Mi madre era cubana, mis hijas nacieron en China y entre mis cuñados los hay europeos y también americanos. Aunque adoro la diversidad y el mestizaje, y la riqueza y el estímulo que de ambas se derivan, algunos de los años que he vivido fuera de mi zona (nacional) de confort he llegado a echar (mucho) de menos a mi país. Nunca he dejado de sentirme español, pero nunca me he sentido, tampoco, orgulloso de serlo. Al fin y al cabo, que mi pasaporte acredite que mi nacionalidad sea la de este Reino no es más que una casualidad geográfica (gracias a Fidel Castro), genética (gracias a mis padres) y cultural (gracias a todo lo demás). Pero una casualidad.

En este período en el que se debate qué es exactamente España; ahora que en Cataluña se insultan por unas cruces amarillas en la playa; en un momento en el que el PNV acaba apoyando in extremis los presupuestos a pesar del artículo 155; en un contexto en el que hay quien acusa a Albert Rivera de adueñarse políticamente del concepto de ser español, entonces aparece James Rhodes y nos dice con toda claridad que nuestro país es genial.

El pianista británico lleva unos meses instalado en Madrid y, por lo que cuenta en un diario nacional, se ha enamorado de la ciudad y de quienes la habitan. Y escribe que aquí todo es mejor.

En ese periódico hay, también, a quien Rhodes le parece un “ñoño”. Pero no, no lo es. Es, más bien, uno de los mejores pianistas del mundo y, además, uno de los más respetados. Quizá no tanto por los maestros clásicos, pero sí por el público, de Sídney a Buenos Aires, de París a Montreal.

Es el hombre que ha hecho sexy a Beethoven, según un articulista de The Times; el que actúa delante de miles de personas con una camiseta negra que pone “Bach” porque, como él mismo dice, el compositor de Eisenach le salvó la vida. Es, también, el único pianista clásico que se esfuerza para que todo el mundo, y no solo las élites, saboreen a los grandes de la historia de la música.

A Rhodes le gustan las croquetas, la siesta, la palabra tiquismiquis y el tiempo que los españoles dedicamos a la familia y al descanso; desde que vive en la capital española siente que, por fin, tiene un hogar. Se siente mejor que nunca y, como explica en su carta abierta, mucho se lo debe a España. De nada, James.

Hace pocos días visité la ciudad donde viví varios años, Nueva York. Volví a disfrutarla, por supuesto, pero también volví a sentir la frialdad, la indiferencia y el desapego que tiene gran parte de la población de esa ciudad hacia el prójimo. Les das absolutamente igual: como si no existieras.

A los españoles nos encanta criticarnos y, al mismo tiempo, admirar a los demás, en especial a los anglosajones. Deberíamos, colectivamente, analizar nuestro complejo de inferioridad que, a veces, se manifiesta al revés: con una dosis desproporcionada de ego nacionalista. Como cuando Pérez-Reverte asegura que España es “un Estado fallido” porque “nos ha faltado una guillotina, a veces no tan simbólicamente”.

La España del futuro está por construir. En Cataluña se siguen dando pasos hacia ninguna parte, con cada vez mayor desencanto y mayor tensión, tan bien reflejados en la confrontación sobre la arena de Canet de Mar.

En medio de semejante crispación e inquietud, menos mal que viene un genio inglés a proponernos que nos sintamos bien porque somos españoles, aunque esta sea una casualidad colectiva. A James Rhodes le encanta nuestro país. A mí, también. Quizá yo también sea un ñoño.