Macron se queda en el Elíseo, el príncipe que fue rey y un chef muy solidario.

Macron se queda en el Elíseo, el príncipe que fue rey y un chef muy solidario. Guillermo Serrano Amat

EL BESTIARIO

Macron se queda en el Elíseo, el Príncipe que fue Rey y un chef muy solidario

Emmanuel Macron, Felipe VI, José Andrés, Mario Vargas Llosa e Isabel Preysler; la autora comenta lo más destacado de la semana a través de sus protagonistas.  

24 abril, 2022 02:48

Emmanuel Macron 

Guillermo Serrano Amat

Este guaperas de cuello alto está a tiro de piedra de repetir como presidente de la República francesa. Llegó al Elíseo en 2017, hecho un dandy y encantado de conocerse. Al principio caía bien a los franceses, pero pasado el tiempo las cosas cambiaron. Macron tenía entonces sonrisa confortable y alma de pecho lobo. Se había casado con una profesora de Instituto a la que conoció siendo su alumno de teatro. Ella se llamaba Brigitte y le sacaba 24 años. Una historia de amor poco común. La profe se había casado a los 20 años y tenía tres hijos: un ingeniero, una cardióloga y una abogada. El día que se divorció de su marido empezó a salir con Macron.

Mas odiado que amado, el presidente francés sufrió continuas vicisitudes, y en más de una ocasión acabó a tortas con el público que se le acercaba a estrecharle la mano. Era así de insolente y respondón. Muchos franceses sostenían entonces que era un hombre blando, pero se equivocaban. Emmanuel fingía ser matón, y lo cierto es que las mataba callando.

Durante mucho tiempo el presidente francés arrastró leyendas de homosexualidad oculta que le hacían flaco favor. Con Brigitte sucedía algo parecido. Ella siempre fue de gatillo fácil contra quien dijera, o simplemente insinuara, que era una mujer "trans".

Tanto Emmanuel como Brigitte son coquetos y gustan de jugar con sus estilismos. El suele llevar jerseys de cuello alto bajo la americana, una indumentaria que muchos franceses califican de izquierdas. También son célebres sus camisas blancas y abiertas de pecho, con la pelambrera al aire como un jardín sin flores. Los franceses (y las francesas) son así de especiales. Les delata la espesura capilar en pecho y axilas. Todo lo contrario de los españoles, que presumimos de modernidad y nos depilamos las axilas.

Felipe VI y la familia 

Guillermo Serrano Amat

Vaya por delante una observación hecha desde la curiosidad periodística y solo por servirles de entretenimiento. Durante muchos veranos, mi labor profesional consistió en seguir los pasos de la Familia Real. Sobre todo de los Reyes, y más concretamente de don Juan Carlos, en quien recaía el mayor protagonismo mediático por ser el patrón del “Bribón”.

El entonces llamado Principe de Asturias, alias "el príncipe" se conformaba con menos. Cuestión de humildad. A él lo veíamos entrar y salir del Náutico mirando hacia ninguna parte, como si la arrogancia no le perteneciera. Semejantes gestos decían mucho de su educación y los dábamos por buenos.

Cuando el príncipe se casó, fue perdiendo timidez y ganando apostura, así hasta que se hizo mayor y creció de golpe.

Hoy, la familia Borbón-Ortiz forma un pack en el que las mujeres tienen un papel preponderante. La Reina aporta genio y belleza; la princesa Leonor, ternura, y la infanta Sofía, simpatía.

Cuando en la bahía de Palma terminaban las regatas de la Copa del Rey, la Reina Letizia llamaba a sus hijas a capítulo y juntas regresaban a Madrid, no sabemos si a jugar con las primas o a comprar los uniformes del siguiente curso. El príncipe aprovechaba la ocasión y se quedaba en Marivent, haciéndo compañía a su madre, la Reina Sofía, o saliendo de copas con sus amigos.

La pasada semana Santa, los Borbón-Ortiz pensaban viajar a un paradero desconocido, pero tan desconocido debía de ser que a mitad de camino se les olvidó el destino. El caso es que finalmente el Rey Felipe se desplazó a Marivent para pasar unos días con su madre, la Reina Sofía, tan injustamente olvidada por sus nietas pequeñas. En cuanto a la Reina Letizia, lo más probable es que acogiera en casa a su familia materna, que como todo el mundo sabe es la verdadera familia: mamá Rocasolano, el novio de mamá Rocasolano, Mari Telma y sus hijas, y el gordito novio irlandés de Mari Telma.

José Andrés 

Guillermo Serrano Amat

Uno de los cocineros más famosos y carismáticos del mundo mundial es este asturiano nacionalizado estadounidense que ha sido nominado para el premio Nobel de la Paz.

Nacido en Mieres y criado en Barcelona, José Andrés Puerta se formó como cocinero en la Escuela Superior de Hostelería de la ciudad condal. A lo largo de su vida profesional ha sido premio Princesa de Asturias de la Concordia; premio de la Fundación James Beard; medalla nacional de Humanidades y medalla de oro al mérito de las Bellas Artes.

Un hombre todo terreno que ha compaginado los estudios reglados con el aprendizaje en las cocinas de El Bulli, de Ferrán Adriá.

Hace algo más de un mes, José Andrés había sido convocado, junto con media docena de afamados chefs, en las cocinas de “Madrid Fusión” donde se le rendiría un homenaje gastronómico al actor Robert de Niro, el hombre al que le gustaba chuparse los dedos. Aquel día, no pudo asistir al festival gastronómico. Tenía un compromiso en Ucrania, donde el hambre pasa factura rodos los días y José Andrés prepara cientos de comidas.

Sin embargo, eso no fue todo. Días más tarde, un misil ruso estalló en las cocinas de la World central Kitchen, una ONG que regenta el asturiano, y por poco no lo cuenta.

José Andrés, que en sus momentos de genialidad introdujo en EEUU la cocina de tapas y dio rienda suelta a los platos latinoamericanos, ahora vive por y para Ucrania, de ahí que aquel día confesara, a quien quisiera oírlo: "Si el misil hubiera caído en el restaurante, no se habría salvado nadie".

Gran amigo de Obama y medio enemigo de Trump, el chef Jose Andrés vuelca hoy todo su tiempo en dar de comer a los hambrientos, que allí no tienen fin.

Hace unos días, precisamente, Pedro Sánchez voló a Kiev para conocer de cerca la ruinosa situación de la capital ucraniana, donde apenas queda un edificio en pie. Aunque mucho peor es el escenario de la expropiada Mariúpol, convertida ya en una ciudad rusa.

El presidente del Gobierno comentó la desolación que le producía la presencia devastadora de hombres y mujeres envueltos entre hedores y humaredas. De regreso a Madrid, Sánchez era un poema: sus ojeras lo decían todo.

Mario e Isabel 

Ahora que el Gobierno nos perdona la mascarilla, me acuerdo de cuando empezó la pandemia y parecíamos desahuciados. Fueron duros los comienzos. Había gente que no se quitaba la mascarilla ni a tiros, y cuando se la quitaba, era para tirarla al suelo.

El mundo de las mascarillas tenía sus adeptos y también sus detractores. Ahora mismo, cuando las mascarillas ya están desapareciendo no faltan quienes las convierten en sus aliadas.

La excepción principal era la formada por Vargas Llosa y la Preysler, que lo mismo entraban en el Teatro Real que salían del Museo del Prado, y siempre con la mascarilla impecable. No quiero ponerme pesada, pero Mario e Isabel llevaban las mascarillas más blancas y resplandecientes de Madrid, y la gente que iba por la calle siempre se volvía a mirarlos. En las revistas del cuore apenas había trajín de famosos, y si lo había, era para mostrarlos a ellos, limpios y puestos como pinceles.

Hablo de Isabel y Mario porque durante estos años ellos han sido el contraste. Los miedicas nunca salíamos de casa. En cambio, Isabel y Mario no entraban.

Entre los recuerdos que conservo en la memoria (y en la pituitaria) está el infame olor a lejía. Nos habían dicho que teníamos que limpiarlo todo con lejía y lavábamos hasta las lentejas. A veces me pregunto como pudimos sobrevivir sin intoxicarnos.

El domingo de Pascua, Mario e Isabel organizaron un viaje a Sevilla, donde el Nobel se había comprometido a presentar su amigo el escritor Félix de Azua, pregonero taurino en el teatro Lope de Vega. Pero Mario se sintió indispuesto y decidió quedarse en casa. Acabó ingresado en una UCI de Madrid por Covid, donde continúa. Fuerza, Mario.

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