Ana, superviviente de la tragedia.

Ana, superviviente de la tragedia.

Columnas DESÓRDENES

El show del perro de la chica guapa y otros bochornos de la tragedia

Lo crucial es que estoy absolutamente segura de que Ana ha adquirido este desproporcionado protagonismo mediático por su belleza, y esa simple idea me avergüenza como periodista.

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Decía Iñaki Uriarte que entre hacer algo y no hacerlo existe una tercera opción: fumar.

Yo digo que me parece bien porque en el acto de fumar hay silencio y nosotros somos muy de perder siempre cualquier gloriosa oportunidad de callarnos que se nos presenta.

Se nos olvida, se nos olvida que existe esa vía. La de contemplar el horror (en este caso, el del accidente de Adamuz) y cerrar la boca con respeto.

Pero nos puede la sobreactuación.

Lo vimos con el caso de Gabriel Cruz y los desubicados dibujos de niños cabalgando peces que reventaron internet.

Lo vimos con el tarado poema que Benjamín Prado le dedicó a Julen cuando le encontraron muerto en el pozo. Esto siempre es lo peor, esto siempre es lo más rastrero, el poemita o la cancioncita en directo, con los cadáveres calientes, para rascar likes de una grada intelectualmente podrida en un ejercicio de cursilería que insulta.

Boro, el perro que se había perdido después del accidente de Adamuz, por fin en brazos de su dueña.

Boro, el perro que se había perdido después del accidente de Adamuz, por fin en brazos de su dueña. Infoca

Insulta a los muertos y de paso insulta a la literatura. Hay que ser muy barato. Hay que tener muy poca categoría.

La infamia se esconde detrás de cosas más o menos sutiles.

Se esconde, por ejemplo, en la lengüilla loca de María Jesús Montero mientras te mete un codazo en la costilla para que la dejes pasar y posar al lado del rey Felipe. Ese histrión insoportable. Esa falta de elegancia que ya es su sello.

Puedo oler la espumilla rancia de su pelo y su basurero ético desde aquí.

Se esconde en la torpe foto institucional junto al tren. Son los paisajes de la muerte. La moral también tiene criterios estéticos y desde luego no acepta la frivolidad de encajarse al lado de un vagón-tumba. Es un monumento ulcerado. Nos escupe a la cara.

Se esconde en las declaraciones del todo innecesarias de los influencers que tenemos, que son los que merecemos. Gente ridícula que lo lleva todo a sí misma, gente incapaz de abstraerse un segundo del yo, gente que sólo es capaz de apiadarse de los otros cuando piensa que han sido sacrificados por el azar negro para que ellos sobrevivan.

Es esto de "cojo mil veces ese tren", esto de "podría haber sido yo"...

Ya, pero no has sido tú, ni esto va de ti, ni ayudan en absoluto las elucubraciones. Suelta el micro. Lávate la cara. Retírate a tus aposentos. Todo está roto, todo duele. Cualquier intervención ensucia.

Pero ningún delirio más sonrojante que el del pábulo que se le ha dado a la movida del perro de una chica llamada Ana, superviviente de la tragedia.

El perro, Boro, se había extraviado durante el accidente. Seguro que el pobre animal lo pasó mal. Nada es contra el animal ni contra una víctima lógicamente traumatizada. Todo es contra el criterio editorial de los medios españoles, que han hecho de esta anécdota (radicalmente secundaria con cuarenta y cinco muertos sobre la mesa) una categoría, un símbolo, por encima de la situación de la hermana de Ana, embarazada y en la UCI.

Espero que despierte, que esté bien y que entonces se sienta incómoda y pueda hacernos sentir incómodos a nosotros por haber montado este circo canino mientras ella se jugaba el pellejo.

Todo el mundo sabe que, según dónde, dos vidas humanas importan menos que la de un perro.

Abracadabrante.

Seis, siete noticias. Ahora una foto antigua del perro con la dueña. Ahora que el perro ha sido avistado. Ahora que no. Ahora que si una cámara le grabó. Ahora que si un Guardia Civil le vio. Ahora sale Ana, severa, diciendo que stop bulos.

Al final nada, todo bien, el perro está guay y yo me alegro de corazón, Ana sonríe con él desde un coche: le ha cambiado la cara. Está preciosa.

Lo crucial es que estoy absolutamente segura de que Ana ha adquirido este desproporcionado protagonismo mediático por su belleza, y esa simple idea me avergüenza como periodista.

Su hermosura magullada vende. Impacta. Emociona. Es un ángel en medio del desastre. Queda bien en cámara.

Qué náusea me da la sensación palpable de que se está erotizando a una mujer rota.

Si Ana llega a ser fea, o si Ana llega a ser normalita, la prensa la hubiese ignorado. Le hubieran dado diez segundos de intervención y no habrían vuelto a pensar en ella nunca más. En los bordes de la muerte resiste el pretty privilege. Tu cara decidirá la importancia de tu vida y de tu voz en el mundo. Esto es así, este es nuestro asco.

Para ser la sociedad del espectáculo, el espectáculo está siendo lamentable.