El portaaviones 'USS Abraham Lincoln'.

El portaaviones 'USS Abraham Lincoln'. US Navy

Observatorio de la Defensa

La doctrina del portaaviones: Trump repite el patrón de Venezuela, ahora frente a Irán con el 'USS Abraham Lincoln'

Encaja con la doctrina de “presencia avanzada” del Pentágono: proyectar una disuasión visible y mantener una capacidad de respuesta inmediata ante cualquier escenario.

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Nadie puede anticipar si el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ordenará finalmente una intervención militar en Irán. Por ahora, las señales llegan más por los movimientos que por las palabras y la inminente llegada del portaaviones nuclear USS Abraham Lincoln (CVN-72), escoltado por varios destructores rumbo al Golfo Pérsico es un claro ejemplo.

La orden emitida este jueves para que el Abraham Lincoln abandonase el mar de China Meridional y pusiera rumbo a Oriente Medio —bajo el área de responsabilidad del U.S. Central Command (CENTCOM)— es toda una declaración de intenciones, porque guarda muchas similitudes con la estrategia que la Casa Blanca empleó en Venezuela con el despliegue del USS Gerald R. Ford frente a sus costas.

Además, la maniobra marca un giro en las prioridades estratégicas de Washington y reaviva las especulaciones sobre su respuesta ante el aumento de tensiones con Teherán, desde los posibles ataques a intereses estadounidenses y aliados hasta el persistente pulso en torno al programa nuclear iraní.

Este movimiento encaja con la doctrina de "presencia avanzada" del Pentágono: situar activos de alto valor en puntos sensibles del mapa para influir en el cálculo político y militar del adversario, sin cruzar de inmediato el umbral del conflicto abierto.

El Abraham Lincoln, uno de los portaaviones más poderosos de la US Navy, actúa como una base aérea flotante capaz de proyectar poder a miles de kilómetros de sus costas. Opera decenas de aeronaves, entre ellas cazas F/A-18E/F Super Hornet, aviones de alerta temprana E-2D Advanced Hawkeye y helicópteros MH-60 dedicados a guerra antisubmarina, vigilancia y apoyo.

Este abanico de medios permite cubrir un espectro completo de misiones: desde patrullas de reconocimiento y demostraciones de fuerza, hasta ataques de precisión y operaciones de protección de rutas marítimas.

Con más de 330 metros de eslora y propulsado por dos reactores nucleares, el portaaviones puede permanecer desplegado durante largos periodos sin necesidad de reabastecimiento, lo que le otorga una capacidad de presencia continua difícil de igualar.

Despliegue de portaaviones nuclear USS Abraham Lincoln.

Despliegue de portaaviones nuclear USS Abraham Lincoln. Archivo (US Navy)

A su alrededor, los destructores clase Arleigh Burke que integran el grupo de ataque aportan defensa antiaérea y antimisil mediante el sistema Aegis, así como capacidad ofensiva de largo alcance gracias a misiles de crucero Tomahawk.

En conjunto, constituyen un instrumento de gran flexibilidad, capaz de aumentar o reducir la presión militar en función del contexto. Su presencia busca proyectar una disuasión visible y mantener una capacidad de respuesta inmediata ante cualquier escenario.

Una clara advertencia

En términos estratégicos, el despliegue del Abraham Lincoln marca un giro relevante en la postura naval estadounidense. Durante los últimos meses, EEUU había mantenido un perfil relativamente bajo en cuanto a la presencia de grupos de ataque de portaaviones en Medio Oriente y Europa, lo que limitaba su margen de maniobra ante una crisis súbita con Irán.

El envío del CVN-72 corrige ese vacío y devuelve a Washington una herramienta tradicional de señalización estratégica: hacer visible el poder militar como forma de advertencia.

La maniobra recuerda la estrategia de Trump con Venezuela. Allí, el despliegue del USS Gerald R. Ford frente a sus costas fue presentado oficialmente como un dispositivo para controlar el tráfico marítimo y combatir actividades ilícitas, pero numerosos analistas lo leyeron como un mensaje directo al régimen de Nicolás Maduro.

La presencia del primer portaaviones de la clase Ford, con capacidad para más de 75 aeronaves y miles de tripulantes, funcionó tanto como demostración de fuerza naval en el Caribe como declaración política sobre la disposición de Estados Unidos a implicarse en crisis lejos de su territorio.

Aunque los contextos difieren —una posible confrontación con Irán en una de las rutas energéticas más sensibles del planeta frente a una estrategia de presión sobre un gobierno aislado en el hemisferio occidental—, los paralelismos son claros.

La proyección naval

En ambos casos, el poder naval se emplea como herramienta de disuasión, de presión política y, potencialmente, como antesala de medidas coercitivas mayores. El mensaje es tan importante como las capacidades: el solo hecho de tener un portaaviones nuclear en las proximidades altera los cálculos de aliados, rivales y actores regionales.

En el terreno operativo, la llegada del Abraham Lincoln se integrará en la arquitectura ya existente de Estados Unidos en la región. Su despliegue se apoyará en la Quinta Flota, con base en Bahréin, responsable de las operaciones en el Golfo Pérsico, el mar Rojo y el mar Arábigo.

Esta fuerza garantiza vigilancia marítima, escoltas, guerra antisubmarina y control de corredores críticos como el estrecho de Ormuz, por donde transita una parte esencial del petróleo mundial.

A ello se suma toda una amplia red de bases militares de EEUU en países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait o Turquía.