Ha sido al ver el gabinete ministerial armado por Pedro Sánchez en menos de una semana cuando nos hemos dado cuenta de lo antiguo que se había quedado el anterior. Antiguo por tantas razones. La primera, la poca cuota femenina, tanto en cantidad como en calidad, hecha la salvedad de una vicepresidenta que a menudo pareció, como ya pasó con la de Zapatero, la subalterna que se comía los marrones de su jefe. La segunda, la sobrerrepresentación del partido, traducida en una aplastante mayoría de ministros no sólo con carné, sino con mochila del PP. Y la tercera, el peso asfixiante de los opositores, en un país en el que hace ya mucho tiempo que hay gente brillante que no ha considerado necesario adquirir un paraguas funcionarial.

Todo ello lo ha desbaratado el nuevo presidente, formando por primera vez en la Historia un consejo no sólo integrado por muchas más mujeres que hombres, y con varias mujeres en puestos de primer orden, sino en el que cuesta decir que alguna de las ministras carece de peso para estar donde está. Para más asombro, ha llenado el gabinete de personajes que no le deben obediencia partidaria, y a los que ha tenido que persuadir para que se incorporen y tendrá que mantener persuadidos para que le acompañen a dondequiera que pretenda ir. Y por último, se ha rodeado de un puñado de profesionales de primer orden, tanto del sector público como del sector privado, desde el que tanto cuesta, desde siempre, sacar a alguien para introducirlo en la picadora de carne humana que es la política española.

Si a todo lo anterior se le une el hecho de que ninguno de los nombramientos puede leerse como pago de ningún voto de los obtenidos en la moción de censura —antes al contrario— y que el perfil de los ministros es dialogante pero al mismo tiempo de firme compromiso con la legalidad y el Estado, sin dar pie a ningún aventurerismo extraconstitucional, la jugada viene a ser redonda y augura a Sánchez un futuro que sus rivales, por lo que dicen y lo que callan, empiezan a temer seriamente.

La única nota disonante, a juzgar por los comentarios oídos y leídos en estos días, es ese titular de Cultura anunciado casi in extremis y sobre el que se han abalanzado todos los críticos, con singular protagonismo del catalanismo separatista y de algunas voces del propio sector cultural, que le afean a Màxim Huerta su etapa televisiva o el tono y la temática de sus novelas. Pero, ¿qué necesita un ministro de Cultura? Un razonable bagaje cultural, recursos y convicción para comunicar que la cultura es relevante —en un país que suele menospreciarla— y capacidad de gestión. Negarle a Huerta el bagaje por lo que escribe y cómo —en muchos casos sin haberlo leído—, se antoja poco prudente. Por lo que toca a sus dotes de comunicador, cabe presumir que son superiores a las de otros literatos acaso más preciados en ciertos círculos intelectuales. Su capacidad de gestión, eso sí, está por entero inédita, y ahí sí que ha arriesgado quien lo nombró.

Pese a todo, por sus obras se le juzgará. No estaría mal que dijera qué opina de que en Barcelona no se pueda homenajear al novelista más importante que escribió sobre ella, porque hay grupos violentos que lo impiden sin que nadie los ataje. Tampoco estaría mal conocer, de paso, el parecer de su colega de Interior.