Volodímir Zelenski y Donald Trump tras su encuentro en Mar-a-Lago, atendiendo a la prensa.

Volodímir Zelenski y Donald Trump tras su encuentro en Mar-a-Lago, atendiendo a la prensa. Jonathan Ernst Reuters

EEUU

Trump se ve obligado a recular ante Ucrania tras el informe de la CIA que descarta un ataque sobre la residencia de Putin

No hubo ataque masivo sobre una de las residencias de Vladimir Putin, tal y como aseguró en su momento el Kremlin.

Más información: La CIA le dice a Trump que Putin miente: no hubo ataque de drones ucranianos a la residencia del presidente ruso

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Las claves

Trump rectifica su postura sobre Ucrania tras un informe de la CIA que descarta un ataque con drones a la residencia de Putin.

El presidente estadounidense inicialmente creyó la versión rusa, pero el informe de la CIA y la falta de pruebas forzaron su cambio de postura.

El New York Post, afín a Trump, publicó la noticia desmintiendo el ataque, y Trump la compartió en su red social como forma de rectificación.

La credulidad inicial de Trump hacia Putin genera dudas sobre la fiabilidad de las garantías de seguridad de EE.UU. hacia Ucrania.

El 16 de julio de 2018, se produjo un hecho insólito en la política estadounidense. Tras reunirse con Vladimir Putin en Helsinki, Donald Trump aseguraba en una rueda de prensa conjunta que “no tenía motivos” para no creer a su homólogo ruso cuando le aseguraba que Rusia no había intentado influir en las elecciones presidenciales de 2016. Por supuesto, Putin mentía: Rusia intervino en aquellas elecciones como lo ha hecho en las de medio mundo, a través de propaganda en redes sociales, activación de cientos de miles de bots y campañas de hackeo.

Rusia estuvo detrás de la filtración de los correos electrónicos de Hillary Clinton y Rusia tomó partido claramente contra la candidata del Partido Demócrata en favor de un hombre que, al fin y al cabo, había sido moldeado políticamente por Steve Bannon, uno de los grandes propagandistas del Kremlin por el mundo. Con todo, el problema iba mas allá: las declaraciones de Trump no sólo eran de una inocencia demoledora, sino que contradecían y dejaban en entredicho las conclusiones extraídas por la CIA y demás agencias de inteligencia estadounidenses.

En definitiva, que, entre la palabra de un enemigo declarado de Occidente y la investigación minuciosa de sus propios servicios de seguridad, el presidente de Estados Unidos se quedaba, públicamente, con lo primero. Obviamente, era la versión que más le beneficiaba y la que menos cuestionaba su triunfo, por lo demás incontestable, en el colegio electoral en noviembre de 2016.

Las condenas apresuradas de India y Pakistán

Muchos temían que siete años y medio después, la situación se repitiera. El pasado lunes, el Kremlin, a través de sus portavoces habituales, es decir, Dmitri Peskov y el ministro de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov, mostraba su indignación por el ataque con decenas de drones a una de las residencias de Vladimir Putin. El propio presidente ruso insistía públicamente en esa versión, pese a la ausencia de prueba alguna. Por mucho que Ucrania lo negara, a las pocas horas, el primer ministro indio, Narendra Modi, y el pakistaní, Mian Muhammad Shehbaz Sharif, condenaban en redes sociales un ataque que, en rigor, no se sabía si había sucedido o no.

Lo peor llegó cuando ese mismo lunes, a la salida de su reunión con Benjamin Netanyahu en Mar-A-Lago, el presidente estadounidense, Donald Trump, parecía sumarse al coro conspiranoico. Preguntado al respecto, Trump primero dijo no saber nada y al poco admitió que sí, que le parecía preocupante y que el mismísimo Vladimir Putin se lo había confirmado por teléfono. Cuando un periodista le hizo saber que no había datos que corroboraran la acusación contra Ucrania, Trump se limitó a encogerse de hombros en un gesto que parecía decir lo mismo que en Helsinki: ¿Por qué iba a querer engañarme?

Las implicaciones de tamaña credulidad iban mucho más allá del hecho concreto. Buena parte de lo que se está negociando como acuerdo de paz tiene que ver con las garantías de seguridad que reciba Ucrania a cambio de ceder territorio. Aunque Kiev y Moscú no estén de acuerdo en torno a la cantidad del Donbás que Ucrania debe ceder y es complicado que unos acepten marcharse de Kramatorsk y Sloviansk como si nada o que los otros acepten que la actual línea de contacto debe marcar la frontera, lo cierto es que esas garantías dependen de la confianza estadounidense.

En otras palabras, si Washington está dispuesto a creer que Ucrania ha roto cualquiera de las condiciones sólo con que Rusia lo afirme, el futuro pinta bastante negro para Zelenski y los suyos. Tal vez por eso, Moscú se ha negado en todo momento a que hubiera verificadores occidentales en las zonas disputadas. Lidiar sólo con Trump les resulta mucho más sencillo.

Rectificación vía el 'New York Post'

Sin embargo, a la negativa del Kremlin a presentar prueba alguna del supuesto ataque, se sumó este miércoles el informe de la CIA por el cual se descartaba que este hubiera tenido lugar. El propio director de la Agencia, John Ratcliffe, nombrado en enero por Trump, llamó personalmente al presidente para informarle de los resultados de la investigación. Esta vez, Trump no le dejó con las vergüenzas al aire y reculó respecto a su condena inicial… aunque lo hiciera de una forma un tanto peculiar.

En lugar de enviar un comunicado a los medios o hacer algún tipo de declaración pública, se limitó a repostear en su red social, Truth, un mensaje publicado por el diario New York Post en el que se aseguraba que todo había sido un invento y que dicho invento demostraba que lo que realmente se interponía en el camino de la paz era el Kremlin. El New York Post es un periódico marcadamente trumpista y populista… pero, en la cuestión ucraniana, ha defendido desde el principio a Zelenski y a Kiev.

Sea como fuere, hay que entender dicho repost de Trump como la admisión de que Putin le ha mentido… si es que en algún momento realmente le llamó, cosa que parece rara. Las consecuencias que tendrá este desaire sobre el futuro de las negociaciones son difíciles de calcular en este momento, pero, probablemente, no vaya más allá del enfado puntual, si es que llega. Hay demasiadas cosas que unen a Trump con Rusia: la admiración hacia Putin, el respeto por las autocracias y la idea de que todo pacto debe construirse a partir de la presión sobre el más débil. En ese sentido, pensar que Trump -y su equipo- van a cambiar su política de exigencias constantes a Zelenski y alfombra roja a Putin parece demasiado pensar.