El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, saluda al primer ministro indio, Narendra Modi, en Nueva Delhi.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, saluda al primer ministro indio, Narendra Modi, en Nueva Delhi. EFE

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Un taburete para Pedro Sánchez en Nueva Delhi

Pedro Sánchez ejerce más como representante institucional que como facilitador de negocio, más como símbolo que como negociador, justo cuando la competencia geoeconómica exige densidad.

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La inteligencia artificial ha dejado de ser un asunto de innovación para convertirse en una cuestión de soberanía. Ese desplazamiento (de la tecnología al poder) ha marcado el viaje de Pedro Sánchez a Nueva Delhi para participar en la IV Cumbre sobre el Impacto de la IA y reunirse con Narendra Modi.

La pregunta relevante no es por qué España acude, sino en qué lugar se sienta cuando se discute la arquitectura del nuevo orden digital.

En diplomacia hay espacios donde se decide, espacios donde se acuerda y espacios donde se conversa. España, ausente en foros restringidos de seguridad y en la definición estratégica occidental, comparece aquí en el escenario donde se habla de gobernanza global.

El segundo viaje del presidente del gobierno de España a la India en año y medio (después de casi dos décadas sin visitas de un presidente español) confirma una intensificación diplomática que incluye visitas previas de los ministros Albares y Urtasun, y coincide con el acuerdo comercial UE-India aún pendiente de ratificación.

Sánchez llegó a Nueva Delhi tras negarse en Múnich a comprometer el aumento del gasto en defensa exigido por la OTAN, debilitando su perfil como socio estratégico, pero se presentó al mismo tiempo como impulsor de una conversación global sobre IA.

Reivindicó un giro hacia Asia ("España mira cada vez más al este") y celebró junto a Modi el relanzamiento político y económico bilateral apoyado en la promesa de un mercado de más de 2.000 millones de personas.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, participa en la inauguración el Global AI Impact Summit 2026, en Nueva Delhi, este jueves.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, participa en la inauguración el Global AI Impact Summit 2026, en Nueva Delhi, este jueves. EFE

El discurso enumeró proyectos en tecnología, agricultura y cultura y habló de una voz conjunta con mayor resonancia internacional. Pero la narrativa estratégica choca con un dato persistente: la ausencia de grandes corporaciones españolas en la delegación.

Esta vez no ha habido grandes empresas del Ibex ni acompañamiento familiar (el pasaporte de Begoña Gómez sigue requerido por el juez), sino startups tecnológicas y difuminados ministros sectoriales.

No es anecdótico. En el sector empresarial se repite una lectura incómoda: agendas con escaso retorno comercial, exceso de componente político y riesgo reputacional, al vincularse indisolublemente la presencia corporativa a la polarización política.

El resultado es una diplomacia económica con menor capacidad de arrastre. Los grandes contratos estratégicos se resisten.

El presidente aparece así más como representante institucional que como facilitador de negocio, más como símbolo que como negociador, justo cuando la competencia geoeconómica exige densidad.

India aspira a consolidarse como tercer polo tecnológico global. Francia busca autonomía estratégica europea. Brasil intenta liderar el Sur Global digital.

España llega para captar inversión. La diferencia de ambición es evidente.

Porque la cuestión de fondo no es la inversión india, sino el significado real de una cumbre sobre IA donde los polos que determinan su arquitectura (Estados Unidos y China) no han compartido protagonismo político directo. Washington controla plataformas, chips y capital. Pekín domina escala, planificación industrial y velocidad de despliegue.

Europa debate, regula y busca un espacio propio.

La cumbre india intenta articular esa tercera vía. Un foro con líderes, tecnológicas y organismos internacionales que aspira a relevancia sin tener aún centralidad.

En esa fotografía han aparecido proyectos geopolíticos reconocibles: Emmanuel Macron defendiendo la autonomía europea, Luiz Inácio Lula da Silva reivindicando el Sur Global, y ejecutivos tecnológicos como Bill Gates, Jensen Huang o Sundar Pichai representando el verdadero poder operativo del sector.

Y Pedro Sánchez, acompañado por ministros y startups, aspirando desmayadamente a respaldar la gobernanza ética vía Naciones Unidas con los intereses económicos propios.

La imagen inevitablemente me recuerda al Peter Sellers de El guateque, el invitado que llega cuando la conversación estratégica ya ha empezado y sólo encuentra sitio en un taburete en el extremo de la mesa.

La polémica que rodea al embajador español en Nueva Delhi, Juan Antonio March, anfitrión de la delegación, no ha sido de mucha ayuda. Su nombramiento en 2024 ya incomodó al cuerpo diplomático, por su prolongada etapa fuera del servicio activo y su proximidad a Zapatero y Moratinos.

Pero el sorprendente intento de recabar financiación de las empresas españolas e indias para pagar unos conciertos de su amiga íntima, la mezzosoprano china Huiling Zhu, ha vuelto a situar la incómoda variable china como telón de fondo permanente de la actual política exterior española.

La retórica crítica que viene manteniendo el presidente Sánchez respecto a las grandes tecnológicas (los "tecnooligarcas") tampoco ha encajado bien con el hecho de compartir foro con sus principales ejecutivos. La gobernanza global de la IA se construye precisamente en ese espacio híbrido entre Estados y corporaciones. Ignorarlo equivale a quedar fuera de la conversación real.

Pedro Sánchez inaugura este miércoles en Nueva Delhi un mural hispano-indio de arte callejero.

Pedro Sánchez inaugura este miércoles en Nueva Delhi un mural hispano-indio de arte callejero. Lucía Goñi Efe

Por eso, hay poca sustancia y credibilidad en su llamada a democratizar la IA. "Creemos en una IA para el bien", ha enfatizado.

¿Y quién no, presidente?

Nueva Delhi no va a decidir quién domina la inteligencia artificial, pero sí revela quién sabe qué papel quiere desempeñar.

Europa tiene una oportunidad irrepetible si abandona su complejo de potencia tardía. No competir con Estados Unidos en capital ni con China en planificación estatal, sino liderar la aplicabilidad temática de esta tecnología: sanidad interoperable, industria automatizada, energía optimizada, administración predictiva, educación personalizada, envejecimiento activo.

El terreno donde la IA deja de ser algoritmo y se convierte en organización social.

Ese debería ser también el espacio natural de España. No un hub tecnológico genérico (crecientemente colonizado por China en nuestro territorio), sino un laboratorio de implementación democrática.

Porque el poder de la próxima década no residirá solo en quien desarrolle nuevas formas de IA, sino en quien ordene la vida alrededor de ella. Y esa conversación (la verdaderamente estratégica) todavía está esperando a que alguien se siente a la mesa con algo más que un taburete.