Hace ahora cuatrocientas semanas justas comenzaba mi andadura como articulista en este periódico. La iniciaba a la par que el diario daba principio a su aventura, hoy consolidada con éxito hasta hacer de él una referencia para miles de lectores. Me congratulo de que así haya sido, y me permito celebrarlo como un logro en el que a lo largo de estos ocho años menos dieciséis semanas he tenido la ocasión de poner mi grano de arena.

Píndaro.

Píndaro. Wikimedia Commons

Sin embargo, no conviene en la vida perpetuar los empeños, ni siquiera alargarlos más allá de lo que la elasticidad de sus propósitos y su carácter aconsejan. Al cabo de cuatrocientas semanas sin faltar a la cita me alcanza la convicción de que este apostadero desde el que he venido opinando sobre lo que acaecía a mi alrededor, en la proximidad y en la lontananza, ya ha dado de sí lo que debía dar. Y seguir instalado en él sería dar pie a la reiteración, o a la renuncia a explorar nuevas perspectivas.

No soy de los que se acomodan y se dejan llevar por las inercias, ni en la vida ni en la escritura. Ha estado bien, muy bien incluso, tener este espacio aquí para encontrarme con los lectores y compartir con ellos mis meditaciones, mis conjeturas, mis impresiones y mis perplejidades, desde la libertad que en todo momento se me ha dado para expresarlas, ya estuvieran o no en sintonía con la línea editorial que mantenía el periódico. Lo que creo que no debo hacer hoy es atrincherarme en él. 

El tiempo, las circunstancias mudables de la vida y también de mi oficio, que es ante todo el de escritor, me empujan ahora hacia otros desafíos y otras formas de entablar conversación con los lectores de periódicos. Dejo este proyecto para hacer hueco a otros, para tratar de ser útil de otro modo a quienes me leen.

No me voy por causa de ningún descontento ni de ningún conflicto, no rompo con una redacción en la que, a lo largo de estos años, sólo me he encontrado profesionales respetuosos y competentes con quienes ha sido un placer y un privilegio para mí trabajar. Quedo con ellos, espero, como amigo y compañero, al que saben que en esa condición pueden seguir recurriendo en las encrucijadas que el camino nos depare a unos y a otros.

Sencillamente, esto de opinar aquí y así ha dado de sí lo que debía y no quiero estirarlo más de la cuenta. Me propongo buscar otros cauces para escrutar la realidad que me rodea y dar cuenta de ella a través del periodismo, que no es mi oficio principal pero que respeto y he aprendido a amar lo suficiente como para no apoltronarme en fórmulas ya consabidas.

Iniciaba mi recorrido aquí bajo el patrocinio del poeta griego Píndaro, y más en concreto de ese célebre verso suyo contenido en la Pítica II, dedicada al tirano Hierón de Siracusa con motivo de la victoria en una carrera de uno de sus carros: "Hazte el que eres, como aprendido tienes". Bajo ese designio vine aquí, y a su dictado, para seguir haciéndome el que soy, me voy ahora.

Quiere el destino que componga estas líneas justo el día en que circula el rumor de que el tirano Vladímir Putin abandona Moscú, ante el avance de la columna de mercenarios de Wagner a los que (desoyendo el viejo consejo de Maquiavelo, que exhortaba al príncipe a jamás confiar en soldados de fortuna) otorgó un poder y unas armas que ahora se vuelven contra él. No es que Píndaro hiciera ascos a confraternizar con tiranos e incluso a adularlos, como prueban sus zalemas a Hierón; pero no puedo dejar de preguntarme qué versos escribiría en esta hora oscura para el antiguo agente del KGB reconvertido en dirigente rapaz y criminal de su país.

En esa misma Pítica nos da alguna pista, cuando dice: "En todo gobierno es útil el hombre de verídica lengua,/ en la tiranía, cuando rige el pueblo violento/ y cuando los sabios protegen la ciudad". Es la verdad la que sirve para mantener alejado el desastre, y son siempre las mentiras, incluso las temporalmente exitosas, las que arrojan a los seres humanos a la calamidad, el fracaso y la ruina. Aunque algunos hayan querido dudarlo, la comunidad que funciona sometida al despotismo y la injusticia no tiene porvenir por delante, sino la garantía de perderse.

Sólo quienes preservan la libertad, la dignidad y las vidas de aquellos a quienes gobiernan pueden confiar en que su obra se sostenga en el tiempo. Como dice el propio Píndaro, al final de su poema dedicado a Hierón: "A mí me sea dado / vivir entre los buenos a la par que serles grato". A los tiranos, antes o después, les toca desalojar su palacio en medio de la noche. La misión es no dejar de decirlo, no dejar de poner en palabras la verdad que uno ve, pese al coro de sicarios, turiferarios y embusteros.

Gracias por permitirme hacerlo aquí. Hasta siempre.