Pere, Jordi Pujol (padre), Jordi (hijo) y Oriol  en el Aneto, en 1999.

Pere, Jordi Pujol (padre), Jordi (hijo) y Oriol en el Aneto, en 1999. E.E.

PICALAGARTOS

Historia canalla del pujolismo consanguíneo

19 julio, 2020 02:40

Antes de todo, el clan tiene una montaña mágica. Antes de todo, el clan, la Sagrada Familia del Gargajito, subió al Aneto. La fotografía está borrosa pero se ve la Cruz y toda esa voluntad de Anchluss que el pujolismo ha tenido con Aragón y el Pirineo así, en general. En realidad, el Aneto son sus montañas nevadas, su risas y lágrimas, y se les ve felices y montañeros mientras saqueaban a Cataluña. La viva estampa de la felicidad, acaso porque la Ferrusola se había quedado en casa y gozaron de un día de alturas y confidencias entre hombres; quizá hablaran del futuro. O de que el futuro pasaba por las ITV: emprendedores siempre.

Pujol fue español del año y después, lo recordamos los más viejos, unos Juegos con un garabato de Mariscal mientras el clan del Aneto seguía haciendo caja. A estos pujolones, que diría el 'tron Expósito', la Historia les resbalaba aunque la hicieron a su medida.

En todo este cuento, hay que comprender el sufrimiento de una madre, la Ferrusola, cuando sus niños -prohombres y preclaros- tenían que escuchar el castellano de las chachas en los parques. Mientras, Pujol daba macutazos y doblaba la cabeza y hacía esa afirmación gutural tan suya entre la aserción y el gargajo. Era una Cataluña feliz, sí, que se iba preparando para la jubilación de Pujol por todo lo alto. Y aún sigue la fiesta, no se crean.

Cuando los vástagos tenían sus quereres que salieron rana, Pujol era la estabilidad del Majestic. Todos sonreían, y más el patriarca, que tenía una feliz inflamación de 'butxaca'.

Pero volvamos a la foto del Aneto, en la que Pujol padre aparece en el coloso pirenaico -Ares dixit- como un Pérez de Tudela con más mongetes en el alma y la cintura. Y después la mirada feliz y glauca hacia el objetivo de la cámara o hacia el ibón de abajo. Qué más da, porque se ve que tiraron dos o tres fotos para consignar el lema latino de "Ascende et respira vitam".

Lo importante es que entre que subían y bajaban, la cordada mafiosilla de la sangre iba ingresando 'jurdós', los mismos que les faltaban a los hospitales catalanes. Era aquella época de Pujol triunfante, con la catalanización de los sarracenos y Los Chunguitos en sus mítines para granjearse, además, el voto de La Bota y de La Mina. Qué lider y qué autonomía, qué Dinamarca del Sur y qué perros con butifarras por Pedralbes y por Andorra.

La cosa es que hoy traemos a los 'pujolones' porque sí y porque el juez De La Mata ha dicho que, de emplumarlos, que vayan todos juntos. Ya se sabe que la Sagrada Familia que delinque unida, permanece unida.

En verdad, los Pujoles tienen una serie de Netflix que podría arrancar cuando Pujol padre daba cursos de formación católica a las parejas -lo recuerda un Carvalho de Vázquez Montalbán- y podía acabar, que sé yo, con una imagen de Sicilia y la voz en off de Scorsese.

En la trama Pujol hay, como en todo, algo de traición y mucho de Ferrusola, que es la instigadora de todo como buena 'dona' mediterránea. Ferrusola cortaba a precio de oro el césped del Nou Camp y Pujol instruía a Mas, ese Maquiavelo cursi que precipitó los acontecimientos; así lo consigna la Historia que las televisiones no quieren que veamos pero que yo les cuento.

La moraleja es que Pujol fue víctima de la Ferrusola, los hijos víctimas del padre y los catalanes -y los españoles- víctimas del pujolismo: un mal consentido por algunos y pagado por todos.

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