Por un lado, los manifestantes que vuelven a comprar chalecos amarillos en la ferretería para manifestarse contra Macron, “traidor de la nación”.

François Ruffin, que anuncia su deseo de “luchar” y el sentimiento de “humillación” que le invade ante la creciente presión de las grandes farmacéuticas.

Jean-Luc Mélenchon, en éxtasis, en Twitter, gritando “¡alerta!, ¡alerta!” y viendo a Francia compitiendo con la Hungría de Víktor Orban a ver quién se lleva la palma del iliberalismo. 

La antigua mano derecha de Marine Le Pen, Florian Philippot, sorprendido por la divina sorpresa del apartheid en ciernes y por el papel de oro que le brinda la situación si la sabe aprovechar.

Su compañero de viaje en la especulación con la miseria, Nicolas Dupont-Aignan, ha seguido hablando del “golpe sanitario” desencadenado por los dictadores de la vacuna y de la obligación, para los patriotas, de reavivar “la llama de la resistencia”.

Los partidarios del inimitable Asselineau se enfrentan a los periodistas a gritos de “¡BFM, cadena colaboracionista!”, mientras su general de opereta prácticamente llama a la insurrección. 

Sin olvidar, al conmemorar la redada del Velódromo de Invierno, el nauseabundo paralelismo que se establece —y que aprueban, según un sondeo de JDD, el 39% de los franceses menores de 35 años— entre estos valientes antivacunas y aquellos judíos que antaño llevaban la estrella de David. 

Toda la fanfarria, dicho resumidamente, de los conspiranoicos, los negacionistas y demás artífices de la alianza rojiparda que se reconstituye a horcajadas de los enfermos, los moribundos y los futuros moribundos a los que se les pide que se sacrifiquen en el altar del antimacronismo. 

Repugnante.

Por otro lado, se informa de que un receptor de la vacuna de Pfizer ha tenido una secreción nasal sospechosa.

La aparición de una variante no registrada en una víctima de AstraZeneca.

Un paciente demanda a su hospital por haberle permitido abandonar el tratamiento con un déficit de células T.

Cual traficante del miedo con bata blanca, uno se complace en anunciar que el estado de alarma durará hasta 2023 o incluso 2024.

El ministro de Sanidad, que les dice a los diputados que son demasiado lentos para votar y que “si el virus pudiera mirarnos, estaría muy contento y se tomaría una cervecita”, al hacerlo, cae de cabeza en la trampa de personificar el virus, de darle un alma, intenciones, un rostro y, como hemos explicado cien veces, esta técnica es el gran engañabobos tanto para el personal sanitario como, todavía más, para quien encabeza esa cartera ministerial.

Y luego, las sesiones ubuescas en las que los diputados han competido en amateurismo y, a veces, en locura: uno que se enfangó en un discurso sobre las cajeras de los supermercados que, lógicamente, deberían someterse a pruebas cada 72 horas, y haciéndose cargo ellas de los costes; otro que soñó en voz alta con una pena de un año de cárcel y una multa de 45.000 euros para los asesinos en potencia que no comprobaran la validez de las tarjetas sanitarias a la entrada de los restaurantes; un tercero decía que los defraudadores culpables de “poner en peligro la vida de los demás” debían ser condenados a cinco años de prisión y a una multa de 75.000 euros, nada de 45.000; y otro más planteaba el despido o la suspensión temporal de los contratos de los empleados que no estuviesen vacunados, ante lo que ningún compañero de cámara fue capaz de responderle que la legislación laboral francesa no permite nada por el estilo.

¡Ay, el deseo de castigar!

La embriaguez, el vértigo, la furia, ¡el placer de regular! Estábamos con Racine: “¡Uno siempre quiere meterse en juicios y el otro siempre quiere juzgar!”.

Con Balzac: su Théodose de la Peyrade, formada por los “restos de arcilla que Molière dejó en el fondo de su colosal estatua de Tartufo” y que los airados ávidos de sancionar parecen acabar de esculpir. 

Estábamos lejos de eso tan hermoso y grande que es el espíritu de las leyes y su factura.

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En fin, que no salimos de ahí.

Desde hace año y medio y, en verdad, desde siempre, cuando surge lo que Lacan llamaba el “punto de real”, nos encontramos con la misma confrontación cara a cara de la negación y el delirio, de la neurosis y la psicosis: por un lado, los irresponsables que quieren que volvamos a la época en la que las madres preferían ver a sus recién nacidos sucumbir a la difteria o a la viruela antes que ceder al mandato pasteuriano; por otro lado, los aprendices de brujo que están en proceso de fabricarnos un formidable Golem digital…

¿Cómo actuamos a partir de ahí?

¿Y qué podemos esperar de quienes no piensan ceder ni por la responsabilidad hacia los demás que supone la vacunación obligatoria ni en la defensa de las libertades que se ven amenazadas, nos guste o no, por cómo la salud roe al derecho y el contrato vital se come al contrato social? 

Nos gustaría ver más moderación en estos debates. 

Más escrúpulos, más miedo, más estremecimiento por parte de quienes tienen la responsabilidad de arbitrar en estas peligrosas disputas. 

Nos gustaría saber que la mano tiembla cuando redacta, aprueba o rubrica un decreto de emergencia cuya vocación es muy concreta (la enfermedad), está circunscrita (el tiempo de la pandemia) y garantiza que su campo de actuación no se va a extender (¡cuántas leyes antiterroristas sobreviven a su aplicación momentánea y caen silenciosamente en el olvido hasta que un nuevo estado de alarma las despierta de su letargo!).

Y, además, como en todos los momentos de crisis, quisiéramos ser más los que contamos hasta tres y nos negamos a elegir entre la peste del extremismo y el cólera de lo sanitario. 

Sobre todo, porque no se trata de un momento de crisis, sino de un momento trágico. 

Es decir, para concederle a la palabra todo su significado, un momento en el que ninguna de las salidas que se nos plantean es totalmente satisfactoria. 

Y este tipo de momentos suelen ser una gran oportunidad para tirar tanto de imaginación como de valor: y ahí estamos.

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