Varios carteles anuncian la llegada del papa a El Cairo.

Varios carteles anuncian la llegada del papa a El Cairo. Reuters

África

El arriesgado viaje del papa a Egipto para proteger a los coptos

Francisco llega este viernes a El Cairo para fortalecer el diálogo interreligioso con el mundo islámico.

Ismael Monzón El Cairo

El pasado 10 de abril dos atentados contra la minoría copta de Egipto dejaron al menos 47 muertos y más de un centenar de heridos. El autodenominado Estado Islámico, activo en el país a través de una milicia asentada en la Península del Sinaí, reivindicó los ataques en sendas iglesias de las ciudades de Tanta y Alejandría.

Sólo una semana antes, el Vaticano había confirmado el viaje del papa Francisco a El Cairo, previsto para este viernes y sábado. Se temió por la visita, pero desde la Santa Sede no sólo confirmaron el empeño del pontífice, sino que esta semana informaron de que paseará por la capital egipcia en vehículo “normal” y no en uno blindado.

“Nuestro mundo, desgarrado por la violencia ciega”, dijo este martes Bergoglio en un vídeo, “tiene necesidad de constructores de puentes de paz, de diálogo, de fraternidad, de justicia y de humanidad”. Por eso agradeció la invitación a sus anfitriones y subrayó su deseo de que el viaje “contribuya eficazmente en el diálogo interreligioso con el mundo islámico y al diálogo ecuménico con la venerada y amada Iglesia copto-ortodoxa”.

Francisco participará en una conferencia de paz con el gran imán de Al Azhar, Ahmed Al Tayeb, con quien ha retomado unas relaciones que durante el pontificado de Benedicto XVI se llegaron a romper. En medio de las diferentes escuelas del islam, Al Azhar suele ser considerada como la institución más respetada de la mayoritaria corriente suní. Un órgano que siempre ha condenado la violencia y al que se mira desde Occidente como una voz moderada de esta corriente religiosa.

El director de la revista católica Città Nuova y autor de varios libros sobre la relación del cristianismo con otras religiones, Michele Zanzucchi, sostiene que “el diálogo interreligioso fue una característica importante del papado de Juan Pablo II, se frenó al inicio del pontificado de Benedicto XVI, pero con la llegada de este papa ha habido un impulso enorme”. De ahí que la prioridad número uno del Vaticano sea mandar un mensaje de unidad contra el terrorismo, junto al que consideraría su igual en el mundo musulmán.

En esa misma conferencia estará también el patriarca ortodoxo de Constantinopla, Bartolomé, que añadirá una dimensión ecuménica a la cita. Aunque para ahondar en la unidad de las iglesias cristianas, el plato fuerte para Francisco será su posterior encuentro con el papa copto, Teodoro II. Tras los últimos atentados en Egipto y la represión que sufren los cristianos en todo Oriente Próximo, el segundo objetivo del Vaticano es remarcar su apoyo a esta comunidad perseguida.

La comunidad copta en Egipto

Los coptos egipcios suponen entre un 6% y un 10% de la población total de su país y representan la minoría cristiana más numerosa de toda la región. Desde que el actual presidente egipcio Abdel Fatah Al Sisi llegara al poder a través de un golpe de Estado que derrocó a los Hermanos Musulmanes, éstos se han convertido además en punto de mira del terrorismo. Atacar a los coptos significa golpear al eslabón más débil de un régimen con el que los grupos yihadistas mantienen una dura disputa.

La falta de oportunidades para escalar a los puestos más altos de la administración, las restricciones para construir o remodelar sus templos o el sentimiento de desprotección no han desaparecido bajo el régimen de Al Sisi. Activistas coptos como Ishak Ibrahim, investigador de la Iniciativa Egipcia para los Derechos Personales, señalan que sus problemas “requieren una solución interna”. “Vemos bien que Francisco comparta sus impresiones con líderes religiosos, pero creo que nuestra cuestión está en un segundo plano”, apunta por teléfono.

La Iglesia ortodoxa copta, sin embargo, ha abrazado con entusiasmo la visita del obispo de Roma. Como también lo ha hecho la Universidad de Al Azhar. Ambos apoyaron firmemente en 2013 el golpe de Estado del mariscal Al Sisi y desde entonces se han convertido en sostén identitario de un régimen sin una ideología muy definida.

El profesor de Ciencia Política del Centro Carnegie para la Paz Internacional, Nathan J. Brown, apoya la visión de “otros observadores internacionales, que consideran que el régimen egipcio está basado exclusivamente en una perspectiva militar bajo su mensaje de garantizar la seguridad y luchar contra el terrorismo”. “Sus defensores dirán que existe un énfasis por renovar el discurso islámico del país, pero creo que obedece más a mantener el control religioso que a otra cosa”, responde el experto en el mundo árabe a través de correo electrónico.

Religión y poder político

El problema es que la reputación teológica que se le puede otorgar a Al Azhar no se ve reflejada en una influencia similar entre la población. El rígido ideario wahabí –procedente de Arabia Saudí- se ha difundido entre los musulmanes fuera del mundo árabe a través de la financiación de las mezquitas e incluso en Egipto, sede de Al Azhar, ha ido ganando terreno. Por tanto, la institución, que funciona como órgano oficial, ha actuado tradicionalmente como muleta del poder político. El Gobierno ha utilizado al órgano suní para controlar las mezquitas, en las que temen que se difunda el ideario salafista o un discurso afín a los Hermanos Musulmanes.

Una esfera política, que salvo momentos muy puntuales –como las elecciones resultantes de la primavera árabe, en las que se impusieron los islamistas Hermandad Musulmana- ha estado dominada en Egipto por los militares. Y precisamente para sofocar ese poder que representó el islam político, bajo el mandato del último exponente castrense, Abdel Fatah al Sisi, entre 40.000 y 60.000 personas han sido encarceladas, según estudios de ONG como Human Rights Watch.

Las organizaciones de derechos humanos denuncian torturas en las prisiones, incitación a la violencia sectaria, cientos de desaparecidos o un balance de más de 3.000 condenas a muerte en el país al que acudirá el papa. Barack Obama no quiso recibir a Al Sisi, aunque Donald Trump ya lo ha hecho. El presidente egipcio, que ya estuvo en el Vaticano en 2014, será el encargado de darle la bienvenida a Francisco. Que hablen o no de derechos humanos es algo que “ya se verá”, señala el portavoz de la Santa Sede, Greg Burke.

En Italia tienen muy presente el caso de Giulio Regeni, un investigador de 28 años que acudió a El Cairo becado por la Universidad de Cambridge para estudiar el movimiento sindical de aquel país, y cuyo cadáver fue encontrado el año pasado con signos evidentes de tortura. Pese a que no ha habido rendición de cuentas, todos los indicios apuntan a elementos de los servicios de inteligencia de aquel país, por lo que la familia del joven pidió recientemente al papa que tratara de mediar en el asunto. Burke respondió que el pontífice conoce el caso y que cuando ha podido ocuparse de estos asuntos lo ha hecho “con la máxima discreción”.

El profesor del Centro Carnegie añade que “ningún gobierno ha hecho frente de forma efectiva a la batalla ideológica sobre la violencia política en nombre de la religión”. Al margen del régimen, el experto da por buenos a los representantes religiosos como interlocutores del papa. El portavoz del Vaticano remarca que hay que ir a Egipto porque “es un actor fundamental en la región”. Y más allá del contexto, insiste en el mensaje de paz, el diálogo interreligioso y la unión entre iglesias como claves del viaje del papa.