Una noche de julio de 1994 invité a cenar a Aznar y Anguita al que entonces era mi domicilio en la calle Marqués de Riscal. Habían pasado 17 años desde que Fraga presentara a Carrillo en el Club Siglo XXI, rompiendo el tabú de la incomunicación entre las dos Españas, pero los líderes del PP e Izquierda Unida no se conocían.

Los dos habían refundado sus partidos. Los dos eran personas de acendrada integridad. En los dos alentaba un sentimiento patriótico de compromiso con la Nación. Por dispares que fueran sus modelos, los dos se aferraban a artículos de la misma Constitución. Todos los días coincidían en los pasillos del Congreso, pero nunca se habían sentado juntos. Y en mi mano estaba subsanar esa anomalía porque el destino me había permitido intimar con ambos.

Ilustración: Guillermo Serrano

Ilustración: Guillermo Serrano

El felipismo iba por su duodécimo año triunfal, pero el director de la Guardia Civil estaba huido, el gobernador del Banco de España acababa de pasar por la cárcel y el cerco judicial se estrechaba sobre la X de los GAL. El crimen y la corrupción se habían instalado en el poder, configurando una situación éticamente insostenible.

Aznar acababa de otorgar al PP un primer triunfo simbólico, ganando las elecciones europeas con casi diez puntos de margen sobre el PSOE, y Anguita había roto el techo histórico del PCE, rozando el 14% de los votos. El uno soñaba con la Moncloa, el otro con el sorpasso. ¿Serían capaces de colaborar frente a un formidable adversario común, de igual manera que la oposición burguesa lo había hecho con los comunistas en las postrimerías de la dictadura?

Aznar llegó con Ana Botella. Anguita con una bolsita negra en la que llevaba una pistola: "Si los etarras o quienes sean vienen a por mí, tendrán problemas". La cena fue un éxito porque funcionó la química de las actitudes y entre ellos se creó una fuerte sintonía personal. Quedó claro que propugnaban proyectos muy distintos pero coincidían en la defensa de los fundamentos del sistema democrático.

Aferrado ya a su "programa, programa, programa", Anguita dejó claro que, a la hora de votar en el Congreso, sus diputados no se fijarían en quién impulsaba cada propuesta, tan sólo en su contenido. Aznar prometió hacer lo mismo. El líder de IU fue más lejos: aseguró que nunca apoyaría a los candidatos felipistas, aunque eso supusiera dejar en manos del PP autonomías y ayuntamientos.

Aznar propuso repetir el encuentro en su casa. Yo les alenté a seguir viéndose, sin necesidad de contar conmigo. Les regalé sendos ejemplares de La caida del Imperio Romano de Gibbon, como fuente de inspiración para combatir a un régimen con pretensiones ilimitadas de perpetuarse y me despedí de ellos con la satisfacción de haber aportado mi granito de arena a la regeneración de la democracia. Así nació la leyenda de la pinza.

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La metáfora no puede ser más visual: desde la derecha y la izquierda se presiona al alimón a quien ocupa el poder, obligándole a batirse en dos frentes a la vez, achicando día a día su espacio político, hasta dejarle sin escapatoria, oxígeno ni respiración.

Al margen de aquellos hechos tremendos de hace un cuarto de siglo, cuando la confesión de Amedo, la aparición de los restos de Lasa y Zabala o el descubrimiento de la cintateca del CESID justificaron la convergencia en el repudio y la caída final de González, la historia de nuestra democracia nos ha dejado otros ejemplos de cómo funciona la pinza. Fue el caso del apoyo del PP vasco al gobierno del socialista Patxi López para acabar con la hegemonía del PNV o el de la propia Izquierda Unida, permitiendo gobernar al PP de Monago en Extremadura, con tal de no contribuir a la perpetuación del PSOE.

Lo que no habíamos visto hasta ahora era la plasmación en la política española de la llamada pinza de apertura inversa. Como cualquiera familiarizado con el bricolaje, los trabajos de laboratorio u otras actividades de precisión sabe, se trata de una herramienta dotada de un muelle que, al apretarlo con dos dedos a la vez, produce la apertura de los brazos de la pinza. En contraposición con lo antes descrito, cuanto mayor es la presión, mayor es el espacio que se abre para abarcar a un ser vivo, un mineral o cualquier tipo de objeto.

La metáfora no puede ser más visual: desde la derecha y la izquierda se presiona al alimón a quien ocupa el poder, achicando día a día su espacio político hasta dejarle sin escapatoria

Increíble pero cierto, eso es lo que están haciendo Albert Rivera y Pablo Iglesias, 'colaborando' adversativamente, en beneficio del mismo Pedro Sánchez, al que el uno detesta y el otro desdeña. Yo tampoco me creo las últimas estimaciones del CIS, pero resulta patente que Sánchez ha sido el paradójico vencedor de su fallido debate de investidura, en la medida en que ha centrado su figura, gracias a su contraste simultáneo con dos intransigencias de signo opuesto. Pedro el Posibilista. Pedro el Pragmático. Pedro el Ponderador.

Se trata de la suma de dos efectos complementarios. Por un lado, la ventaja indirecta que obtiene Sánchez, del daño que Rivera e Iglesias han hecho a Ciudadanos y Podemos, al encastillarse en posiciones flagrantemente contrarias a sus propios intereses. Por el otro, la ventaja directa que consigue por haber sido acusado en falso y neutralizarse mutuamente las exageraciones vertidas contra él desde ambos flancos.

Es verdad que el estupor ha dado ya paso a la resignación y la resignación a la modorra vacacional. Pero ni los electores de Ciudadanos entienden por qué Rivera está dejando escapar la oportunidad aritmética de alcanzar un pacto de centro izquierda, ni los de Podemos por qué Iglesias permitió el 7 Thermidor que pasara de largo el mejor tren que jamás va a estar dispuesto a detenerse en la mítica estación del Gobierno de Coalición, tan trabajosamente edificada. ¿Qué sentido va a tener votar a esos nuevos partidos si, cuando llega la ocasión de pasar de las musas al teatro, la dilapidan entre tacticismos y pendencias de adolescentes?

¿Qué sentido va a tener votar a esos nuevos partidos si, cuando llega la ocasión de pasar de las musas al teatro, la dilapidan entre tacticismos y pendencias de adolescentes?

Sánchez no ha montado una banda terrorista, ni una trama de corrupción basada en la caja B. Ha incurrido en graves errores como la declaración de Pedralbes o la formación de un gobierno dependiente de Bildu en Navarra -tan ofensivo para las víctimas como inútil para construir nada-, pero eso no le convierte ni en un vendepatrias ni en un traidor a la España constitucional. Tan sólo en un temerario equilibrista que hace lo posible, y lo imposible, por mantenerse en el alambre del poder. Igual que (casi) todos sus antecesores.

No tengo ninguna duda de que Sánchez habría sido mucho menos condescendiente con los separatistas si Ciudadanos hubiera apoyado su justificada moción de censura contra Rajoy. Ni, por supuesto, de que habría obligado a María Chivite a pactar con Navarra Suma o, al menos a abstenerse en favor de Esparza, si esa hubiera sido una de las condiciones de Casado y Rivera para facilitar su propia investidura. Así son los cambios de cromos.

Al día de hoy, Sánchez sigue siendo, como le espetó a Rajoy, un político "limpio". Insistir en que debería dimitir como presidente del Gobierno cuando se conozca la sentencia de los ERE, como volvió a plantear Rivera en el debate, supone una falta de sindéresis de tal calibre que sólo pone en evidencia la fase de confusión por la que atraviesa el ponente.

La máxima posición que llegó a ocupar Sánchez, durante la década en la que se gestó el escándalo y se repartieron las ayudas fraudulentas de la Junta de Andalucía, fue la de concejal de a pie en el Ayuntamiento de Madrid. ¿Qué responsabilidad decisoria, o tan siquiera in eligendo o in vigilando, cabe atribuirle? Que Rivera nos lo explique porque si fuera cuestión de expiar un pecado colectivo de forma retrospectiva, qué mejor ocasión que el inminente ochenta aniversario de la invasión de Polonia para pedir la dimisión de Merkel.

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Siento mucho tener que escribir todo esto, pero nunca es mayor la obligación del periodista independiente como cuando ve motivos para censurar a quienes tantas veces ha elogiado y sigue sintiendo ideológicamente próximos. Criticar al adversario es lo fácil, lo que se hace de carril, lo que sucede cada mañana en el previsible guiñol televisivo. Nada anhelo tanto como que Sánchez deje de estar en funciones, para quitar también el corsé de la provisionalidad a mis críticas sobre sus decisiones políticas.

El problema surge cuando el discurso que te produce vergüenza ajena es el de los afines. Como sostiene Muñoz Molina, en España "el debate civil está tergiversado por la hipocresía". Por la determinación de "no ver lo que se tiene delante de los ojos", cuando esa visión deja en mal lugar a los tuyos. Por eso, lo habitual es "verlo y hacer como que no se ha visto y no decir nada para no ser acusado de apostasía, de haberse pasado al enemigo".

Eso era lo que ocurría en el PSOE felipista, en el que los Ibarras y Leguinas sostenían a la vez que Barrionuevo y Vera eran inocentes y que Marey había sobrevivido al secuestro gracias a su sentido humanitario. Eso era lo que ocurría en el PP marianista, en el que Arenas o María Dolores de las Mentiras, desmentían que existiera la Caja B, mientras trataban de comprar el silencio de Bárcenas para que no aflorara.

Por fortuna, nada de lo de ahora atañe al Código Penal. Pero no seré yo quien diga "right or wrong is my country", "right or wrong is my party". Me preguntan si volveré a votar a Rivera o a pedir el voto para Ciudadanos. Dependerá de lo que hagan o de lo que ofrezcan de aquí a las próximas elecciones. Pero hoy ni puedo ni debo ocultar mi preocupada decepción ante esta absurda deriva hacia una especie de liberalismo populista, de imposible encaje en la zoología política. Incluso cuando alguien, como Alejandro Lerroux o, si se quiere, Manuel Azaña, ha sido las dos cosas, nunca lo ha sido de manera simultánea.

Hoy ni puedo ni debo ocultar mi preocupada decepción ante esta absurda deriva hacia una especie de liberalismo populista, de imposible encaje en la zoología política

Que nadie se engañe, populismo es sinónimo de demagogia. En España creíamos tener ya todo el catálogo: populismo de extrema derecha, populismo de izquierda radical, populismo regionalista, populismo separatista... Nos faltaba el oximorón de un populismo centrista. Acabamos de topar con él.

Liberalismo populista y del género barato es lo que me pareció, sí, la denuncia de Rivera del "plan Sánchez", la "banda de Sánchez" y el "botín de Sánchez". ¿Quién coño le escribió el discurso? En todo caso fue el fruto de la súbita castración del rico debate interno y el plural diálogo externo que caracterizaba al planeta naranja. Cualquiera diría que el joven coronel ya no tiene quien le hable.

Rivera decidió que si no nos había gustado la taza del lunes, nos ofrecería la taza y media del jueves. Para los corifeos de su entorno esta progresión geométrica en la dialéctica de la brocha gorda es la prueba de su afianzamiento como líder de la oposición. ¿De verdad, querida y admirada Inés, alguien se lo cree?

Lástima que entre medias los hechos hubieran desbaratado toda su construcción lógica. Pero, súbitamente reconvertido en uno de esos malos periodistas que no permiten que la realidad les estropee un buen titular, ahí sigue subido a su árbol, “sin dar nunca una respuesta”, “viendo como el sol declina”. ¿Acaso es ya "el loco de la colina", el líder de la competición del autoengaño?

Por mucho que ahora se aferre al deleznable oportunismo del socialismo navarro para apuntalar la profecía autocumplida del “ya lo decía yo”, lo cierto es que su castillo de naipes se derrumbó cuando Pablo Iglesias impidió la investidura de Sánchez. Ni había “plan”, ni “banda”, ni “botín”. Era falso que todo fuera “puro teatro” porque, igual que había ocurrido con la disolución anticipada para no pagar el peaje del separatismo, Sánchez no estaba dispuesto a quedar atado de pies y manos por los que Rivera llama sus “socios naturales”... tras renunciar a ocupar el sitio.

Por mucho que ahora se aferre al deleznable oportunismo del socialismo navarro, lo cierto es que su castillo de naipes se derrumbó cuando Iglesias impidió la investidura de Sánchez

Sólo hacía falta que, de manera a la vez simétrica e irreconciliable, Iglesias justificara su renuencia, achacando una y otra vez a Sánchez el proyecto de pactar con la derecha, complacer al Ibex y renunciar a su agenda progresista. Así es como caló en el imaginario colectivo la imagen de un político pragmático y posibilista, al que se le niega el beneficio de la duda que en principio debería emanar de toda victoria en las urnas, siempre que no haya alternativa.

Si Iglesias lo ve tan proclive a la derecha y Rivera tan encadenado a la izquierda, a lo mejor resulta que, a nada que aprieten a la vez, entre los dos terminan colocándolo en el centro. Así trabaja una pinza inversa.

No me hago ninguna ilusión, ninguna, sobre que Sánchez pueda ser el líder capaz de atacar en su raíz, a través de un gobierno monocolor, los graves problemas de fondo que siguen corroyendo a España. Pero tampoco veo a corto plazo, con repetición de elecciones o sin ellas, ningún escenario que no pase por su continuidad en la Moncloa. La única duda es si, a nada que Rivera e Iglesias perseveren en su pinza inversa y continúen ensanchando su espacio, en vez de cuatro años de sanchismo, tendremos ocho.

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En la política, como en el periodismo o el teatro, nadie es lo que es, sin añadir con quien se le compara. Y a menudo confundimos la imagen distorsionada en el Callejón del Gato con la envergadura real de las personas. González despreciaba a Aznar y a Anguita, igual que Rivera e Iglesias desprecian a Sánchez. De hecho, el círculo se cierra porque también González desprecia a Sánchez.

Cuanto más soberbio, altanero o pagado de sí mismo es un dirigente, más le cuesta aceptar que alguien a quien minusvalora pueda derrotarle. Después de cuarenta meses mordiéndose los labios, el 9 de junio de 1999 González esputó la bilis que llevaba dentro, proclamando en una comida de hermandad socialista en Don Benito que "aunque no es igual la izquierda que la derecha, lo que sí es lo mismo es Aznar y Anguita, que son la misma mierda". Al día siguiente matizaría en Granada que había querido decir "la misma cosa" y que la descalificación escatológica quedaba reservada para mí, ya sin margen de duda alguna. Era la visita de la vieja dama del rencor, pasando la factura por la pinza.

Veinte años después, el proceso político está bloqueado y el calendario mantiene activa la cuenta atrás hacia el 23 de septiembre. Si desembocamos en una nueva campaña electoral, Tezanos podría ver repetido el milagro de que lo que hoy consideramos mentira sea tan sólo algo parecido a una verdad tramposamente expresada antes de tiempo. En todo caso, sería de justicia que Sánchez proclamara en alguno de sus mítines que Rivera e Iglesias son el mismo néctar, el mismo bálsamo, la misma bendición del cielo. Y no digamos quien haya inspirado esa pinza de apertura inversa, a la que deberá al menos un par de docenas de nuevos escaños. Es de bien nacido el ser agradecido y ya decía Voltaire que no hay mayor don que la propensión al ridículo de nuestros adversarios.