Mariano Gasparet

Hay que preguntarse si el ascenso del jefe de los mossos, Josep Lluís Trapero, al olimpo de la imaginería indepe respondió a razones tan inconsistentes como sólidos parecen los motivos para cuestionar ahora su fulgurante prestigio.

El debate atañe a la volatilidad probada de las reputaciones y puede ayudar a resolver la gran duda que atenaza a la Policía Autonómica catalana de cara al 1-O: ¿cerrará filas su jefe con la legalidad o se abonará a la tesis del choque de legitimidades que esgrimen los mandos políticos de la secesión para intentar salvar por la vía del conflicto la baqueteada imagen del procés? Otra vez la fama como logro alternativo, otra vez honra y barcos en los platillos de la Historia trágica de España.

Esta fotografía, tomada durante la rueda de prensa que el conseller de interior, Joaquim Forn, y el mayor Trapero ofrecieron el jueves, es significativa. Registra el inicio de la comparecencia en la que ambos pretextaron una supuesta campaña de desprestigio contra los Mossos para desmentir la información de El Periódico que revelaba que la inteligencia norteamericana había advertido en mayo de un posible ataque yihadista en Rambla Street.

Es una imagen con -si se fijan- detalles suculentos. El primer plano de Forn no deja lugar a dudas sobre quién parte el bacalao. La escuchita de Trapero y la responsable de redes de los Mossos -muy buen trabajo- sugiere la existencia de verdades inconfesables, acaso por incómodas, en cuanto atañe a la gestión informativa de los últimos atentados yihadistas en nuestro país. Las manos de la compañera periodista y del conseller sobre los micrófonos forman un escorzo igualmente estimulante para poner en cuarentena la tan aplaudida “transparencia”.

Me dirán que adecuar la interpretación de los gestos de una imagen a ideas preconcebidas es un método poco ortodoxo por inductivo. Puede, pero tal como yo lo veo, la exaltación de los Mossos fue un automatismo típico y tópico. Josep Lluís Trapero se convirtió en el depositario lógico de esa ola de solidaridad y gratitud necesarias para sobreponerse a la sensación generalizada de vulnerabilidad. Su atractivo físico y su sobriedad contribuyeron a la caricaturización del personaje: de él dependerá seguir dejándose utilizar como santo laico del independentismo.

En cualquier caso: ¿por qué no se puede o no se debe criticar o cuestionar la labor de los Mossos y del resto de policías del Estado? ¿Se imaginan que, tras el 11-M, se hubiera descubierto la existencia de informes previos de servicios secretos extranjeros advirtiendo del riesgo de atentados en trenes? ¿Qué no le habrían dicho al bajito de las Azores? ¿Por qué es reaccionario y desleal criticar a los mossos y no lo es denunciar las cloacas policiales del Estado?

No parece que las verdades esgrimidas sobre la figura del mayor y el papel de los Mossos, la Generalitat, el Gobierno y la prensa desde los atentados hasta ahora hayan sido ajenas a prejuicios y banderías. Basta ver cómo se han alineado partidos y medios.