Benjamin Netanyahu.

Benjamin Netanyahu. Reuters

Columnas BLOC DE NOTES

¿La "guerra de Israel"? ¿De verdad?

Israel tiene una preocupación: neutralizar una amenaza que considera, con razón, existencial.

Publicada

Entre las perlas de tertulia de café que van engarzando, con un aplomo pasmoso, los expertos y geopolíticos del momento, hay una particularmente sabrosa.

La guerra de Irán habría sido deseada por Israel.

Inspirada por Israel.

Impulsada por Israel.

Y Estados Unidos, nos explican con el aire entendido que suele reservarse a los secretos a voces, no sería más que el ejecutor (¿por qué no decir "el subalterno", ya que estamos?) de la "guerra de Israel".

***

No niego, por supuesto, que los dos países tengan intereses provisionalmente convergentes.

Ni que los dos ejércitos operen, por ahora, en estrecha coordinación.

Pero a eso se le llama "alianza".

Donald Trump y Benjamin Netanyahu.

Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Reuters

¿Acaso se dijo de Roosevelt, aliado de De Gaulle, que este lo instrumentalizaba?

¿De Churchill que era el juguete de Stalin cuando exhortaba, ya en 1919, a "estrangular el bolchevismo en su cuna"?

¿De Alejandro que actuaba por cuenta de las ciudades griegas de Asia que él mismo liberó del yugo persa?

¿O de la República romana, en la tercera guerra púnica, que obedecía las órdenes de Masinisa, rey de Numidia?

La idea es absurda.

***

En este caso, y por más que les pese a los conspiracionistas, no hay misterio alguno.

Israel tiene una preocupación: neutralizar una amenaza que considera, con razón, existencial.

Estados Unidos tiene la suya y tiene, en realidad, varias: defender a sus aliados (israelíes, pero también árabes); debilitar un eje estratégico que va de Teherán a Moscú y Pekín; y lavar por fin la afrenta que desde hace cuarenta y siete años permanece como una herida abierta en el costado de todas las administraciones desde Carter: la toma de rehenes en la embajada estadounidense de Teherán en 1979.

Todo ello forma parte de un juego complejo de intereses que tienen cada uno su lógica y que muy bien pueden divergir en las semanas o días venideros.

¿No se entiende esto? ¿Creemos que un pequeño país de diez millones de habitantes puede "doblarle el brazo" a un país de 350 millones, dotado del ejército más poderoso del mundo, de la red de bases más sofisticada del planeta y gobernado por el presidente más egotista de su historia?

¿Creemos que Donald Trump (de quien todos saben que no decide nada que no sirva ante todo a su interés y al de Estados Unidos) habría hecho a un primer ministro extranjero, fuera quien fuera, el regalo de una guerra de esta magnitud?

Es sencillamente grotesco.

***

Lo que es aún más grotesco es la escena que nos cuentan: un Trump vacilante, dubitativo, que acaba dejándose convencer, in extremis, por su "amigo Bibi" en el secreto de una cita en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Hicieron falta dos años para preparar el desembarco de Normandía.

Seis meses para la Guerra del Golfo de 1991.

Un año para la invasión de Irak en 2003.

¿Quién puede imaginar que el Pentágono haya improvisado en pocos días el despliegue de dos grupos aeronavales, el reposicionamiento de centenares de aviones de combate, la puesta en marcha de una red de aprovisionamiento a 10.000 kilómetros de sus costas, la acumulación de las cantidades colosales de combustible y municiones necesarias, por no hablar de las capacidades de inteligencia indispensables para una operación de este tipo?

¿Quién puede creer que el presidente estadounidense, por frívolo que sea, haya comprometido esta armada sin ver más allá de sus narices y que haya hecho falta Benjamín Netanyahu para explicarle, alrededor de una hamburguesa, el modo de empleo y el sentido de la operación?

El razonamiento es infantil.

El secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, y el presidente de EEUU, Donald Trump, a su espalda.

El secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, y el presidente de EEUU, Donald Trump, a su espalda. Reuters

***

Pero lo más grave está en otra parte.

Porque esta fábula vuelve a enlazar con un imaginario antiquísimo y muy tóxico.

Así pensaban, en los años treinta, quienes veían en "los judíos" una comunidad de conspiradores que empujaba a las naciones a la guerra, movía los hilos de las catástrofes por venir y urdía los conflictos de los que esperaba sacar provecho.

Ese era todo el tema (y el título) del infame panfleto de Lucien Rebatet Les Décombres (son los "belicistas judíos", decía, quienes empujaron a Francia a la guerra contra Alemania y son, por tanto, los verdaderos artífices de la ruina, de los escombros descritos en las escenas de éxodo, incendios y apocalipsis del libro).

Ese era el hilo conductor (y, de nuevo, el título) de los tres panfletos de Louis-Ferdinand Céline: Les Beaux Draps (los judíos nos han metido "en un buen lío" arrastrándonos a "su" guerra); L’École des cadavres (la máquina de "adoctrinamiento" que prepara a los pueblos para ir a luchar y morir "por Israel"); y ya, en 1937, Bagatelles pour un massacre (las menudas "revelaciones", las "bagatelas", que el escritor enloquecido pretendía entregar sobre la "maquinación judía" que estaría llevando al mundo a la carnicería).

El judío instigador de guerras es un viejo tópico de la propaganda antisemita.

Sería prudente no volver a poner hoy en circulación ese veneno terrible.