Bernard-Henri Lévy, durante su última entrevista con este periódico. Madrid
Aprender a no dormir (sin suicidarse) con la filosofía más provocadora
Bernard-Henri Lévy publica "La noche en vela", un dietario sobre su insomnio que recoge sus pensamientos más oscuros, sus devociones literarias y sus dilemas más arriesgados.
BHL: "TVE borró mis ataques contra Carrillo. Lo denuncio públicamente, ¡que aparezcan esas imágenes!".
Está Bernard-Henri Lévy tirado en el suelo, desnudo, sangrando. Atado a una mesa por los pies. Se ha atado él mismo para resistir el impulso de tirarse por la ventana.
Hacen de cuerda unos cuantos cinturones y hasta la tira de algún albornoz. El milagro del instinto de supervivencia: el hombre que no sabe atarse los cordones y que siempre lleva mocasines ha conseguido atarse a una mesa.
BHL lleva encima una sobredosis de Haldol y va a rescatarlo su médico, con el que ha quedado para comer, gracias a las llaves de la conserje.
Son las consecuencias del insomnio. Y de los tics. En este caso, más bien de los tics.
BHL se ha tomado el Haldol (antiepiléptico también utilizado para la esquizofrenia aguda) en una dosis muy superior a la recomendada porque quiere librarse de los tics que amurallan su rostro cuando va a la televisión. El día que lo conocí, como es tan seductor, pensé que, cuando arqueaba las cejas continuamente, estaba intentando ligarse a alguien.
Igual lo estaba intentando, pero no con las cejas, que es un tic. Yo he intentado ligármelo a él sin éxito para robarle una de sus míticas camisas blancas, pero si no duerme, es imposible. Ni siquiera lo conseguí otro día de sangre, cuando se había manchado afeitándose y se había manchado la camisa.
¡Seguro que no la volvía a usar!
Bernard-Henri Lévy durante una entrevista con EL ESPAÑOL Madrid
BHL no duerme. Nunca duerme si no es con un medicamento letal. Pero no se suicida porque es el guardián de su hermano. Un día, su hermano se suicidó, pero no se mató. Se tiró por la ventana y sobrevivió.
Fue una historia ligeramente parecida a la de Michel Leiris, que se sintió tan culpable por sus infidelidades como para meterse un atracón de somníferos, ir a la cama de su mujer, decirle al oído “me he suicidado porque te soy infiel” y luego sobrevivir por la llamada de su mujer a una ambulancia.
Cuando BHL, en la desesperación del insomnio, en los monstruos surrealistas de la vigilia, piensa en matarse, se le aparece su hermano. Y se contiene. Salvo esta mañana de la que hablamos, cuando quiso tirarse por culpa del Haldol, pero no lo hizo por los cinturones y porque entró su médico en casa.
Es escalofriante escribir estas cosas de otro ser humano. Salvo cuando ese ser humano ha querido contarlas porque es incapaz de resistirse a convertirlo todo en material de escritura.
El BHL que escribe en este periódico y que nos visita con cierta frecuencia es también todo esto de lo que vamos a hablar ahora y que hemos sabido gracias a la traducción de La noche en vela (La Esfera de los libros, 2026), que acaba de publicarse en España.
Es un diario de insomnio que, en el fondo, actúa como un dietario absoluto. Como una confesión sobre autores, política, drogas, medicamentos, guerras… Todo ese mundo que viene encerrando BHL desde hace muchos años.
Desde que, siendo de izquierdas, al frente del movimiento de los Nuevos Filósofos, publicó La barbarie con rostro humano para desenmascarar a los regímenes comunistas.
En España se hizo muy famoso porque, estando en La Clave, al hilo de esto, le hizo un traje tan duro a Carrillo (ya prohombre de la Transición) que Televisión Española tuvo que censurarlo.
Lo que viene a contarnos BHL en su ensayo es una especie de confesión dirigida a los que no duermen. A la hermandad de los insomnes. Igual que hizo David Jiménez Torres en su excelente El mar dormir (Libros del Asteroide).
Porque, citando a Goya, reitera BHL que los monstruos de la oscuridad no los produce el sueño de la razón, sino el insomnio. BHL, en realidad, sí duerme. Empastillado. Pero, para escribir este ensayo, ha querido estar unos días sin hacerlo y recuperar sensaciones.
Qué misterio el del insomnio: “Hay gente que pierde el sueño como otros pierden la vista o el olfato”. El texto funciona muy bien como repositorio de citas y peripecias de otros escritores insomnes, evocadas por el escritor insomne de hoy desde su cama.
Kafka, que se sentía “encerrado en una nuez”. Y Ronsard, el poeta de la Corte, el gran Ronsard, que se emparanoió creyendo que, al dormir, el alma se despegaba del cuerpo y merodeaba lo celeste. Si eso era cierto, el alma podía no volver.
Ronsard, insiste BHL, murió tras quince días sin pegar ojo porque no quería que la muerte lo sorprendiera dormido. Es el ejemplo extremo de lo que piensan los insomnes cuando están sumergidos en la peor pesadilla: “Y si no aguanto, ¿y si me muero de cansancio algún día?”.
Bernard-Henri Lévy interviene en la cumbre europea contra el antisemitismo.
BHL, como tantos insomnes, lo ha probado casi todo: la acupuntura, el mesmerismo, la hipnosis, untar los pies en vinagre… Ha intentado más cosas que el insomne de clase media porque tiene mucha más pasta. Y algunas otras por su condición de escritor, como acostarse con un volumen de 1.936 páginas de Mallarmé.
Con ese número, 1.936, ¿cómo se va a poder dormir alguien?
Le vendieron en un hospital puntero un traje de astronauta con motor, que hace un ruido supuestamente adormecedor. En Estados Unidos quisieron conectarle el cerebro a un dispositivo de vigilancia. Este centro, cuenta BHL, es el mismo que atendió a Hemingway. El informe de Hem desapareció misteriosamente. BHL les mandó a paseo.
Lo peor del insomne, dice BHL, es el extravío de una de las mejores sensaciones de la vida: la ceremonia del despertar. Lo cuenta de manera proustiana, evocando los remoloneos de niño y adolescente en la cama; los primeros amaneceres al lado de una mujer.
Podría pensarse que, siendo insomne, lo que quiere BHL es dormir mucho, pero no es eso. Se conformaría con dormir a ratos. Dormir es perder tiempo para escribir. Y este es un hombre que vive entregado a la literatura desde muy pronto.
Todo lo escribe, todo lo anota. Lleva un diario (inédito por ser verdadero diario) desde hace casi cincuenta años. Más de 30.000 folios escondidos por su notario bajo un estricto protocolo de destrucción en caso de muerte.
El libro cuenta que el sitio donde se escondían los folios les ha anunciado que ya no podrá seguir haciéndolo; deben buscar otro lugar. De esos diarios, BHL entresaca sus novelas, sus guiones… y ojalá un día tomen carne sus memorias.
Sirva como aperitivo esta escena.
Está BHL a solas con Netanyahu, en una especie de búnker-palacio. Netanyahu se interesa mucho, repentinamente, por el corazón del filósofo. Le sugiere que se ponga un marcapasos.
BHL le dice que no, que para qué quiere él un marcapasos si su corazón está bien. Netanyahu insiste. Quiere colocarle el mismo modelo, “tecnología puntera israelí”.
BHL vuelve a negarse.
¿Sabes?, le dice Netanyahu. “Es una tecnología tan potente que, cuando yo me muera, mi corazón seguirá latiendo eternamente”.
Escribe BHL: “La idea de ese órgano latiendo hasta el fin de los tiempos en la casa de los hijos de Israel me aterrorizó”.
Una historia para no dormir.