grupos religiosos más amenazados del mundo.

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¿No se ha tocado, aquí, el fondo de la mala fe?

Recapitulemos.

Israel está en guerra con la República Islámica de Irán.

El régimen iraní replica bombardeando, entre otros objetivos, Jerusalén.

Misiles, o sus restos, caen cerca del Muro de las Lamentaciones, de la mezquita de Al Aqsa y de la iglesia del Santo Sepulcro.

El Gobierno israelí hace entonces lo que haría en su lugar cualquier gobierno responsable y, estimando que no hay libertad de culto sin seguridad de los cuerpos, prohíbe provisionalmente el acceso a todos los Lugares Santos sin excepción.

El cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, oficia una misa de oración con motivo del Domingo de Ramos.

El cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca latino de Jerusalén, oficia una misa de oración con motivo del Domingo de Ramos. Reuters

Llega el Domingo de Ramos. Se presenta el patriarca latino. Un policía escrupuloso y, sin duda, demasiado celoso aplica la norma al pie de la letra.

Y enseguida las redes sociales, la prensa, las cancillerías, en resumen, toda la máquina de la indignación se embalan: los mismos que apenas se habían dejado oír cuando un proyectil cayó a unos metros de la iglesia de Cristo aúllan ahora contra el intolerable atropello a la libertad religiosa y reclaman el restablecimiento inmediato del libre acceso a los Lugares Santos.

Israel por más que se explica, se disculpa, disipa el malentendido. Nada sirve. Y es grotesco.

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Casi da reparo añadir la propia voz a este lamentable concierto. Y aún más apuro causa tener que arrancar, para ello, valiosos momentos al remate de un trabajo en curso.

Pero no hay mal que por bien no venga. Y como la incultura ambiente es tan crasa, y tan corta la memoria, hay que, una vez más, recordar algunas verdades.

¿Se sabe que antes de estar en territorio israelí la iglesia del Santo Sepulcro estuvo, como los demás Lugares Santos, bajo soberanía jordana y, antes aún, otomana?

¿Que, sin hablar siquiera del Muro de las Lamentaciones prácticamente prohibido a los peregrinos judíos o de la mezquita de Al Aqsa cerrada a los árabes israelíes, el acceso al Santo Sepulcro dependía de autorizaciones aleatorias, de derechos de paso a alto precio y de humillaciones tasadas?

Judíos rezando frente al Muro de las Lamentaciones.

Judíos rezando frente al Muro de las Lamentaciones.

¿Se sabe que cuando, en 1967, el general Moshé Dayán izó la bandera sobre Jerusalén, la iglesia, sus portadas, su campanario, algunas de sus capillas, su rotonda, estaban en un estado terriblemente degradado?

¿Hace falta recordar que es desde ese momento, y sólo desde ese momento, cuando esos lugares están realmente protegidos? ¿Su acceso abierto a todos?

¿Las renovaciones llevadas a cabo según las reglas del complicado statu quo entre las tres Iglesias griega, armenia y católica?

Y todo ello bajo la égida de un Estado hebreo que, sin arrogarse la propiedad de los lugares, asegura su custodia y, a veces, arbitra? Gracias, Israel.

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Pero lo más penoso es que este charivari estalle justo cuando la ONG Open Doors publica su informe anual sobre la situación de los cristianos en el mundo. Pues los hechos y las cifras, en este caso, no admiten réplica.

Uno de cada siete cristianos vive su fe con miedo.

Comunidades enteras en África y en Asia están amenazadas, hostigadas, diezmadas.

En Nigeria (donde hace unos años realicé, dando la voz de alarma, un largo reportaje para Paris Match) la Iglesia es de nuevo, como en tiempos de Cipriano de Cartago, "probada en el fuego".

En Siria (bajo Ahmed al-Chareh) como en Yemen (en lo que queda del imperio de los mulás iraníes), los cristianos de Oriente, cuya justa causa no me canso de defender, en mis películas y mis libros, ven acercarse el tiempo de esa erradicación que ya presentía Chateaubriand en su Itinerario de París a Jerusalén.

En suma, mientras se discute bizantinamente sobre una medida de seguridad en Jerusalén, se aparta la mirada de esta realidad masiva que hace de los cristianos, a escala mundial, uno de los grupos religiosos más amenazados y, como decía aún Chateaubriand, "abandonado por los imperios" y "dejado sin defensa".

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Otra coincidencia de los tiempos, pero feliz.

Estoy hojeando mi viejo ejemplar, de mis años de la rue d’Ulm, de la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea, en la editorial du Cerf.

Allí vuelvo a encontrar la letanía de nombres, suplicios y lugares casi notariados del martirio de los primeros cristianos.

'Le Chant cathédral', de Maxence Caron.

'Le Chant cathédral', de Maxence Caron.

Y me llega el libro Le Chant cathédral, en Les Belles Lettres, de Maxence Caron. Los lectores de Bloc de Notes quizá recuerden mi saludo, hace tres años, a su obra anterior, un tratado de filosofía.

El libro que entrega hoy es vertiginoso por más de un motivo.

Su volumen: 1.300 páginas.

Su estructura: sesenta cantos.

El género: poema épico y perpetuo.

El tono: lirismo y cólera, letanías y oraciones, bendiciones y furores.

Los modelos: los oradores sagrados y, sobre todo, su querido Bossuet, al que debe una edición, también en Les Belles Lettres, de sus escritos políticos.

La ambición: afrontar el desafío insensato, no de decir el mundo, sino de refundarlo por el Verbo.

La lengua: un gran francés trabajado por el latín, mezclado con hebreo y donde a veces se oyen acentos de Lautréamont o de "magias crasulentes", de "bocas falsílogas" y de "tumultos vorcifrognos" que no habría desaprobado un Guyotat.

Y luego el resultado: una obra total de la que no sabría decir si es una meditación, un canto, una leyenda piadosa, una experiencia de pensamiento, un poema.

Reclamaba, hace unos meses, aquí, "textos de rayo, intratables pero razonados, devastadores pero benéficos, inhabitables salvo para algunas almas hermanas". Aquí están.