Fernando Haddad quitándose una máscara de Lula da Silva.

Fernando Haddad quitándose una máscara de Lula da Silva.

América Elecciones en Brasil

Fernando Haddad, el plan B de Lula

El próximo martes, 11 de septiembre, es la fecha límite para que el Partido dos Trabalhadores (PT) cambie su candidato a las elecciones presidenciales de octubre, después de que el Tribunal Superior Electoral (TSE) vetara la candidatura de Lula, condenado en segunda instancia por corrupción.

El hombre llamado a sustituirle es Fernando Haddad, hasta ahora candidato a vicepresidente de Brasil y portavoz de Lula en la campaña, aunque nadie en el partido quiere confirmar el plan B. Pese a que es casi imposible su inclusión en la papeleta, el PT sigue insistiendo en la figura de Lula da Silva, con otro recurso ante el Supremo -rechazado ya por la Corte-, amparado por un informe del Comité de Derechos Humanos de la ONU que instaba a Brasil a permitir “el ejercicio de los derechos políticos de Lula”.

“Es una cuestión de narrativa y estratégia política”, explica Humberto Dantas, politólogo e investigador de la Universidad de São Paulo. “El PT necesita insistir en Lula y presentarle como hasta ahora: un preso político, perseguido, al que la justicia no quiere dejar que se presente a las elecciones. Esa es la historia que ha construido y esa es la historia que necesita mantener”.

Esta misma semana la Fiscalía asestaba otro golpe al PT, presentando una denuncia por corrupción contra Fernando Haddad. Pero los expertos coinciden en que esta decisión, más que perjudicar el partido, puede reforzar la narrativa construida y la idea de que la justicia está persiguiendo al PT. “La teoría del PT es que la Justicia perseguirá a cualquier candidato que ellos presenten. Haddad lo había dicho en una entrevista, que no le sorprendería que una decisión como esta surgiera durante la campaña para perjudicar el partido”, explica Michael Freitas, profesor de la Fundación Getulio Vargas. “Otra cosa es lo que pueda pensar la gente a la que sí le puede condicionar su voto”, analiza.

Sindicalista VS Académico

Hijo de inmigrantes libaneses, formado en Derecho, con un master en Economía y un doctorado en Filosofía, Fernando Haddad representa un ala más moderada dentro del PT. A sus 55 años y con una militancia política desde los tiempos de la Universidad, Haddad fue Ministro de Educación en el Gobierno de Lula, en 2005, y alcalde de São Paulo, en 2012.

Su perfil no podría ser más distinto al de Lula. A un lado está el sindicalista hecho a sí mismo, sin formación académica, que consiguió llegar al Palacio del Planalto tras sobrevivir a la extrema pobreza de su familia. Al otro está el académico moderado, con una visión más europea de la política e menos combativo.

“Está claro que no tiene el mismo carisma que Lula”, dice Freitas, “pero eso nadie tiene. No hay nadie en la política brasileña que siquiera se acerque a Lula a ese nivel, que conecte con la gente de la misma manera”. Por eso, la clave para las elecciones está en la capacidad de Lula de transferir sus votos hacia a Haddad. “Si Lula se convierte en apoyo de Haddad, la ley le permite ocupar el 25% del tiempo de campaña en radio y televisión y eso será clave en la transferencia de votos”, considera Dantas.

Lula ocupa el primer puesto de todos los sondeos, en algunos llega a los 40 puntos y el PT quiere capitalizar los números. La campaña de visibilización ya ha empezado este martes y en la radio suena el ‘jingle’ electoral “Haddad es Lula”, seguido de una promesa de lealtad del nuevo candidato hacia su líder. “Los que persiguen Lula persiguen al pueblo brasileño. Está en la cárcel mientras el Gobierno de Temer recorta los derechos del pueblo (..) Aquí hago un juramento de lealtad al expresidente Lula. No descansaremos. Liberaremos a los brasileños de toda esa injusticia” dice.

El mayor desafío de Haddad es desprenderse de su imagen de intelectual y vestir el papel de militante, acercándose más a la clase trabajadora, en la que Lula tiene el mayor apoyo. “La formación de Haddad es muy consistente”, analiza Dantas, “pero falta que la gente confíe en que es capaz de entender lo que Brasil necesita y convertir su idealismo en algo pragmático para la gente”. Tiene un mes para conseguirlo.