Alfonso Fernández Mañueco.
Vox se atasca en Castilla y León
El PP consolida su hegemonía en la derecha apoyado en un candidato con arraigo territorial, lejos de los paracaidismos diseñados desde Madrid.
En el salto con pértiga hay algo profundamente humano. El atleta corre hacia el listón sabiendo que, en algún momento, alguien decidió subirlo un centímetro más.
La política, a veces, funciona igual. Las elecciones de Castilla y León han sido, en cierto modo, una competición donde todos corrían para saltar un listón móvil, sin que ninguno supiera muy bien quién decidía la altura.
Con los resultados definitivos ya sobre la mesa [33 escaños y el 35,76% del voto para el Partido Popular (+2), 30 escaños y alrededor del 32% para el PSOE (+2) y 14 escaños con el 18,81% para Vox (+1)] el mapa político parece aclararse un poco.
El PP consolida su hegemonía en la derecha apoyado en un candidato con arraigo territorial, lejos de los paracaidismos diseñados desde Madrid.
El PSOE confirma otra tendencia de fondo: la absorción prácticamente completa del espacio político a su izquierda, donde IU-Sumar y Podemos quedan fuera de las Cortes.
Y Vox, que aspiraba a elevar el listón del bloque conservador hasta el entorno del 20%, se encuentra con una frenada electoral que abre otra hipótesis política: que el mismo proceso de integración que el PSOE ha culminado a su izquierda pueda empezar ahora a producirse, de forma gradual, en la derecha, con un PP reabsorbiendo ese tejido recrecido que Vox ha irrigado en los últimos años.
El candidato de Vox a la Presidencia de Castilla y León, Carlos Pollán. Europa Press
En este sentido, la experiencia de Mañueco, el primer barón autonómico popular que incorporó a Vox a su gobierno regional, debería ser de un enorme valor para Feijóo.
El Partido Popular llegaba a estas elecciones con un objetivo claro: ganar con suficiente amplitud como para reducir su dependencia de Vox dentro del espacio de la derecha.
No era una meta nueva, sino exactamente lo que el PP ya intentó en Extremadura y en Aragón. En ambos casos, el resultado fue parecido: victorias claras pero incompletas, insuficientes para gobernar sin Vox.
El PP buscó el impulso de la movilización final. Alberto Núñez Feijóo llegó a pedir a los votantes que el domingo dieran a Pedro Sánchez "el susto de su vida", elevando el tono de una campaña que ya no se jugaba solo en Castilla y León, sino también en la antesala de las próximas elecciones generales.
Vox, por su parte, intentó convertir la elección autonómica en un plebiscito político de mayor alcance. Santiago Abascal animó a votar "pensando más allá" del domingo y presentó a su partido como una "alternativa política de salvación nacional".
Pero la pértiga del presidente Sánchez volvió a ser la más larga.
¿Trasladar el foco de la campaña regional a la nacional? Eso es de pobres. El presidente subió la apuesta al escenario internacional. El viejo lema del "No a la guerra" reapareció en mítines regionales, como si una elección autonómica pudiera decidir el equilibrio estratégico del mundo.
Y vimos al PSOE en pleno aferrándose sin rebozo a la bandera de España y declarándose patriotas de verdad. Un salto extraño, por otra parte.
Arriesgado por su dramatismo, pero vacío por su inanidad política.
Para Sánchez, estas elecciones eran un ensayo de movilización ideológica en torno a la política exterior y la seguridad internacional.
Para Feijóo, una prueba de su capacidad para mantener al PP como partido central del sistema político frente al empuje de Vox.
Y para Abascal, una oportunidad de demostrar que su formación no es solo un socio incómodo del poder, sino un actor imprescindible.
Pero la cuestión clave, cómo no, era la altura del listón, que de nuevo marcaría Vox. Porque cada punto que sumaba Abascal se venía convirtiendo en un centímetro más de exigencia en esa barra que mide la autonomía política del Partido Popular de Feijóo.
Ahora parece que ese listón se le ha atascado a Vox, que el Partido Popular asegura poder saltar las trabas a gobernar y que la grieta electoral del PSOE le pasa entre los pies, cada vez más dependiente de la polarización como motor electoral. Una sucesión de emergencias retóricas.
Y así, poco a poco, la política, en lugar de elevarse, sólo puede cavar. Y para cavar más profundo no estamos precisamente.
Con casi el 20% del territorio nacional y apenas un 5% de la población, Castilla y León es una comunidad que resiste desde la cultura, el turismo y la agricultura. Tiene un más que notable desempeño educativo, pero se enfrenta de forma cotidiana a la despoblación, el envejecimiento, los servicios públicos dispersos y el abandono político.
Ahí está el verdadero listón.
Los ciudadanos debemos poner la barra de exigencia a nuestros políticos como mínimo tan alta como nos la ponemos a nosotros mismos, a nuestras familias y a nuestras empresas: en competencia, en rendición de cuentas, en transparencia, en integridad.
España no puede permitirse seguir bajando el listón de la política. Al revés, necesita volver a colocarlo a la altura del país. Tenemos talento, capacidad y ambición suficientes para saltar más alto de lo que a veces parecemos dispuestos a intentar.
Pero para eso hemos de atrevernos a colocar la barra a la altura que merecemos. Porque en política (como en el salto) hay una lección que siempre termina imponiéndose: bajar el listón no te hace saltar más alto. Sólo te acerca al suelo.