En el número especial que la New York Review of Books ha dedicado a la decisiva jornada electoral de este martes, la escritora Elaine Blair analizaba los riesgos de la reelección de Trump -o de que no acepte su eventual derrota- evocando el cuento de Andersen, El abeto, que todos leímos de niños.

Ilustración: Javier Muñoz

Es la historia del arbolito que, primero, se siente desdichado cuando lo talan y extraen del bosque, en el que vivía con sus mayores, para cargarle de luces y regalos de Navidad, mientras una familia le marea bailando, cantando y gritando alrededor.

Luego, se siente desdichado cuando, acabadas las fiestas, lo arrojan a un sótano inhóspito y lo abandonan durante meses, sin más compañía que un puñado de desagradables ratones.

Después, se siente desdichado cuando llega la primavera y lo sacan al jardín, donde los niños pisotean sus hojas ya amarillentas y su tronco blanquecino. El abeto se pregunta cómo es posible que se acumulen sobre él tantas desgracias.

De repente, el jardinero y un par de ayudantes se abalanzan con sus hachas sobre el árbol caído. Primero cortan lo que queda de sus ramas, luego trocean su tronco y finalmente arrojan la leña al fuego.

Mientras se consume entre las llamas, el abeto rememora su pasado y piensa en lo feliz que fue, vestido de gala, en aquella alegre fiesta de Navidad; lo cómodo que estaba tumbado en el sótano, acompañado por aquellos simpáticos ratoncitos y lo agradable que era el sol de primavera en el jardín, pese a algún que otro pisotón sin importancia.

Repasando las calamidades de la era Trump, junto a la verja en la que ha colocado su ramo de flores, en memoria de la magistrada Ruth Bader Ginsburg, la autora concluye: “Las cosas parecen ir bastante mal hoy en día. Espero que me lo sigan pareciendo cuando las vea en retrospectiva”.

La advertencia es clara: todo puede siempre empeorar. En el caso de Estados Unidos, con un segundo mandato de Trump, en el que se sigan desmontando todos los frenos a su zafio caudillismo o incluso con la anulación de un resultado desfavorable por un Tribunal Supremo, cómodamente en sus manos.

En el caso de España, ahí está la amenaza de que a la actual “geometría variable”, con Ciudadanos dentro de la ecuación y el PP dispuesto a negociar con Sánchez las cuestiones de Estado, le suceda el rodillo del “bloque de Gobierno” que promueve Pablo Iglesias, con Esquerra y Bildu como “ministros sin cartera” y un proyecto de autoperpetuación sin límites.

Y si nos fijamos en la pandemia, no es difícil darnos cuenta de que, con más de medio millón de contagios diarios en el mundo, después de las restricciones de reunión y aforo, después del toque de queda y de los cierres perimetrales que tanto achican ahora nuestro margen vital, pueden volver la clausura de bares, restaurantes, cines y teatros, la suspensión de competiciones deportivas y los estrictos confinamientos domiciliarios de la pasada primavera.

Pero, de igual manera que la triste realidad nos da motivos para ponernos en la expectativa de lo peor, también tiene sentido, de tópico en tópico, aferrarnos al 'mientras hay vida, hay esperanza'. O, mejor aún, a la complejidad de la condición humana, siempre azotada por calamidades de una u otra intensidad o índole, a las que a base de sangre, sudor y lágrimas consigue sobreponerse.

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En medio de la zarabanda, organizada esta semana en torno a la entrega de los Leones de EL ESPAÑOL, ha circulado en las redes, a modo de joya hallada en el basurero, una cita de Fernando Savater: “Sostenerse en la alegría es el equilibrismo más arduo, pero el único capaz de conseguir que todas las penas humanas merezcan efectivamente la pena. A eso llamamos ética: a penar alegremente”.

Igual que la triste realidad nos da motivos para ponernos en la expectativa de lo peor, también tiene sentido aferrarnos al 'mientras hay vida, hay esperanza'

Exactamente eso es lo que traté de expresar, cuando dije en mi intervención en el Casino, que “dan ganas de pedir perdón por encontrar espacios de felicidad personal y colectiva, en medio de la tragedia”. Pero también añadí que en el caso de un periódico “esta contradicción es tan sólo aparente”, en la medida en que tiene la oportunidad de comunicar y ensalzar comportamientos modélicos que sirvan de “pauta de conducta y espejo de emulación” para los demás.

De ahí que los méritos de los premiados, de Paco Reynés, de Pablo Laso y, muy en especial, de las Fuerzas Armadas en su despliegue solidario durante la pandemia, convirtieran nuestro acto en un foco de difusión de la ejemplaridad. Nadie podrá arrebatarnos el honor de haber activado ese resorte de orgullo en el rostro curtido de los tenientes generales que recibieron nuestro León, junto a una ministra de Defensa que lleva toda una vida defendiendo, contra viento y marea, los valores constitucionales.

¿Qué está pasando en la sociedad española para que este aspecto sustancial quedara soslayado por gran parte de quienes han criticado el evento? ¿Hasta tal extremo se han apoderado de nosotros el cinismo mediático y el ansia de enturbiar el éxito ajeno, como para que la exaltación del mérito en grado heroico quedara ipso facto amortizada, a beneficio de inventario, para pasar a polemizar sobre el formato del homenaje?

La portavoz del Gobierno alimentó, en cierto modo, el fuego prendido -como siempre- por los Savonarolas de las redes sociales, cuando, tras subrayar que la entrega de premios “contaba con todas las garantías” -legales y sanitarias, nadie lo ha discutido-, pidió “una reflexión” sobre la presencia de los ministros en actos públicos, para que no sea “malinterpretada”.

Al día siguiente, Salvador Illa, con dos jornadas de intenso protagonismo parlamentario por delante, decidió zanjar la cuestión con un mea culpa preventivo: “Muchos ciudadanos no lo han entendido y tienen razón… la mejor distancia es no estar”. Así es la política.

Si alguien no puede dejar de “reflexionar”, cuando está siendo criticado, es el responsable de un medio de comunicación y, por supuesto, que lo he hecho y no de manera autoindulgente. Pero la reacción del Gobierno, marcando una diferencia entre lo que se puede y lo que se debe hacer, para no ser “malinterpretado”, justo cuando acababa de dictar unas normas extraordinariamente minuciosas de obligado cumplimiento, me conduce a una intensa perplejidad.

Si “la mejor distancia es no estar”, entonces la mejor entrega de premios es la que no se celebra, el mejor documental el que no se estrena, la mejor exposición la que no se inaugura, la mejor función teatral la que se representa con la sala vacía y el mejor almuerzo en grupo, aquel que no tiene lugar, por citar sólo algunas actividades ministeriales de esta semana. A menos, claro, que se considere que todos esos actos son legítimos, están permitidos y son convenientes para que la vida siga, con tal de que no adquieran la notoriedad, que induce a la “mala interpretación”, por la presencia de personalidades públicas.

Si fuera así, una parte significativa de la nueva normalidad debería desarrollarse en una especie de vergonzante clandestinidad, en un ámbito pudorosamente sumergido para evitar el qué dirán, y eso sólo podría achacarse a lo inadecuado de las reglas dictadas o a la falta de pedagogía sobre las mismas. O sea a un grave problema de comunicación, después de tantas y tantas horas de televisión en directo, agravado por los bruscos bandazos de un Gobierno que pasa de incitar al “joie de vivre” a propugnar su camuflaje.

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Es cierto que esta “reflexión” no puede hacerse en el vacío, sin considerar el agravamiento acumulativo de esta segunda ola o, más bien, monumental rebrote de la pandemia. Y también es comprensible que al hombre de la calle le parezca contradictorio que sus reuniones privadas tengan un límite de seis participantes, mientras en los eventos públicos y la restauración sólo exista la restricción del porcentaje de ocupación del local.

Sobre todo, si ninguna autoridad lo explica y argumenta. La ambigüedad no debería prevalecer y menos aún disfrazada de disculpas. Porque si los “muchos ciudadanos” que no entendieron la presencia de los ministros en nuestros premios tuvieran “razón”, lo que no sería entonces razonable es la normativa a la que estrictamente se ciñó el acto.

Si fuera así, una parte de la nueva normalidad debería desarrollarse en una vergonzante clandestinidad, en un ámbito sumergido para evitar el qué dirán

En la parte que nos toca, está claro que faltó la habilidad de adaptarnos al paisaje y al ambiente, censurando, al estilo de otros medios, las fotos en las que aparecían algunos de los asistentes, cuando se habían quitado las mascarillas durante la cena, como hacen millones de españoles al acudir a un restaurante. E incluso cabe asumir que ese riesgo pudo ser soslayado, si la entrega de premios hubiera transcurrido a palo seco, sin vianda ni bebida alguna. Muy bien, además de las fotos sin mascarilla, pudimos haber censurado la cena.

He usado la palabra “censura” -en realidad autocensura- con plena conciencia de su carga negativa porque, como el abeto de Andersen en sus sucesivas peripecias, es patente que, los españoles de hoy, estamos viendo mermada nuestra capacidad de movimientos pero también nuestra libertad de expresión. La una por el virus de la Covid, la otra por el virus de la intolerancia.

Si el paisaje es desolador, el ambiente es amedrentador. Como bien describía Camus en La Peste, a medida que se expande la epidemia, los habitantes de la ciudad se doblegan sobrecogidos ante el púlpito que explota el miedo al miedo. En la España actual proliferan los émulos del padre Paneloux, clamando por aprovechar “el azote implacable que apalea el trigo humano para separarlo de la paja”. Es la hora de sustituir la inclusión por la exclusión, el mestizaje por la pureza, la concordia por la intolerancia.

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No fue casualidad que los tres partidos constitucionalistas estuvieran tan dignamente representados en la entrega de premios de EL ESPAÑOL, ni que las críticas a su celebración hayan partido de los tres populismos inquisitoriales que ven en la pandemia una oportunidad para dinamitar el ‘régimen del 78’ y reemplazarlo por otro a su medida.

Si las circunstancias no fueran tan dramáticas, resultaría gracioso verles converger, con idénticos tópicos y parodias, cual triángulo equilátero empeñado en autocomprimirse para asfixiar todo proyecto de estabilidad y pacífica convivencia. En un vértice, el mismo Abascal que organizó el congreso hiper contagioso de Vox, cabalgando a lomos dialécticos del poni de Atila que le sustenta y conduce. En el segundo vértice, los líderes de Podemos que se jactan de haber declinado nuestra invitación, cuando lo hacen todos los años para evitar el contagio de la tolerancia. Y en el tercer vértice, el Rufián de siempre, alternando las gracietas botelloneras con las exigencias de impunidad para cada nueva hornada de delincuentes vinculados al procés.

Son tres movimientos que tienen en común el “antipluralismo”, tan certeramente denunciado por Casado, y la aversión a la meritocracia, las élites y el capitalismo moderno, por socialmente responsable que sea. Basta escuchar lo que coincidentemente dicen sus terminales mediáticas del denostado Ibex, o la forma en que empujan a los más ignorantes a practicar el linchamiento -nunca falta alguna criatura de Vasile en esos piquetes carroñeros-, para darse cuenta de que, en efecto, los enemigos de la concordia, los leñadores del árbol caído del cuento de Andersen, empuñan distintos mangos pero golpean con el mismo hacha.

En los tres casos, cuentan además con complicidades e inspiraciones exteriores, fruto de la tenaza en la que dos autócratas -también con distintas máscaras- como Trump y Putin tienen atrapados a los gobiernos liberales y socialdemócratas de la Unión Europea. Sin ellos no habría existido el Brexit y sin ellos no habrían prosperado nuestra extrema derecha ni nuestra extrema izquierda. Que nadie tome a risa los nuevos indicios sobre la implicación del Kremlin en el fallido golpe separatista de octubre del 17, descubiertos ahora por un juez.

Son tres movimientos que tienen en común el “antipluralismo” y la aversión a la meritocracia, las élites y el capitalismo, por socialmente responsable que sea

La otra característica común de esos tres populismos que aprovechan cualquier ocasión para erosionar los valores de la Transición, las expresiones de transversalidad o el rearme de la moderación es la falta de escrúpulos con que activan la brutalidad, fomentada por el anonimato, en las redes sociales. Oblíguese a Twitter, Facebook o Instagram a identificar a quienes convierten sus plataformas en sendos vomitorios y los tres populismos que van infectando a la sociedad española, en paralelo a como lo hace el virus, empezarán a batirse en retirada.

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También argumenté el lunes, perdón por esta segunda autocita, que para combatir a la Covid, “necesitamos que las razones dominen a las emociones y el conocimiento empírico a las intuiciones improvisadas”. Por eso glosé la escena, tan cara a Montaigne, en la que el estoico Posidonio, explica a Pompeyo, desde el lecho de la enfermedad: “Quiera Dios que jamás el dolor tenga tanto ascendiente sobre mí, como para impedirme discurrir y hablar de él”.

Y quien dice el dolor, dice la cólera, el odio, el miedo o, por supuesto, la mentira. Eso implica que tanto para el camarero que sirvió la cena, como para el auxiliar que desinfectó no menos de veinte veces el podio o para el más excelentísimo de nuestros invitados no hay otro baremo de lo exequible sino el estricto cumplimiento de las leyes excepcionales en vigor.

Todo lo que no esté prohibido, seguirá estando permitido y tan virtuoso será acatar las restricciones como ejercer serenamente nuestros restantes derechos. “Defender la alegría”, escribió Benedetti, incluso “del dolor de estar absurdamente alegres”.

Nuestro periódico es prácticamente el único medio que, haciendo honor a su nombre y emblema, antepone la conveniencia de la colaboración de los tres grandes partidos constitucionalistas a casi cualquier otra consideración. Por algo denominaban los alquimistas ‘ignis leonis’ –“el fuego del león”- a la intensa combustión que permitía sus amalgamas. Eso era lo que se visualizaba el lunes en el Casino, con el patriotismo en tiempos de Covid como pasión transversal, encarnada en los premiados. Había demasiado talento, demasiada nobleza y demasiada inteligencia política en la sala como para que la osadía de su reunión no desencadenara la furia de los hachazos.

Habrá podido faltarnos un adarme de astucia, pero no nos engañamos sobre la gravedad de cuanto viene sucediendo entre nosotros. A diferencia del protagonista inanimado del cuento de Andersen, resignado a una suerte siempre desdichada, seguimos viendo en las fuerzas de la moderación constitucional los suficientes denominadores comunes y capacidades de resistencia, como para hacer frente a los leñadores de la España abatida.

Por eso perseveraremos una y otra vez en el empeño, sin que logren intimidarnos las llamaradas tuiteras o telebasureras. Lo repito: ‘Adversarum impetus rerum viri fortis non vertit animum’. Ni nos dejaremos llevar dócilmente a la hoguera, ni nos caeremos nunca del guindo de las oportunidades perdidas.