El rector de la Universidad de Sevilla, Miguel Ángel Castro, besa la mano a Susana Díaz.

El rector de la Universidad de Sevilla, Miguel Ángel Castro, besa la mano a Susana Díaz. Julio Muñoz/EFE

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La ceremonia del vasallaje

La ostentación del protocolo es el modo clásico en que súbditos y trepadores disfrazan de broma y galantería el vasallaje de toda la vida. Del mismo modo que hacerse el gracioso -con el propósito de adular y resultar agraciado- es la senda de los pelotas y conseguidores, prestarse a la ceremonia de la sumisión -a sabiendas de que tras los ademanes persiste un poso de contraprestaciones y obediencias debidas- es propio de doñas, marquesas y -cualquiera diría- protosocialistas.

Hablamos de las habilidades sociales, vaya por delante. Sería un atrevimiento adjudicar a Susana Díaz o al rector de la Universidad de Sevilla, Miguel Ángel Castro, las categorías sociopolíticas referidas. Pero no dirán que esta fotografía, tomada el miércoles pasado en la Feria de Sevilla, ombligo de España, no responde a los cánones de la rancia y denigrante tradición del besamanos.

Es verdad que la Reina del Sur tiende la izquierda en lugar de la derecha, en contra de lo que manda el protocolo. También es cierto que el rector pisotea la tradición: a una dama no se le besa -el gesto de acercarse la mano a la boca es suficiente- e inclina demasiado la cabeza. Pero de estos detalles menores no se puede concluir que el hombre, llegado el caso, no esté dispuesto a arrojar su chaqueta a un charco.

Lo magnífico de esta imagen es que en la caricaturización de las tradiciones más apolilladas prevalece un retrato hiperrealista del cortijo. La presidenta que presume de saber ganar atravesó la Feria en las bodas de plata de la Expo 92, cuando Sevilla fue capital y el PSOE era mucho PSOE. Se acomodó en la caseta del Ayuntamiento, donde cada año se corta y reparte el mejor jamón del Guadalquivir, y aguardó complaciente a sus adoradores -adorar, de manum ad os, mano a la boca-: “¡Presidenta, doblamos a Pedro Sánchez!”. Le acompañaban, en estricto orden, -entre otros- el presidente de la Diputación de Sevilla, Miguel Ángel Castro, relamiéndose en el recuento de adhesiones, y la secretaria general del partido en la provincia, Verónica Díaz, conocida en la finca como La niña. 

Cualquier socialista perspicaz podría alegar que esta simpática estampa de gitanas y aspirantes a consejeros -las universidades de Sevilla y Málaga han sido tradicionalmente la cantera de la Junta- es en sí misma una prueba de la aniquilación del clasismo por la vía socialdemócrata del rebujito. Pero no se ofendan sus protagonistas si, por desconocimiento o simpleza, otros muchos ven en ella un remedo hispalense de Los Santos Inocentes.