Javier Bardem señala el No a la guerra y la chapa a favor de Palestina que ha lucido en la solapa durante los Premios Oscar.

Javier Bardem señala el "No a la guerra" y la chapa a favor de Palestina que ha lucido en la solapa durante los Premios Oscar.

Columnas LOS PESARES Y LOS DÍAS

Javier Bardem te recuerda que es mejor persona que tú

Bardem, nuestro hombre anuncio, en lugar de enfundarse un cartón de "compro oro", vende con sus divisas su capital social de hombre virtuoso, revelando que el asunto no va de las causas que abandera, sino de él mismo.

Publicada

En observancia del ritual de penitencia colectiva con que la progresía estadounidense se afana año a año por expiar su pasado esclavista, la última edición de los Óscars ha laureado dos películas deplorables en atención a su único mérito apreciable: ensalzar el asesinato redentor de blancos a manos de negros.

El listón de la corrección política estaba pues muy alto. Pero nuestro indesmayable benefactor Javier Bardem quiso llevarse el premio del público a la vindicación más rotunda, portando sobre la solapa de su primoroso esmoquin un pin en apoyo a Palestina, y un parche en el que se leía "No a la guerra".

Un parche que, según aclaró el actor, era reciclado de 2003, hecho este que supone una metáfora preciosa del estéril enviscamiento de nuestra farándula en los años del Club de la Ceja.

Bardem calzó su cuña antes de introducir el galardón que le tocaba presentar. "¡No a la guerra y Palestina libre!", abundó, para que no quedase duda. Ya advirtió recientemente Matt Damon de que hoy los cineastas trabajan pensando en un público de débiles mentales, tarados digitales por la merma cognitiva y el déficit de atención.

Como nuestro tiempo valora más el "alzar la voz" que el silencio, la soflama fue muy aplaudida. Y a buen seguro entusiasmó a Yolanda Díaz, que se deslizó por la alfombra roja de Los Ángeles mientras su partido se despeñaba por el Almanzor.

Pero hay una imagen, previa a la gala, que delata su performance como una exhibición trucha de virtud.

La tertuliana Sarah Santaolalla posa con una camiseta que denuncia las muertes en residencias durante la pandemia atribuidas por la izquierda a Isabel Díaz Ayuso.

La tertuliana Sarah Santaolalla posa con una camiseta que denuncia las muertes en residencias durante la pandemia atribuidas por la izquierda a Isabel Díaz Ayuso. X / @SarahPerezSanta

Es una instantánea dotada de una riqueza semiótica apabullante. Con un mohín vanidoso y una sonrisa engreída de oreja a oreja, Bardem se señala las insignias que le cuelgan del traje. Esos lemas que (como las chapitas de "Stop Genocide" con que se uniformaron los bufones de la corte en la gala de los Goya) constituyen la divisa con que el rebaño marca su pureza de sangre en las ceremonias del consenso.

En esa pose está contenida toda la frivolidad que vicia el "activismo", y que la sociedad del espectáculo, allanadora de cualquier icono, ha acendrado en una ostentación pornográfica de moralina.

La imagen exuda el mismo aire grotesco que el de los reportajes fotográficos de las influencers componiendo su mejor figura en el memorial del Holocausto. O el de Sarah Santaolalla luciendo insinuante palmito ataviada con su camiseta de las "7.291" víctimas de las residencias de Ayuso.

En el gran teatro del mundo, los actores son muy afectos al negocio de la filantropía, donde la publicidad cuenta más que el contenido de un postureo ético que, por lo demás, a nada compromete.

Bardem, nuestro hombre anuncio, en lugar de enfundarse en un cartón con la leyenda "compro oro", vende con sus remiendos su capital social de hombre íntegro. Y revela con ello que el asunto no va de las causas que abandera, sino de sí mismo. De un autoposicionamiento para ganar puntos en el mercado de los sufragios, y certificar que uno está en el lado correcto de la mesa de tertulia.

Estamos ante la encarnación más acabada de la definición de fariseísmo.

Y no sólo en su acepción más habitual, la de la discrepancia entre palabra y obra de quienes acuden en su jet privado a las cumbres sobre el clima. Sino en su sentido originario, el que tenía cuando Cristo lo combatió como la carcoma de la religión cuando esta se proclama de forma orgullosa: la enfermedad de la exterioridad.

El fariseísmo es el abuso y la corrupción de la moralidad cuando esta se reduce a gesticulaciones. Cuando el núcleo de la moral es sustituido por el convencionalismo y el formalismo ético. Cuando el gesto caritativo se hace autoconsciente y se vuelve mueca.

Cierto es que, al margen de algunos devotos como Mark Wahlberg y el réprobo Mel Gibson, no abundan los católicos en el desfile de fatuas celebridades hollywoodienses. Pero no les vendría mal refrescar la lectura con la que se abre el tiempo cuaresmal que transitamos:

"Cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas con el fin de que los alaben", sino "que tu limosna quede en lo oculto".

Quienes realmente han dedicado su vida al servicio de los demás (muchos de ellos en el seno de la Iglesia que execraba otra actriz recientemente) lo han hecho no ameritando los vítores, sino buscando la humillación.