Mary Poppins.

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¿Por qué las niñas ya no quieren ser feministas?

No me preocupa especialmente que se pierda el afecto por el feminismo si la pérdida se produce porque hemos dejado de confundir la propaganda con la defensa real de las mujeres.

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"Hoy las cadenas hay que romper en dura lucha por libre ser. Y nuestras dignas sucesoras cantarán al ser mayores: por ti, vota la mujer", cantaba la señora Banks de la película Mary Poppins, cogida del brazo de las sirvientas del servicio de la casa.

Era el sueño feminista por excelencia caricaturizado en un clásico Disney. Hacer la revolución y ser recordada durante generaciones enteras de jóvenes agradecidas.

Nos hemos plantado en 2026, siete años después de que el Gobierno más feminista de la historia haya colonizado nuestras instituciones, y nuestras lindas sucesoras pasan cada vez más del feminismo.

Lo dice el informe del barómetro elaborado por la Fundación FAD sobre Juventud y género.

Sólo el 51% de las mujeres encuestadas se consideran feministas, seis puntos menos que hace seis años, frente al 26% de los hombres.

Es llamativa la caída en las mujeres, casi a punto por año de gobierno.

Además, el 51% de los jóvenes varones ve en el feminismo una herramienta política de manipulación, opinión compartida por el 38,8% de la juventud femenina.

La feminista ha vuelto por tanto a ser como esa sufragista un poco ingenua y pesada que se entretiene haciendo desfilar al servicio en su tiempo libre y que encima quiere que actúen como si lo estuvieran disfrutando.

Los datos sólo sorprenden a quien no haya prestado atención al discurso oficial del feminismo desde el poder. Ese feminismo abarcó tanto que pasó a ser la nada.

Feminista era el aborto, el porno con perspectiva de género, el burka y las mujeres trans compitiendo contra mujeres biológicas.

El informe confirma que los jóvenes ven la violencia de género como un problema serio y valoran la igualdad.

Vamos, que no estamos ante un ejército de nuevos misóginos fabricados a granel por la ultraderecha reaccionaria, sino ante el agotamiento del feminismo de taller de masculinidad y pancarta.

Se me ocurren, así, a bote pronto, unas cuantas causas posibles.

Igual es que vieron cómo gracias a las medidas del Gobierno más feminista de la historia salían violadores a la calle.

O que escucharon a la vicepresidenta decir que no estaba a favor de abolir OnlyFans porque no quería "condenar a las mujeres a la precariedad".

OnlyFans como rescate de la precariedad, amiga.

O que han visto a la ministra de Igualdad ser condenada por acusar falsamente a un hombre de ser un maltratador y celebrar el indulto de una mujer que secuestró a sus hijos.

O que pusieron las noticias y vieron cómo, a cuenta de los archivos Epstein, el foco no se ponía en la corrupción de las élites depredadoras, sino en preguntarle a todos hombres qué demonios les pasaba.

O que leyeron aquel informe del Ministerio de Igualdad pagado con nuestros impuestos alertando de cómo el auge del término "charo" en redes sociales era una herramienta de propagación misógina que impedía que la juventud se identificara con el feminismo.

El objetivo siempre fue ese: adoctrinar, impedir la disidencia, señalar al que discrepa como un paciente en necesidad de reeducación.

Si hay algo que puede explicar por qué se está produciendo esta huida del feminismo de los más jóvenes es precisamente esta obsesión por la pedagogía.

Una pedagogía que choca contra la realidad, que no sobrevive cuando es encarnada, que se desmorona en cuanto abandona el eslogan y pisa la vida real.

Para convencer a los jóvenes hace falta algo más que un bono joven y una cuenta en TikTok.

La eurodiputada de Podemos Irene Montero participa en una manifestación en Valladolid.

La eurodiputada de Podemos Irene Montero participa en una manifestación en Valladolid. Rubén Cacho / ICAL.

Me producen algo de pena los datos del informe. Porque algunas nos ilusionamos y nos declaramos feministas por aquella cosa tan sencilla que me explicó una vez la escritora Mary Harrington: "Las mujeres tienen intereses que a menudo coinciden con los de los hombres, pero no siempre. Y se tiende a pasar por alto esos intereses particulares de las mujeres. Así que, aunque ya no crea en el progreso, no estoy dispuesta a abandonar el feminismo".

Pero hay que tener algo de vergüenza. Cuando muere alguien, es importante no verter lágrimas sobre el cadáver equivocado. Aquí no ha perdido el feminismo y su reputación.

No es eso lo que me apena de verdad.

Aquí se han perdido las relaciones entre los hombres y las mujeres, cada vez más distanciados, más enfrentados, más en guerra.

Aquí han perdido las víctimas reales, que sospechan de un sistema mediático y político que las instrumentaliza, ocultándolas o mediatizándolas en función del agresor.

Aquí han perdido los menores con disforia de género y sus familias por una ministra que no sabía definir lo que era una mujer. Mucho menos defender sus intereses.

Aquí se ha perdido la confianza de los hombres, que ven cómo el feminismo los acusa, los criminaliza, los pone siempre bajo la lupa de la sospecha y no se preocupa nunca de sus problemas.

Yo sigo creyendo que siempre será necesaria una voz que defienda algunos intereses muy particulares de las mujeres.

Lo creo porque veo cómo crecen las cifras de agresiones sexuales entre menores y las violaciones.

Lo creo porque veo cómo las madres solteras siguen engrosando las cifras de personas en situación de pobreza.

Lo creo porque veo a las niñas empujadas a OnlyFans por la propaganda del empoderamiento para satisfacer la demanda del porno barely legal.

Lo creo porque veo a las adolescentes sexualizadas desde la infancia, con neurodivergencias sin diagnosticar, huyendo de su cuerpo a los catorce años, testosterona en mano.

Lo creo porque veo a las madres obligadas a elegir entre la boss girl neoliberal que congela óvulos y la tradwife cuyo conservadurismo falso no pasaría un test de Burke ni de coña.

Así que no me preocupa especialmente que se pierda el afecto por el feminismo si la pérdida se produce porque hemos dejado de confundir la propaganda con la defensa real de las mujeres.

Y fracasará cualquier discurso que quiera echarle la culpa de esto a los podcasts de maromos testosterónicos en internet, que los hay.

Y advierto también de que, a largo plazo, fracasará también cualquier discurso que quiera instrumentalizar este desencanto y aducir que las necesidades específicas de la mujer son un invento ideológico que no merece atención.

Que las mujeres serán más felices teniendo muchos más hijos y abrazando su feminidad inherente.

En general, fracasará cualquiera que aleccione a la mujer sobre lo que la hará feliz en vez de velar para que no se convierta en una ciudadana de segunda categoría. Especialmente cuando es madre.

O en un producto de consumo para el mercado.

No veo tan difícil centrar el tiro.

Todo lo demás acabará siempre por desilusionar a nuestras dignas sucesoras. Y no nos cantarán nada al ser mayores porque les daremos exactamente igual.

Es lo que tiene dejar un legado vacío. Que nadie quiere recoger el testigo.